| El último acto del proceso elec toral de 2006 fue la toma de posesión de Felipe Calderón. El conflicto y el enfrentamiento definieron el acto. Se desplegó un espectáculo anunciado como venganza de un proceso electoral plagado de irregularidades. Con mucha tensión y sin sorpresas ese día hubo ganadores y perdedores. Durante los días previos al 1 de diciembre los diputados del PAN y del PRD tomaron la tribuna de San Lázaro y la convirtieron en el territorio simbólico de una larga lucha. Lo que se conoció como "la pijamada" de los diputados mostró imágenes grotescas; fue el fracaso de la política. Las curules de los diputados se usaron como barricadas, lo cual no deja de ser paradójico en un Congreso. San Lázaro estaba bloqueado por fuera y por dentro era un espacio minado: para los panistas representaba la forma de asegurar que Felipe Calderón tomara posesión; en cambio, para los perredistas se haría todo lo posible para evitar la protesta. La noche previa se transmitió por televisión una extraña ceremonia en donde al cruzar las 12 de la noche Vicente Fox se quitó la banda y se la dio a un integrante de las Fuerzas Armadas; acto seguido Calderón asumió el poder y dio su primer mensaje a la nación. Fue una ceremonia muy militar, quizá por si acaso no se podía realizar la protesta en el Congreso, ya se había cumplido un ritual. La toma de posesión duró escasos cinco minutos; no faltaron los golpes, empujones, gritos, tensión y un despliegue de seguridad dentro y fuera del recinto legislativo, para que al final la estrategia diera resultado, el presidente saliente y el entrante ingresaron por la única puerta de acceso que no pudo ser bloqueada por los legisladores del PRD, desde la parte trasera del recinto aparecieron los dos personajes y se realizó la protesta que establece la Constitución. Para unos se trató del mejor escenario, pero en realidad la escena fue terrible a pesar de que la sangre no llegó al río. El fracaso de la política fue sustituido por las barricadas de legisladores dentro del Congreso y por las barricadas policiacas en la calle. Una toma de protesta sitiada no es un buen escenario, sino la expresión de un conflicto que no se pudo resolver por las vías de la negociación y el diálogo. Los panistas lograron el objetivo; en cambio, los perredistas quedaron mal parados; si realmente bajaron la guardia para no exacerbar más las condiciones, no fue muy notorio, y si por el contrario, simplemente no pudieron impedir la protesta del nuevo Presidente, la derrota es evidente. La mayor parte de los costos políticos los tendrán que pagar en el PRD. La toma de posesión fue un momento complicado para un Presidente que llega al poder en condiciones de una gran adversidad. Las condiciones extraordinarias del país obligaban a tener un equipo de gobierno sobresaliente, pero sólo quedó en la completa medianía; no se pudo tener ni talentos reconocidos, salvo excepciones, ni mucho menos señales de gabinete plural, como había sido la oferta inicial. Las contradicciones fueron evidentes, discurso de diálogo, pero operadores de mano dura, sobre todo en Gobernación. La estrategia puede ser una ruta de endurecimiento inicial para juntar fichas y poder establecer una posición de fuerza y después ir hacia una negociación. Sin embargo, a diferencia de las referencias que se hacen sobre la estrategia salinista en 1988, ahora no se cuenta ni con los mecanismos de control del régimen priísta, ni con el equipo. Además, la crisis de polarización que se vive en estos momentos es mucho más grave, porque hace 18 años la oposición y su líder decidieron ir a organizar un partido; en cambio ahora amenazan con ser una sombra radical y persecutoria. No será fácil desmontar la crisis política. ¿Cómo salir de la dinámica perversa entre señales de mano dura por parte del gobierno y una estrategia de radicalización opositora? La clase política usó y abusó del poder; irresponsablemente dividió al país, violentó las reglas del juego y ahora lleva al país a pagar los costos, tanto desde el poder como desde la oposición. Con el comienzo de un nuevo gobierno empieza otra historia. Todo indica que no se terminará el conflicto, pero sí se modificará el escenario de la confrontación. Las primeras señales de Calderón como Presidente fueron positivas: retomó algunos temas de la agenda opositora, como la austeridad de salarios para el gobierno federal en los niveles altos de la burocracia (se firmó un decreto que disminuye 10% los salarios, y se anuncia un ahorro de 25 mil 500 millones de pesos). Se estableció la garantía de un seguro médico universal para todos los niños que nazcan en México. Además, anunció una reforma política, confirmó la continuidad de la política social y de la política económica, y se comprometió a dar resultados en materia de seguridad pública y combate al crimen organizado. El tono no fue de triunfalismo y hubo un reconocimiento de la complejidad por la que atraviesa el país. Calderón llega sin bono democrático, ni espacio para equivocarse. Necesita sorprender al país ya, desde las primeras horas. En los próximos días sabremos cuál será el perfil y el tono del nuevo gobierno, qué posibilidades tiene de fortalecimiento. Los primeros días serán un interesante laboratorio para conocer los alcances de la nueva administración. Los estrechos márgenes de gobernabilidad del nuevo Presidente lo obligan a dar resultados, incluso lo amarran a tener que realizar actos espectaculares. Quizás existe la tentación de hacer algunos quinazos, con todos los riesgos que puede traer, porque esa lógica autoritaria está muy vapuleada, aunque el recurso puede ayudar a ganar algunos peldaños. También sabremos muy pronto cuál será la actitud estratégica de la oposición y cómo resolverá la tensión entre la necesidad de sacar adelante su agenda legislativa y seguir con la protesta callejera. ¿Hasta dónde llegará la radicalización opositora y la pérdida de apoyos? Este 1 diciembre pasará a la historia como el día en que se rompió otra pieza más del desgastado presidencialismo mexicano, por lo menos de su absurda ritualidad. Con la conflictiva llegada de Felipe Calderón a la Presidencia se abre una nueva etapa. Hoy la iniciativa está en la cancha del gobierno federal. Investigador del CIESAS |