| La lucha por el poder es difícil; exige de quienes la practican niveles de confianza en sí mismos muy superiores al promedio. No puede ser de otra manera en quienes se creen con las habilidades o el derecho a mandar a hombres y mujeres. Es por ello que los poderosos tienden a ser arrogantes, vanidosos y, en el extremo, soberbios. Es claro que mientras más poder acumulan, más confirman sus virtudes y menos perciben sus defectos, de manera que se presenta un fenómeno de retroalimentación que los hace cada vez más arrogantes y vanidosos. Así es el poder, y no de otra manera. Por eso es absurdo creer en la existencia de líderes desprendidos, humildes, preocupados más por el pueblo que por sí mismos o por el poder. Eso no existe, ni ha existido. Sí ocurre que algunos líderes logran, por su propia capacidad y por las condiciones que enfrentan, conciliar su voluntad de poder con las necesidades o esperanzas de sus gobernados. Algunos incluso llegan a establecer normas y costumbres que pueden durar décadas. Estadistas, les dicen, para diferenciarlos de los políticos normales. Pero la esencia del poder exige este reconocimiento de uno mismo como diferente a los demás. Superior, mejor dicho. Y una manera de fortalecer este reconocimiento es ahogar la autocrítica. La que uno hace y la que los amigos y subordinados podrían intentar. El análisis de lo que uno hace (que eso es la crítica) hay que posponerlo. De poco puede servir reconocer que uno es falible, como los demás seres humanos. Ni el poderoso, ni sus gobernados, quieren a una persona común en el poder,: quieren a un superhombre. Y si basta acallar la crítica para serlo, incluso la propia, pues la decisión es clara. En regímenes políticos autoritarios este fenómeno alcanza niveles de tragedia, o de farsa, dependiendo. Así fue México durante el siglo XX, y tenemos ejemplos variados. Sin embargo, cuando el régimen deja de ser autoritario el fenómeno no desaparece, sino que se hace más evidente. En una democracia la información fluye mucho más que en un régimen autoritario, de manera que todos estamos en posición de criticar al poderoso. Todos, menos él, que no desea ser comparado con cualquier persona, puesto que no lo es. Los dos personajes que han marcado el inicio del siglo XXI en México, en cuestión política, cojean del mismo pie. Mientras uno se niega a reconocer sus errores en la campaña presidencial al extremo de insistir en una coronación propia, el otro dedica hasta el último de sus minutos en la Presidencia a promover su imagen. El "legítimo" no puede aceptar, hasta hoy, que él es la causa principal de su derrota. Que, viéndose en la silla, perdió todo contacto con la realidad y dejó de hacer campaña; que la convirtió en una gira triunfal, cuando todavía faltaban meses para la decisión. A ocho meses de su desafortunado insulto al Presidente, que inició su caída, todavía no puede analizar su comportamiento. Prefiere arrastrar a sus seguidores a una ópera bufa. Por el otro lado, me parece indignante la campaña mediática de los últimos meses en la que "el gobierno de Fox" resulta ser el que ha dado transparencia, vivienda, salud, y lo que usted guste y mande. Millones de pesos destinados a que la población grabe bien en su mente que todo lo que tiene se lo debe a Fox, no al gobierno mexicano, ni al Congreso, ni a los pocos que pagamos impuestos, que es de donde sale el sombrero con el que hace caravanas el poderoso que se va. En un par de semanas, los dos evasores de la autocrítica estarán en el pasado. Uno, abandonado por sus seguidores, que necesitan trabajar por su futuro político; el otro, desplazado por un nuevo gobierno que requiere, obligadamente, sepultar el "gobierno de Fox" para transformarlo en lo que debe ser: el gobierno mexicano. Para ambos, y para todo político en ascenso, recuerdo la frase que acostumbraba acompañar la calavera medieval, la que se ponía en el escritorio, precisamente para recordar que, al final, todos estaremos muertos: Sic transit gloria mundi. "Así pasa la gloria mundana". macario@macarios.com.mx Profesor en la EGAP del ITESM-CCM |