| Jesús Ortega, Leonel Cota, Fernández Noroña, Carlos Navarrete, Guadalupe Acosta, Martí Batres y todos los demás que componen este grupúsculo lo habían repetido y remachado: ellos cumplirían con la orden, el mandato del caudillo: impedir la rendición de protesta de Felipe Calderón. Ellos y sus subordinados lo saben; sin él, sin el derrotado son nada. Por ello siguieron fielmente el guión: impedir el informe de Fox; suprimir la fiesta del 15 de Septiembre y el desfile del 20 de Noviembre; organizar la mascarada del "presidente legítimo"; y, por supuesto, infringir cualquier disposición legal para tratar de que toda esa bilis logre manchar a quien las urnas le dieron el triunfo electoral. Los panistas lo sabían, estaba anunciado desde hace meses; no faltó ocasión en que, con rabia, lo dijeran todos ellos: no obstante los muchos triunfos en el Senado, en la Cámara de Diputados, en el DF, alcaldías y congresos locales, se decían robados en la Presidencia por la misma estructura que los había llevado a ocupar el segundo lugar como fuerza política nacional. ¿Qué hicieron los panistas para disuadir esa intolerancia? ¿No hay entre ellos la capacidad política adecuada para haber evitado la situación de intolerable acoso que se cierne sobre el presidente Felipe Calderón? Nunca debieron haber permitido lo que hoy se vive en San Lázaro. Tenían conocimiento de la obsesión enfermiza de AMLO en tratar de humillar a quien el número final de votos populares le dio el triunfo electoral. ¿Por qué no utilizaron talento, conocimientos y experiencia en detener semejante empeño? Quizás porque no lo tienen, y si así fuera, el costo de su ineptitud es semejante a la desmesura del PRD y sus aliados. El PRI por su parte se ha convertido en el gran cazador de oportunidades. A veces da la impresión de ser un depredador menor que escudriña y se lanza sobre los deshechos que quedan de la batalla. En cualquiera de las ocho fuerzas políticas, y de modo singular entre las tres principales, no existe la conciencia de que allá afuera hay otras naciones que avanzan y rápidamente en todos aquellos sectores que reformaron, y que por ello sus comunidades gozan de mejor bienestar. Los nuestros, los políticos cuya factura de elección y más tarde de ubicación resulta tan onerosa, una vez más nos ofrecen pruebas irrebatibles de su incompetencia, de la impunidad con que en la elaboración de sus ilícitos cuentan y de la brutal ineficacia que muestran para las tareas para las que fueron elegidos. Por ello es que en suma, podemos decir lo que en otras latitudes ya otras sociedades han dicho y exigido de sus políticos: "¡Váyanse todos!". De qué nos sirven esos 500 diputados, 200 de los cuales ni siquiera campaña política realizaron, cuando no son capaces de elaborar las leyes y disposiciones que nos permitan saltar sobre problemas tan añejos y enquistados como la pobreza, insalubridad, bajísima calidad educativa, falta de empleos y ahora inseguridad, contaminación y narcotráfico. Para qué los queremos si no son capaces de reflexionar y acordar lo que más conviene al interés general. Para cumplir con obsesiones de un delirante no era necesario hacer elecciones costosísimas, y para tener el comportamiento de aprendices incapaces de parar absurdos sin límite que rayan en la insurrección y pretenden un golpe de Estado, no era obligado darles la responsabilidad de diputados. La decepción es total y el costo para la nación enorme. Del color que sea, ¡fuera todos! cremouxra@hotmail.com Escritor y periodista |