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    Los niños que maltratamos
EDITORIAL DE EL UNIVERSAL
2 de noviembre de 2006

Veámonos tal cual somos. Avergoncémonos. Estamos en una sociedad acostumbrada a maltratar a los niños, física o emocionalmente. Siempre hay pretextos y coartadas mentales perfectas para validar el uso de la fuerza adulta: "Por su bien", "Por que sí", para educarlos, disciplinarlos, para que hagan lo que queramos, para hacerlos obedientes... mejor dicho, dóciles.

La primera encuesta sobre maltrato infantil, levantada por el Instituto Nacional de las Mujeres y el Instituto Nacional de Psiquiatría, divulgada ayer, es un espejo donde vemos un rostro de nosotros que no nos gusta, pero que debemos asumir.

Por ejemplo, el estudio muestra que 80% de los niños y adolescentes de México han padecido algún tipo de violencia. En general, los niños aceptan los golpes e insultos de sus padres porque creen que es parte de la educación, y muchos incluso creen merecerlo.

La mamá es la que más golpea; el padre es el que más descuida y abandona; el padrastro es el que más abusa sexualmente. La mitad de los niños maltratados tiene pensamientos suicidas.

La encuesta no se hizo sólo con niños que han sufrido los grados más violentos de agresión, que están en casas de resguardo o en ministerios públicos. Se aplicó entre educandos de Baja California Sur, Sonora, Tlaxcala y Yucatán. Entre personas comunes y corrientes.

Maltratar a los niños es abusivo por partida doble, porque están indefensos y no tienen conciencia de que se les hace víctimas y porque generalmente quienes los atropellan tienen muy altas probabilidades de salir impunes. Por desgracia, la credibilidad en la palabra del niño abusado es muy baja.

En general, los menores no tienen nociones de sus derechos ni del respeto que su dignidad humana merece. Es una lástima que ni el gobierno ni los maestros les inculquen estas ideas como parte de su proceso formativo. El resultado, a la larga, es el de ciudadanos sumisos, con baja autoestima, resentidos, cargados de todo el potencial para repetir, en sus hijos, el perverso esquema. Este es un patrón cultural que debemos cortar de tajo.

Hay una conexión inevitable entre los atropellos de una época y los excesos de otra. Esta información indignante es la que ayuda a explicar por qué en nuestra sociedad ocurren episodios espantosos, como las decapitaciones, y prospera el crimen organizado en sus peores formas, el tráfico de drogas o el secuestro.

Cada ciudadano tiene el deber de alertar a las autoridades cuando sabe de un niño maltratado, víctima de los abusos de los mayores de su familia. El sistema educativo, a su vez, debe ser más enérgico en la difusión de los derechos de los niños y atender con profesionalismo a los pequeños que presenten secuelas.

Sin embargo, la parte más intensa de esta tarea radica en la intimidad de nuestras casas, porque ahí es donde se incuba el mal. Revisemos qué papel juegan nuestros niños en la familia, cómo nos dirigimos a ellos, cuándo fue la última vez que les gritamos, que los golpeamos o que los hicimos sentirse mal para que doblegaran su conciencia y obedecieran la nuestra. Asomémonos al espejo y acabemos con lo peor de nosotros mismos.

 
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