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    Bombas de tiempo
Rogelio Hernández Rodríguez
16 de octubre de 2006

Conforme avanza el final del sexenio de Vicente Fox los problemas políticos aumentan y también la pasividad del gobierno. Una pasividad engañosa porque más bien parece estar respondiendo a un cálculo de parte de Fox y sus principales secretarios de no hacer nada que moleste a los múltiples y variados grupos identificados con la izquierda o, con más precisión, grupos con verdadera capacidad para movilizarse, para que Fox no figure como un presidente arbitrario y también para que la toma de posesión de Felipe Calderón no sufra ningún contratiempo. Mientras tanto, la sociedad mexicana se encuentra atrapada en reclamos de todo tipo que casi siempre emplean la violencia para llamar la atención y, con un poco de suerte, incluso obtener satisfacciones.

El tiempo se ha convertido en la única solución para el gobierno saliente. Dejó al tiempo que la resistencia de López Obrador se agotara para que levantara los plantones en el DF y, en apariencia, dejara de presionar al gobierno. Con tan poco cuidado que no advirtió que el ex candidato se refugiaría en Tabasco, que siempre ha considerado su reserva privada, para intentar que su candidato gane las elecciones.

Como ha sido notorio, López Obrador ha tomado los comicios estatales como un desafío personal, a tal grado que parece ser él y no Raúl Ojeda el verdadero aspirante a la gubernatura. Existen, sin embargo, razones para que el ex aspirante presidencial se conduzca de esa manera.

López Obrador encontró en la política tabasqueña el principal impulso para desarrollar su floreciente carrera de provocaciones. Además de promover la caída de un gobernador, su propia derrota en los comicios de 1994 lo llevó a ensayar las movilizaciones que tanto éxito le han redituado. Si no volvió a buscar la gubernatura fue sólo porque sus aspiraciones se volvieron hacia Los Pinos pero no dejó de apoyar a Raúl Ojeda que suma con éste tres intentos consecutivos para conseguir el gobierno.

Pero además del orgullo herido, López Obrador ve en Tabasco una última fuente de apoyo para su supervivencia política. Una derrota electoral en su entidad, a escasos dos meses de la que sufrió en la presidencial, sería la mejor muestra de que su respaldo popular es limitado, que su liderazgo está disminuyendo aceleradamente y que sus posibilidades de mantenerse a la cabeza de su movimiento son limitadas. Tabasco sería el mejor refugio de su "presidencia legítima" y el gobierno de Ojeda la mejor fuente de recursos financieros para sostenerla.

Por eso Tabasco se ha convertido en un asunto personal que ante las serias posibilidades que se han presentado de que Ojeda y el PRD vuelvan a perder, hace de estos comicios un nuevo frente de agitación. Si, como todo parece indicar, el PRI gana las elecciones, es evidente que el PRD, Ojeda y López Obrador no lo reconocerán y que las impugnaciones llevarán tanto a litigios jurídicos como a movilizaciones. Incluso si el PRD ganara, el margen será tan estrecho que propiciará reclamos que, como en Chiapas, pueden poner en vilo los mismos comicios y la estabilidad del estado.

Pero las expectativas de protestas en Tabasco no solamente se alimentan de las ambiciones del ex candidato presidencial. Tienen en Oaxaca un aliciente extraordinario que les demuestra que las protestas pueden llegar hasta donde se les antoje, sin que sus acciones sean contenidas por la ley ni menos por alguna autoridad, y que incluso pueden conseguir la caída del gobernador. De la misma manera que los maestros y la APPO se han propuesto como única meta la renuncia del gobernador y para ello se han apoderado de la ciudad de Oaxaca y ahora amenazan hacerlo con el DF, dentro de unos días Ojeda y López Obrador pueden demandar la anulación de comicios en Tabasco y después la caída del gobernador, sólo porque habrán entendido que basta la violencia para quebrantar las instituciones.

Fox ha hecho cuanto ha podido para evadir la responsabilidad en cuanto al conflicto oaxaqueño y fiel a su idea de confiar en el tiempo, espera que Ulises Ruiz se vaya, ya sea por su voluntad o porque el Senado así lo decrete. En cualquier caso él quedaría libre de culpa pero el Senado habría cometido una arbitrariedad y, lo más grave de todo, habría sentado el precedente de que cualquiera que se lo proponga puede quitar y poner autoridades. Nada sería más alentador para López Obrador y Ojeda.

Hace unos días, Felipe Calderón declaró que "posponer las soluciones a los problemas con el riesgo de que se agraven, es dejar de gobernar". Es difícil encontrar una mejor descripción de lo que ha sido el sexenio de Fox y sobre todo sus últimos meses, pero lo más grave es que esa pasividad está dejando serios problemas al gobierno siguiente que tendrá que vivir con la sombra de López Obrador, el conflicto de Oaxaca, las impugnaciones de Tabasco, que pueden revivir las experiencias de la APPO en manos de un experimentado provocador, y otros en apariencia menores problemas, como los sindicales en el IMSS y los mineros, que en conjunto pueden hacer imposible el funcionamiento de la nueva administración.

A pesar del avance que la democracia mexicana ha experimentado en cuanto al pluralismo, la competencia y la alternancia política, la incapacidad de los nuevos gobernantes ha sido decisiva para propiciar retrocesos que afectan su posible fortalecimiento y el mismo funcionamiento de los gobiernos democráticamente elegidos. La irresponsable actitud de los partidos de izquierda y los grupos sociales que no están dispuestos a reconocer ninguna institución, a menos que se les entregue el poder, está regresando al país a los años de Salinas, cuando las elecciones, lejos de ser fuentes de legitimidad, eran motivos de movilizaciones y negociaciones al margen de la ley y las urnas.

De nada sirve decir ahora que el país ha cambiado porque hay democracia y al gobierno ha llegado una élite no priísta. De nada sirve decir que Salinas fue un presidente arbitrario. Si la democracia no se acompaña de gobernantes que estén dispuestos a ejercer la autoridad que la ley y los comicios les otorgan, el resultado puede ser el mismo: una frágil gobernabilidad. Sería bueno que Fox y Abascal pusieran atención a las palabras de Calderón y reconocieran que Oaxaca y Tabasco pueden ser mucho más que un problema coyuntural: pueden ser el inicio de un largo proceso de desestabilización.

Investigador de El Colegio de México

 
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PERFIL
 
Profesor-investigador del Centro de Estudios Sociológi­cos del Colegio de México. Doctor en Ciencia Política por la UNAM, sus principales líneas de investigación son las instituciones y el sistema político, así como la élite y los grupos políticos en México. Es autor de los libros "Amistades, compromisos y lealtades. Líderes y grupos políticos en el Estado de México, 1942-1993" y "La formación del político mexicano. El caso de Carlos A. Madrazo".
 
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