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    Es la economía, ¿o ya se les olvidó?
EDITORIAL DE EL UNIVERSAL
20 de octubre de 2006

Felipe Calderón se definió como el presidente del empleo. Esa identidad bien pudo ser una de las razones de su apretado triunfo, porque el déficit acumulado en la materia, durante el sexenio que termina, es preocupante.

El presidente Vicente Fox reconoce que en lugar de haber generado un millón de puestos de trabajo al año, sólo pudo crear un millón 500 mil en toda su administración. La experiencia reciente muestra que el equilibrio de las finanzas públicas, que sí se ha logrado, no crea empleo.

La estabilidad sin crecimiento no tiene sentido y el equipo de Calderón debe saber que algo está fallando en el modelo aplicado cuando, en el último lustro, economías de países como Chile y Brasil crean empleo a una tasa anual promedio de 4% y 3%, respectivamente, mientras en el mismo lapso México lo hizo a 0.6%.

Agustín Carstens no es ajeno a esas estadísticas; el Fondo Monetario Internacional las compiló bajo su mandato en el Reporte Anual de la Economía Mundial. El flamante encargado de elaborar el programa económico para el próximo gobierno, en entrevista con EL UNIVERSAL, pondera por ello las bondades de la estabilidad, pero también reconoce el reto de crear empleo. Su propuesta gira alrededor de crear infraestructura en todo el país y apoyar sectores intensivos en mano de obra como la construcción y el turismo.

El Estado sería el detonador de la reactivación económica del país, indicando prioridades y alentando esfuerzos, pero sin inhibir la participación de los sectores productivos, o sea que el Boy no va a dejar sola a la mano invisible del mercado.

Esto pudiera no ser muy ortodoxo, y algunos dentro y fuera de México se irritarán por el anatema de sugerir que, a la luz de las experiencias recientes, gobernar con el librito en la mano es insuficiente para lograr crecimiento con empleo.

Felipe Calderón habrá de ser el presidente de todos los mexicanos y, como tal, debe asumir que si a los que votaron por él no les gusta la intervención gubernamental en la economía, los que no lo hicieron están pidiéndolo a gritos.

Está bien que Carstens hable de que el objetivo es construir un piso sólido sobre el cual fincar un crecimiento igualmente sólido y sostenido. Es útil saber que no está dispuesto a manejar el gasto público de manera irresponsable. Sin embargo, eso ya se da por descontado. Las preguntas son: ¿Qué más? ¿Qué va a hacer distinto? ¿Cuál es la mecha de eso que llamó el "detonador estatal"?

El mundo del trabajo está cambiando a nivel internacional, todo lo que puede ser hecho por una computadora, lo será; todo lo que se pueda movilizar en busca de mano de obra más barata, se movilizará.

Se crean menos empleos por ello en países como México, pero ¿por qué tantos menos que en nuestros pares latinoamericanos?

Nadie espera que Carstens saque la bala de plata para arreglar el problema del crecimiento de la economía mexicana y la apremiante necesidad de crear puestos de trabajo, pero sí que cuando menos desenfunde.

Es la última llamada. Si no actúan, el entorno político y la conflictividad social pueden pasarle pronto la factura a él y a su jefe, cuya presidencia será en buena parte juzgada por el viejo clásico: "Es la economía, estúpido".

 
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