| La muerte simplemente no nos resulta aceptable a los vivos. Ese llamado del poeta irlandés Dylan Thomas a su padre cuando yacía en su lecho de muerte a resistir "la muerte de la luz" (rage, rage against the dying of the light ) es, para mí, el símbolo perenne de la negativa humana a aceptar la muerte como algo necesario. Nuestra impronta de vida es demasiado fuerte como para aceptar la muerte de manera amable o natural. En este periodo navideño, con el telón de fondo de un mundo agitado y en violencia (Irak, Palestina, Argentina y, ¿por qué no?, Oaxaca y Michoacán), la idea de la reconciliación entre adversarios puede ser el mensaje definitivo. El propio proceso electoral de este año nos propinó una lección de intolerancia ante hechos y decisiones de la sociedad. ¿Quién dijo que ceder es perder e imponer es ganar? La muerte nos conmueve cuando significa la desaparición definitiva de alguien que ha respirado, aspirado a ser y construir, ha reído, ha llorado. Es, en verdad, difícil encontrar algo positivo en la muerte de un ser querido. Especialmente cuando se trata de una bella niña de ocho años. Su muerte es algo inserto en ese fluir de la historia implacable de la humanidad. Los tres niños muertos en Palestina hace pocos días merecían otro destino, y, sin embargo, la pregunta permanece: ¿su muerte nos enseña a resolver conflictos de otra manera? ¿Acaso las muertes infantiles le sirven a la causa pacifista de la humanidad? La muerte de una vida tan promisoria como lo era la de Helena parece ser inexplicable. Su belleza, agudeza, inteligencia y gentileza parecían ser datos inobjetables e imborrables de la vida, hasta que desaparecieron con ella. Hay una lección que aprender de todo esto. Ojalá y se sepa apreciar y comprender lo que una bella niña mexicana dejó atrás en la estela de su fugaz existencia. La violencia mundial aparentemente no se inmuta ante su propia crueldad. Inmutarnos y dar lugar a la sensatez y la reflexión y diálogo son los caminos únicos para la humanidad, especialmente en tiempos de extrema agresión. Una lección para la sociedad es mirarse en el espejo y hacer una promesa vital: aprender de sus yerros, que son muchos y extensos. No creo que la muerte nos deje un mensaje de resignación ante la inevitabilidad de la vida y la muerte, pues la resignación es un recurso sicológico para sobreponerse, de manera absolutamente entendible y legítima, a la tristeza, al asombro o enojo y a la depresión. Más bien, el mensaje que nos deja gira alrededor de la fragilidad de la vida y la necesidad imperiosa de dejar atrás nuestra omnipotencia absurda que nos atrapa en lo efímero y lo material, en el lacerante egoísmo que nos envuelve y nos consume. Hay que poder ver el horizonte largo de la vida, donde un vasto camino nos conduce a la sublimación del dolor y la comprensión de la solidaridad, el amor y el perdón como valores de todas las culturas humanas, en todos los tiempos. Nadie es responsable, en sentido estricto, de la muerte de otro. La muerte acontece, y el hecho se llora o no se llora, se lamenta o no se lamenta. En este caso se lamenta y se llora. Pero vivir es también la recordación de lo sublime y del aporte de cada quien al ciclo de la vida. Helena, por ejemplo, nos enseñó que se puede ser feliz a pesar de las duras adversidades. Tuvo amargas experiencias en su breve trayecto de vida, producto, en gran medida, por circunstancias familiares. Pero eso no le restó inteligencia o creatividad, ni le quitó la sonrisa de la cara. Estoy cierto que ella no apuntaría un dedo acusador en contra de nadie en estas circunstancias, sino que rogaría grandeza y fortaleza: aprendan de mi ejemplo, parece decirnos. Debemos aprender de nuestros muertos. Todos nos dejan un legado o herencia que, estoy seguro, quisieran que se recordara. Quizá sería exagerado decir, como lo dijo la esposa de Winston Churchill, que un determinado acontecimiento negativo puede entenderse como una "bendición disfrazada" (a blessing in disguise). Pero lo que es cierto es que hay que tener fuerza para entender lo que la vida y la muerte nos están diciendo acerca de quienes se fueron y de quienes nos quedamos. Para todos hay mensajes. Para convertir la muerte de una bella niña de ocho años en una bendición disfrazada hay que hacer acopio de valor y humildad, sencillez y capacidad de escucha. Ciertamente no es fácil. Pero la intensa fugacidad de Helena en este mundo nos dice todo sobre la vida misma. Así como los niños de todas las tierras sufren la agresión y la violencia irracional de los adultos, los adultos tenemos la obligación de crear una atmósfera social y política satisfactoria que permita que sus vidas florezcan en armonía y sensatez. ricardopascoe@hotmail.com Analista político |