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    Un partido sin futuro
Rogelio Hernández Rodríguez
11 de diciembre de 2006

Como se había previsto después de las elecciones presidenciales, la obcecación de Andrés Manuel López Obrador no sólo ha afectado su imagen sino la del PRD, al que ha empujado hacia la confrontación irracional y junto con ella a un profundo desprestigio que hace inútil el privilegiado lugar que le dieron los electores.

Su resistencia a los resultados electorales, si bien era necia, al menos parecía buscar una salida honorable ante su público, pero llevarla al extremo de llamarse a sí mismo "presidente legítimo" y constituir un "gabinete" que en los hechos no tiene ninguna relevancia, lo coloca en el ridículo. Ya han aparecido los primeros resultados que muestran que la opinión de los ciudadanos ha sido afectada. Una reciente encuesta de Parametría (17-20 de noviembre), muestra que 65% de los entrevistados en el país desaprueba su "gobierno legítimo" y que también lo hace 56% de los habitantes del DF. Las proporciones se mantienen al preguntar por el "gabinete alterno", pues el mismo 65% lo hace en el país y 52% en el DF.

No sorprende que su imagen sea desastrosa en la mayor parte del interior de la República, pero el último dato, si López Obrador prestara alguna atención a las encuestas, debería preocuparle seriamente porque significa que la población del DF, que constituye el principal bastión del PRD y que fue el voto más leal al tabasqueño, ha resentido al fin sus desatinos y comienza a retirarle su apoyo. Sin el DF, a López Obrador solamente le quedará refugiarse en estados marcados por los conflictos, como Oaxaca, para intentar encabezar lo que, por cierto, otros ya hacen con mucha anticipación.

Más grave es el resultado sobre el porqué piensa la gente que López Obrador se ha proclamado "presidente" con gabinete incluido, pues 32% de la opinión nacional cree que lo ha hecho para beneficio personal, 20% para el PRD y 18% para nadie. Los ciudadanos del DF comparten la visión porque 34% supone que beneficia al ex candidato, 16% al PRD y 12% a nadie. Como es evidente, a nadie convence de que tiene algún interés nacional y, por el contrario, la imagen de líder comprometido con las causas populares ha cedido al de político obsesionado con el poder. El que algunos ciudadanos piensen que también beneficia al PRD, revela que el descrédito personal comienza a trasladarse rápidamente hacia el partido.

Por supuesto que, como ha sido costumbre del tabasqueño, lo más seguro es que no le conceda ninguna credibilidad a estos resultados y, peor aún, suponga que los han fabricado sus enemigos, empeñados en acallarlo. No es una simple suposición, como lo demuestran sus palabras en un reciente mitin en el que acusó a los medios de tener una campaña en su contra, con las consiguientes agresiones a periodistas que, paradójicamente, cubrían su gira. Como lo ha hecho en el pasado, López Obrador se mantendrá rodeado de leales seguidores que piensan como él, e impermeable a las evidencias que muestran su caída.

Como las que ofrecen Flavio Sosa y el PRD en la toma de posesión presidencial, por ejemplo. Durante seis meses la APPO tuvo secuestrada la ciudad de Oaxaca, destruyó edificaciones, golpeó y persiguió a sus opositores y críticos y cometió muchos más desmanes que sólo la pasividad del gobierno federal toleró. Pocos creyeron en sus buenos propósitos pero al menos el PRD insistió en que no tenía injerencia alguna. Ahora que al fin las autoridades se han decidido a actuar y han aprehendido a Sosa y a otros dirigentes de la APPO, resulta que este líder, que estuvo a la cabeza de los desórdenes, no sólo es militante de ese partido sino incluso miembro de su Consejo Nacional.

Si antes la intransigente posición de la APPO despertaba sospechas, con la confesión de Sosa queda claro que se trataba de una estrategia del PRD para crear o amplificar problemas en beneficio de su ex candidato. Oaxaca, ahora se entiende, era una pieza de un peligroso juego político que nunca se detuvo a considerar los costos, incluso humanos, con tal de llevarlo hasta la confrontación con el gobierno federal. Pero de paso también confirma que la vieja tendencia del PRD a aprovecharse de problemas que tienen lógicas y motivos particulares, es una oportunista manera de dirigir movimientos en su beneficio.

El asunto de Oaxaca y la APPO no pueden imputarse a López Obrador aunque sí al partido al que pertenece, pero las acciones que emprendió el PRD para impedir la toma de posesión de Felipe Calderón son de su completa responsabilidad. No hay forma de explicar la irracionalidad de los legisladores perredistas en San Lázaro, antes y durante el 1 de diciembre, más que como una obligada consecuencia de la "presidencia legítima" y la obsesión de López Obrador de no reconocer su derrota en las urnas.

El PRD ha confirmado que es un partido sin la menor idea de las instituciones. No sólo sus legisladores se liaron a puñetazos y puntapiés con los panistas en la tribuna, sino que el día primero llevaron a golpeadores para enfrentarse a cualquiera que se encontraran en el camino: legisladores, presidentes o guardias del Estado Mayor. No sorprende que recurran a la violencia para lograr sus fines porque desde que nació ese partido lo ha hecho, pero sí preocupa que ahora que representan la segunda fuerza política del país no distingan entre la calle y el Congreso, entre ser manifestante y golpeador y miembro del Poder Legislativo.

El conjunto de acciones comprueba que las afinidades entre el PRD y López Obrador no son producto de la casualidad sino lógicas consecuencias. Ninguno de los dos se ha desprendido de su pasado y, con más precisión, de su origen: la provocación y la violencia. También en esto la opinión ciudadana ha cambiado. Consulta Mitofsky ha presentado una reciente encuesta sobre valoración de los partidos después de las elecciones (30 de septiembre-5 de octubre) y si bien el PAN es el único que goza de opiniones favorables, el PRD encabeza con 16% la lista de las negativas, incluso por arriba del PRI y el Verde.

Las encuestas citadas deberían ser preocupantes para el PRD, pero mucho más porque son anteriores a la toma de posesión del nuevo Presidente, por lo que no recogen las nuevas percepciones sobre la conducta del partido que, seguramente, han profundizado la descalificación. Si López Obrador dilapida aceleradamente su influencia, el PRD, guiado de su mano y de otros radicales como él, avanza al despeñadero. Sigue estando en sus manos continuar apoyando al "legítimo" o convertirse en una auténtica alternativa política.

Investigador de El Colegio de México

 
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PERFIL
 
Profesor-investigador del Centro de Estudios Sociológi­cos del Colegio de México. Doctor en Ciencia Política por la UNAM, sus principales líneas de investigación son las instituciones y el sistema político, así como la élite y los grupos políticos en México. Es autor de los libros "Amistades, compromisos y lealtades. Líderes y grupos políticos en el Estado de México, 1942-1993" y "La formación del político mexicano. El caso de Carlos A. Madrazo".
 
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