| Para quienes estamos preocupados y ocupados por la realidad política del país, es fundamental que los análisis no trivialicen, y que logremos que no sea la simplificación o la superficialidad lo que predomine, para inducir conclusiones que propician esquemas maniqueos, y que en lugar de clarificar, confunden. Es el caso de la polarización que la campaña presidencial generó en el país, de lo que se ha pretendido deriva un escenario político supuestamente dividido en dos grandes fuerzas, en una confrontación infinita de dos polos opuestos. Los datos, sin sobredimensionamientos ni subestimaciones, lo que proyectan realmente es un escenario de tres grandes partidos. Un PAN que consolida su protagonismo, aunque con ventajas mínimas, y muy cuestionadas en la elección presidencial; un PRI que se debilita, pero que no desaparece del mapa, y no obstante la circunstancia de la elección presidencial, es la segunda fuerza en el Senado de la República; un PRD que irrumpe con mayor protagonismo, quedando segundo por mínima diferencia en la presidencial y con significativa distancia de la primera fuerza, segundo en la Cámara de Diputados. El país PAN-PRD, que un análisis ligero de los comicios del 2 de julio en México pretende suponer, dista de la realidad. Esta composición trifásica y la prevalencia del PRI como importante fuerza política en el país se subraya si nos asomamos a la distribución del poder local. De las 31 entidades federativas y el Distrito Federal que conforman el país, el PRI es partido gobernante en 17 estados y 929 municipios y tiene la mayoría en 18 congresos locales; el PAN gobierna nueve estados y 545 municipios y tiene mayoría en nueve congresos locales; mientras que el PRD gobierna cinco entidades y el DF, 436 municipios y alcanza la mayoría en cinco congresos locales. Efectivamente, en términos territoriales el PRI sigue siendo la primera fuerza, y este peso político se ratificó en las dos elecciones locales celebradas después del 2 de julio, en dos estados de gran relevancia política para el escenario nacional mexicano: Chiapas, el 20 de agosto, y Tabasco, el 15 de octubre. En Chiapas, cuyo resultado electoral fue muy cerrado, y significó un litigio ante el Tribunal Electoral, hubo intensa competencia entre el PRI y el PRD, el PAN no figuró en el proceso electoral. En Tabasco, elección de importancia simbólica por ser la región de origen de Andrés Manuel López Obrador, ex candidato del PRD a la Presidencia, y un supuesto baluarte político de su causa, los resultados de la elección de gobernador fueron: PRI, 440 mil 237; PRD-Coalición 358 mil 444; el PAN, por su parte, alcanzó 29 mil 982 votos. El PRD ya manifestó que impugnará los resultados. De esta elección, además de la sustancial diferencia de votos del PRI con su inmediato seguidor, 81 mil 793sufragios (9.6% de la votación), hay que sacar otra lección: la volatilidad del voto mexicano, la variabilidad del electorado; el 2 de julio, en Tabasco, de la votación emitida, el PRD obtuvo 56.28%; el PRI, 37.81%; y el PAN, 3.51% en la elección presidencial, y cuatro meses después, en la elección de gobernador: el PRI obtuvo 51.7%; el PRD, 42.1% y el PAN, 3.5%. Resulta obvio, pues, que factores de coyuntura, perfiles de candidatos y características de las campañas están teniendo un gran impacto, y no sólo la fuerza estructural de los partidos. Para acentuar la necesidad de un análisis que contemple las diversas variables, habría que recordar el tema de las "segundas fuerzas", como un asunto que ayuda a precisar el intrincado mosaico de la política electoral mexicana. En elecciones locales, con excepción de las de Baja California, el norte del país tiene al PRI o al PAN como primera o segunda fuerza; el occidente de México tiene al PAN o al PRI como primera o segunda fuerza; el Bajío tiene como primera fuerza al PAN y como segunda al PRI: el golfo, con excepción de Tabasco, el PRI como primera fuerza, y como segunda fuerza al PAN o el PRD; en Tabasco la correlación es PRI-PRD, PRD-PRI en el Congreso local; en el centro, hay una combinación de presencia de los tres partidos, los resultados cambian en cada elección; a veces en la primera fuerza, a veces en la segunda; en el sur, una presencia PRI-PRD, PRD-PRI y en el sureste PAN-PRI, PRI-PAN. Como vemos, un panorama como este no admite sólo aritmética. Hay que profundizar el análisis, y algo más, para comprender la política mexicana: un país con la presencia de tres grandes partidos. Presidenta de la Fundación Colosio |