| Entre la gente mayor de 80 años la Revolución se recuerda en relatos perdidos, como el siguiente: -Un 20 de noviembre de hace 40 años, me vi en el espejo. No tenía ni arrugas, ni pelo cano, ni angustia de mi apariencia de edad mayor cuando por primera vez, presente por casualidad en un mitin electoral, me envolví en la reflexión sobre el poder político en este país, sobre la forma de originarse la férrea permanencia de unos pocos selectos en la cabeza del gobierno armado que se apoderó de la Revolución iniciada por Francisco I. Madero a partir de 1910. -¡La Revolución! ¿Pero dónde quedó la Revolución? ¿No es acaso la mujer amancebada que vive en las casonas de los políticos que nos gobiernan, de aquellos que se comen nuestros tributos y que se enriquecen con las arcas públicas, que son dueños de la nación, del petróleo, de los ferrocarriles, de las instituciones de seguridad, de tantas y tantas instituciones que han inventado para quedarse de administradores de todos los bienes del pueblo de México...? -Vi la luz primera vibrando sobre la sangre derramada de los colgados en la plazuela de San Juan de mi ciudad natal. Todavía rondaban por pueblos y ciudades algunos alzados de la Revolución. Durante una semana habían sitiado nuestro poblado. Encerrados en los cuartos de la casona oíamos azorados el paso de los combatientes que brincaban de azotea en azotea. "¡Qué bonitos son los Juanes, parados en los fortines; a la hora de los balazos, les van a faltar bacines!". Todo se perdió en la bola, las tierras labrantías, los cascos de las haciendas, los aperos y los muebles, y hasta las cortinas desgarradas por los alzados para vestir con ellas a sus mujeres o adelitas. ¿Quién no ha cantado la canción del desastre: "Los potreros están sin ganado... ya no hay amapolas, ni flores de olores, ya todo acabó...". La Revolución ha llegado a ser sólo un simple relato de batallas, asaltos, atropellos. Los sembradíos arrasados, las pilas de muertos, los llantos lúgubres por las ciudades; y sin embargo parece que ahora sólo a mí me sigue produciendo un miedo el recordarla. La población del país, que era de 20 millones en 1910, quedó sólo en 15 millones en 1920. Se calcula que un millón se perdieron en las crestas de la negrura, liquidados por la violencia, exiliados a Estados Unidos o simplemente extraviados. Con la revuelta creyeron que se cumplían las profecías de los santos evangelios, y que llegaba el Apocalipsis. Hasta la Iglesia traicionó a los cristeros. "El embajador Dwight Morrow, Emilio Portes Gil y Plutarco Elías Calles se apresuraron a firmar la paz con la Iglesia, restándole así a Vasconcelos en la hora decisiva, el apoyo de los cristeros" (cita de Meyer, 1973, p. 156, transcrito en la p. 119 del Atlas Histórico, La Revolución Mexicana, 1986, INEGI). Cierto es que la Revolución ha creado muchas instituciones fundamentales oficiales, paraestatales y descentralizadas. Pero la mayoría de ellas se manejan en la corrupción, que ahora es la revolución de compadres que empuja el globalismo, que tanto daño está haciendo a los negocios pequeños en México. La Revolución es hoy prisionera de los políticos, barbarie de la que todavía no salimos. Porque se le ha dicho al pueblo en la televisión que el gobierno y sus instituciones nos han resuelto todos nuestros problemas y nuestro futuro. La Revolución nos volvió esclavos de la casta política. No sólo envenenó las costumbres y empobreció el cuerpo, las almas, la información y la verdad, sino que vino a trastornar las mentes y nos quitó el sentido de la libertad. jodeortiz@netra.net Escritor |