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    Apuntar hacia el sur
Porfirio Muñoz Ledo
14 de diciembre de 2006

Tras de diversas peripecias políticas, ocu rridas allá y acá, finalmente me fue impuesta el pasado día 6 la orden del Quetzal, concedida por el gobierno de Guatemala desde fines de 2003. Me la entregó en la capital de ese país mi ilustre amigo, el canciller Gert Rozenthal. Recojo aquí lo esencial del mensaje con que agradecí tal honor.

Toda condecoración es un gesto amable y generoso de quien la otorga. Subraya también la existencia de un vínculo real y potencial con quien la recibe, así como la voluntad de que este se acreciente con el tiempo. En este caso se trata de una presea a la que había largamente aspirado porque viene a simbolizar el antiguo y profundo afecto que profeso hacia Guatemala.

Pertenezco a un linaje de mexicanos, que espero no se encuentre en vías de extinción, cuya brújula no mira sólo al norte, sino preferentemente al sur. A ello se debe que haya decidido muy joven, antes de cumplir los 20 años, salir de mi país por vez primera cruzando la frontera del Suchiate. El relato de ese viaje es también el primer artículo que publiqué en mi vida.

Llegué aquí con un pequeño grupo de estudiantes para conocer las experiencias del gobierno del presidente Arbenz. Llenos de curiosidad y fervor, al punto que nos relacionamos no únicamente con nuestros colegas estudiantes, sino con personalidades políticas e intelectuales. En la Universidad de San Carlos nos recibió Miguel Ángel Asturias y todavía guardo por allí una colección de revistas que nos obsequió.

La vida me dio desde entonces la oportunidad de frecuentar la amistad de distinguidos guatemaltecos. Al propio Asturias lo volví a ver en distintas circunstancias. Recuerdo la última, en la Universidad de Québec, durante las turbulentas jornadas de 1968. En donde, merced a mi carácter de joven funcionario y del encargo diplomático que él entonces desempeñaba, fuimos agredidos por algunos estudiantes y nos defendimos, con argumentos, pero como los toreros: al alimón.

Tuve la gran fortuna de mantener una viva relación con Carlos Mérida hasta los días previos a su muerte. Admiré su carácter de precursor de la pintura contemporánea de México y Latinoamérica y su talento para expresar en formas aéreas y geométricas la sustancia plástica de lo indígena. Abrió el camino de Rivera como de Tamayo, de Matta como de Lam y de Gunter Gerzso.

Me honró igualmente la cercanía de Luis Cardoza y Aragón, latinoamericano universal y de talante renacentista: erudito, crítico, esteta, poeta y narrador. Compartí la tertulia amistosa de Augusto Monterroso, ese gigante de lo conciso, héroe de la metáfora, que todos los días viajaba al centro de la fábula.

Recuerdo mi participación, en 1966, como consejero cultural en París, en el proyecto que animaba el genio de André Malraux: una exposición maya integrada con piezas de Guatemala, Honduras y México, que encalló por la dificultad de despoblar las salas de nuestro recién inaugurado Museo de Antropología, pero que después desembarcó en una espléndida exhibición de arte guatemalteco.

En mis posteriores encargos diplomáticos guardé siempre una relación estrecha con este país. Durante los días que ocupaba un sitio en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas me tocó mediar, del modo más respetuoso, en el complejo proceso de la independencia de Belice, y acendrar el diálogo con mis amigos centroamericanos durante la crisis desatada por la revolución nicaragüense.

Como representante de México ante la Unión Europea y coordinador del grupo latinoamericano trabajé muy de cerca con ustedes en los días más alentadores del Plan Puebla-Panamá y en el intento nunca culminado de celebrar un acuerdo de asociación entre Centroamérica y la Europa comunitaria. Pero mi recuerdo más perdurable está anclado en el empeño por relaciones fronterizas solidarias, por la afirmación de la identidad cultural y por la lucha común en favor del trato justo a los migrantes, cualquiera que sea su origen.

Cuando promoví, en mi calidad de secretario del Trabajo, los primeros acuerdos multilaterales sobre trabajadores migrantes organizamos informalmente a los países de expulsión; intento que fue calificado como "la OPEP de la mano de obra". Esa constelación se consolidó más tarde, con motivo de la convención internacional sobre todos los trabajadores migrantes y sus familiares, que impulsamos en las Naciones Unidas y que por cierto México tardó varios años en ratificar.

Una de las convicciones centrales que ha inspirado mi vida política y diplomática es la del trato igualitario. Pienso que la medida exacta y transparente de la autenticidad de la política exterior de México se finca en nuestra relación con Guatemala. En el respeto que tengamos por un antiguo adagio: no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti y compórtate con tu prójimo como quieras que se comporten contigo.

Creo que el muro de la ignominia ha tenido por efecto indirecto trascender las incomprensiones entre hermanos. Nos ha unido en una posición conjunta. Somos conscientes de que la afrentosa barda es contra todos nosotros y deja en la obsolescencia la vieja doctrina del Departamento de Estado, según la cual, al ser imposible cerrar la frontera norte de México, era indispensable sellar su frontera sur.

Nos hemos topado de nuevo con nuestra más antigua utopía: la integración latinoamericana. Hemos debido retomar esquemas de asociación entre países agraviados y desempolvado aquella organización de países exportadores de mano de obra. Este es apenas el comienzo de un itinerario irrevocable.

Estoy convencido de que hay Estados que contienen varias naciones y naciones que rebasan el territorio de los Estados. Hoy ha vuelto al primer plano de la conciencia regional la verdad de que conformamos una gran nación, integrada por todos los latinoamericanos, dondequiera que residan. Hago votos porque andemos pronto el camino de la ciudadanía latinoamericana. Por ello acepto esta presea como si me otorgasen la ciudadanía guatemalteca.

Acabo de estar en Palenque. Vengo empapado de mundo maya. Ahí recordé una antigua profecía: la del quetzal como lazo de unión entre el águila y el cóndor. Que así sea.

 
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PERFIL
 
Ex embajador de México ante la Unión Europea. Su trayectoria política es amplia y reconocida: fue fundador y presidente del PRD, senador, diputado federal y candidato a la Presidencia de la República por el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana (PARM) para la elección de 2000 (a lo cual renunció para sumarse a la Alianza por el Cambio, cuyo candidato era Vicente Fox). Se ha desempeñado, además, en diversos puestos del servicio público. Ha sido docente en la Escuela Nacional Preparatoria, la Facultad de Ciencias Políticas en la UNAM, la Escuela Normal Superior, El Colegio de México y la Universidad de Toulouse en Francia.
 
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