| Como lo señalamos la semana pasada, un gobierno que llega cuestionado en su legitimidad por una parte importante de la sociedad tiene a la mano la tentación de un endurecimiento. Al mismo tiempo, anotamos que el momento actual obliga a la prudencia y prohíbe una ruta de endurecimiento. Las señales estaban dadas, la conformación del gabinete político anunció un posible endurecimiento. La prisa por dar resultados para afianzar legitimidad abrió el expediente que ha llevado a judicializar la protesta social. Actos conocidos popularmente como quinazos son el recurso para dar golpes espectaculares. El eslabón más débil resultó ser una parte de la dirigencia de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO). Era urgente enfrentar ese conflicto, y se decidió entrarle por la parte de un ajuste judicial. Desde hace varios días hay en Oaxaca una abierta violación a los derechos humanos, suspensión de garantías para decenas de personas que han sido detenidas y trasladadas a penales en otros estados del país, a Nayarit. La detención de Flavio Sosa es un claro mensaje inaugural, y además, lo recluyen en un penal de alta seguridad, en el simbólico lugar donde va a parar lo más peligroso del crimen organizado. Inicio puede ser perfil y destino. Cuando la aplicación de la ley, frente a lo cual existe un amplio consenso, sólo se hace a una de las partes de un conflicto social como el de Oaxaca, la lectura inmediata es de parcialidad, porque la otra parte queda protegida bajo la sombra de la impunidad. Este pequeño quinazo se ha comparado con la acción de Zedillo cuando, en febrero de 1995, hizo una avanzada en contra del zapatismo y trató de aprehender al subcomandante Marcos. Esta avanzada de inicio sexenal panista advierte un clima preocupante. Le sumamos la denuncia que hizo el periodista José Gutiérrez Vivó al recibir su premio de periodismo: le llegó un mensaje de Comunicación Social de la Presidencia de la República (Max Cortázar dixit): "están castigados", y si se portan bien se les dará una audiencia con el Presidente (EL UNIVERSAL, 06/XII/2006). Como en los peores momentos del régimen priísta. Para rematar se puede agregar la propuesta del presupuesto para 2007: se castiga a la educación superior, la ciencia, la cultura y los pueblos indígenas, y se premia la seguridad pública. Se supone que para cambiar la crispación social hay que tener actitudes de diálogo y acercamientos políticos, pero si desde el primer día empieza el endurecimiento algo está fallando. Salvo que se haya dado por descontada cualquier forma de cooperación con la izquierda y con un amplio sector de la sociedad, y se tenga calculado que las alianzas de gobierno se harán exclusivamente con el PRI, no se entiende dónde está la ganancia. Si la impartición de justicia tiene evidentes huecos y un tufo de parcialidad, como un problema estructural del sistema mexicano, cualquier acción que no es pareja en un conflicto deja sabor a venganza política. Sobre qué base se puede sostener a Ulises Ruiz, un gobernante que con su autoritarismo logró desatar un movimiento social de resistencia que ya dura meses y no termina de resolverse. ¿Dónde están las órdenes de aprensión a los que han asesinado a por lo menos 14 integrantes del movimiento social? Estamos metidos en una dinámica perversa: mano dura del gobierno y radicalización opositora. Ahora podemos tener más certezas de que la polarización, que se profundiza, puede ir hacia una fractura social. La polarización entre izquierdas y derechas puede pasar a niveles de abierto enfrentamiento, porque se está abriendo el espacio para que los radicales de todas partes entren en escena con mayor contundencia que hasta ahora. Calderón podía haber iniciado el sexenio con una propuesta amplia de reformas políticas o un golpe al crimen organizado, incluso con la detención de algún importante defraudador fiscal, o la detención de una figura política emblemática, pero se decidió ir por el eslabón más débil. Si tomamos la ley de Newton de acción y reacción, es posible esperar que se inicie una amalgama opositora más dinámica y vigorosa de los movimientos sociales y de la coalición opositora. Si Calderón quería juntar fichas, ya empezó, pero también sabrá que los riesgos son altos. Por lo pronto, ya entró en desuso su oferta inicial de invitar al diálogo y construir acuerdos; la mano tendida tiene, al mismo tiempo, un puño que ya se ha mostrado. No debería haber sorpresas; durante los meses de campaña Calderón habló de mano firme, que para fines prácticos vemos que se traduce en mano dura. El endurecimiento inicial modela el nuevo perfil de un gobierno necesitado de legitimidad. También, en estos primeros días hay un claro distanciamiento del gobierno foxista, casi como una ley, cada administración que inicia pinta su territorio sobre diferencias con su antecesor. Nada más para comparar, lo primero que hizo Fox cuando llegó al poder fue enviar la ley que venía de los famosos Acuerdos de San Andrés, como un gesto político de apertura al zapatismo; se puede criticar la falta de procesamiento político del Ejecutivo con el Congreso y otras muchas deficiencias, pero queda el signo inaugural. Calderón restablece la imagen del escudo nacional completa, refuerza el presupuesto para seguridad, da aspirinas al gasto social y luego va a uno de los municipios más pobres del país, Tlacoachistlahuaca, Guerrero y declara que el país está sumido en la pobreza. ¿Qué sigue? ¿Cuáles son las otras piezas de la estrategia inicial? ¿Será que ahora si ha llegado al poder un gobierno panista y el sexenio pasado fue sólo un ensayo? Lo que vemos no es un panismo liberal y democrático, sino uno duro y cargado completamente a la derecha; uno que es capaz de usar el poder para amenazar a medios y periodistas, castigar líneas editoriales críticas, violar los derechos humanos y politizar la justicia. Un gobierno que prefiere apoyar la compra de macanas antes que impulsar la educación y la ciencia. Si ese es el perfil del gobierno que inicia, es posible que muy pronto la oposición recuperará fuerza y espacio, porque no se puede permitir que avance un proyecto regresivo y porque el endurecimiento sólo agravará la vida política. Investigador del CIESAS |