| En México, las historias criminales de la vida real se cruzan con tramas increíbles, actitudes policiales de gran ingenuidad, cuando no ineficiencia o corrupción, lo que resulta en un índice de impunidad de magnitud tal que anula cualquier pretensión de seguridad y de procuración de justicia. La PGR atrajo el caso del saqueo de 155 cajas de seguridad de una sucursal de Banamex en Tecamachalco, estado de México, que tenía las alarmas extrañamente desconectadas sin que nadie sepa desde cuándo. Los clientes perdieron cientos de millones de pesos y dólares en efectivo, documentos y joyas. No es como si la intervención de la PGR fuera garantía de que el caso será resuelto, porque la investigación en México es una de las grandes debilidades del sistema judicial en todos sus niveles: escenas del crimen alteradas, evidencia perdida, huellas borradas por el tropel de unos profesionales que en nada se asemejan a los investigadores forenses de las series de televisión tan populares. Más bien parecen salidos de otras: El Gordo y el Flaco o Los Tres Chiflados El procurador de Justicia del Distrito Federal, Bernardo Bátiz, calculó ayer que el propietario de un automóvil BMW cuyos ocupantes asesinaron a un automovilista en el Viaducto pudo haber huido ya al extranjero. No sería nada raro, después de que el propio funcionario se encargó de prevenirlo dando detalles de la investigación, y reconociendo que los datos formales del vehículo, placas, domicilios, nombres, eran falsos. Cuando no es la incompetencia, la corrupción aflora en todas las vertientes. El ex subdirector de Asuntos Internos de la Secretaría de Seguridad Pública del DF, Eduardo González Castillo, fue aprehendido por un grupo de la Agencia Federal de Investigación (AFI), acusado de tener nexos con el cártel de Juárez, asesinar a dos militares para impedir que detuvieran a narcotraficantes, controlar la distribución de droga y el lavado de dinero. En Michoacán, a los asesinatos y decapitaciones siguen aprehensiones y liberaciones, inexplicables en ambos sentidos. En Nuevo León las autoridades están en espera de que las bandas rivales diriman a balazos cuál de ellas se queda con la plaza, perdida ya, con resignación, por los guardianes del orden. Los delincuentes con mayor capacidad de fuego se enfrentan a cuerpos policiacos donde prevalece la corrupción, aunque algunos se mantienen al margen de ella y por eso han muerto heroicamente; ni eso, que es de su interés, se documenta con investigaciones que no dejen lugar a duda por su rigor científico. La falta de un banco central de información criminal, que tanta falta hace, resulta superflua cuando vemos la ausencia de certidumbre en registros elementales de facturas de vehículos, domicilios, documentos y nombres propios. La joya de la corona es además la impunidad. El juez sexto de distrito en materia de procesos penales federales, José Luis Gómez Martínez merece estar en el récord Guinness por exonerar en siete ocasiones a inculpados de delitos contra la salud, y sigue tan tranquilo. ¿Cómo vamos a deshacer el nudo de hechos criminales pequeños, medianos y grandes que nos deja a todos con una variación lamentable de la conocida tonadilla comercial: "Todo México es territorio sin ley"? |