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    Gobernar con la oposición
Rogelio Hernández Rodríguez
30 de octubre de 2006

En medio de los problemas sin resolver que están marcando el final del sexenio de Vicente Fox, el presidente electo comienza a mostrar algunas de las estrategias con las que pretende construir su gobierno. Cada vez es más claro que Felipe Calderón tendrá que enfrentar la oposición de principio del PRD, además de la mayoría de los conflictos que Fox se niega a solucionar y a los que, por el contrario, continuamente evade con medidas que exhiben sus desatinos.

Por más que el movimiento de Andrés Manuel López Obrador dé señales de debilitamiento, la falta de autoridad del presidente Fox alienta los ánimos de esa oposición que advierte cómo la simple amenaza de movilizaciones en su contra es suficiente para que el mandatario se refugie en su oficina. Con ello, está enseñando al ex candidato perredista que el recurso de las protestas masivas podrá ser usado con éxito en contra del próximo gobierno.

Pero a pesar del riesgo, tal vez lo más importante sea la falta de certidumbre acerca de cómo se conducirá la representación legislativa del PRD una vez que Calderón se convierta en presidente con plenas facultades. En contra de los deseos del movimiento opositor, los gobernadores del PRD, con excepción del próximo jefe de Gobierno en el DF, han manifestado su compromiso institucional para colaborar con el Ejecutivo. Y aunque es posible que después del 1 de diciembre tanto Marcelo Ebrard como los grupos parlamentarios decidan acercarse a Calderón, no es posible suponer que ese acercamiento se traducirá en apoyo efectivo a sus programas o propuestas.

Calderón ha mostrado su disposición a negociar y a establecer acuerdos con los partidos pero hasta ahora no se advierte con claridad cuáles serán los colaboradores que le auxiliarán en esa tarea. Al menos no del PAN. Y esta es quizá una de las más delicadas disyuntivas que el presidente electo está enfrentando porque conforme se acerca su toma de posesión, aumentan las presiones sobre la integración de su gabinete y trascienden los enfrentamientos internos.

Cada vez son más difíciles de ocultar los conflictos no sólo entre su equipo y los grupos más conservadores del PAN, sino entre los mismos políticos que forman su grupo más cercano, más comprometido con su proyecto y de mayor confianza. La manzana de la discordia es, sin duda, la Secretaría de Gobernación, que para algunos de sus colaboradores representa ventajas sustanciales para construirse una plataforma para el futuro, pero para Calderón representa nada menos que el principal recurso para construir acuerdos de gobernabilidad.

Y de continuar las pugnas internas y verse obligado a pagar cuotas, el presidente electo tendrá que recurrir a otros personajes para conseguir el apoyo necesario. El más importante nombramiento hasta ahora ha sido el de Agustín Carstens, que se ha convertido en la mejor señal de que las finanzas públicas, una vez que se convierta en secretario de Hacienda, serán manejadas con responsabilidad y sin alterar el modelo de crecimiento. Si bien Carstens es una garantía económica, no deja de ser llamativo que el segundo presidente panista, al igual que Fox que mantuvo a Francisco Gil Díaz en Hacienda y a Guillermo Ortiz en el Banco de México, se vea obligado a recurrir a un profesional que no es de su partido y que, para desgracia de los varios aspirantes, está más identificado con las instituciones que creara el PRI durante sus años de control político. Una silenciosa manera de confesar que en las filas panistas aún no existen personajes con credibilidad y autoridad para dar confianza económica.

En el terreno político, al margen de quién sea el o la designada en Gobernación, el presidente electo no parece confiar del todo en los panistas. La reciente incorporación de Jorge Alcocer, un reconocido político formado en la izquierda pero con fuertes vínculos con el priísmo, indica que tendrá la responsabilidad esencial de llevar las negociaciones políticas, si no por completo, sí con los partidos y sus grupos en las cámaras. Por más que se subraye la antigua militancia de izquierda de Alcocer, es claro que su reconocimiento no está en el actual PRD, que encarna la intransigencia y el radicalismo del que se apartó en el pasado.

En rigor, Alcocer parece estar destinado a mantener los contactos con el PRI, que gracias a la rigidez perredista, se está convirtiendo en el factor central para apoyar al próximo gobierno.

No será nada extraño que otros priístas, incluido posiblemente alguno de los gobernadores que apoyaron a Calderón en la campaña, sean incluidos en el gabinete, central o ampliado, con el ánimo de estrechar la colaboración y que incluso Enrique Jackson llegue a convertirse en el nuevo presidente del CEN priísta. La estrategia parecería caminar en favor de Calderón, pero con todo y contar con la experiencia de Alcocer y el apoyo de otros priístas, los acuerdos no estarán asegurados porque el presidente tendrá que resolver en el camino dos problemas adicionales.

Uno es garantizar que estos líderes priístas sean realmente capaces de controlar a un PRI que está muy lejos de ser el partido disciplinado que fuera en el pasado, en la medida que los grupos internos, localistas y cerrados, anteponen sus intereses particulares y con frecuencia desconocen a los dirigentes formales. No sería nada extraño que estos grupos cambiaran de parecer e hicieran imposible que los acuerdos alcanzados con los líderes se traduzcan en votos legislativos.

El otro es convencer al panismo de que acepte que se le desplace de las tareas políticas centrales, por más que se le entreguen posiciones en el próximo gobierno. Para un panismo que construyó su historia en oposición al PRI, no le será nada fácil tolerar que tanto las finanzas públicas como las negociaciones políticas, que sostendrán al gobierno de Calderón, descansen en políticos de ese partido y no en los militantes, tradicionales o de coyuntura, que apoyaron sus triunfos presidenciales.

Si, además de todo, la estrategia de Calderón fracasa y no consigue el apoyo efectivo del PRI, se reforzará muy pronto el malestar de sus seguidores. Los desafíos son delicados y estarán demandando del jefe del Ejecutivo un enorme talento para mantener el control de las decisiones. No habrá que esperar mucho para comprobarlo.

Investigador de El Colegio de México

 
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PERFIL
 
Profesor-investigador del Centro de Estudios Sociológi­cos del Colegio de México. Doctor en Ciencia Política por la UNAM, sus principales líneas de investigación son las instituciones y el sistema político, así como la élite y los grupos políticos en México. Es autor de los libros "Amistades, compromisos y lealtades. Líderes y grupos políticos en el Estado de México, 1942-1993" y "La formación del político mexicano. El caso de Carlos A. Madrazo".
 
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