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Los tres presidentes que tiene hoy México, uno constitucional, otro electo y el tercero derivado de una asamblea popular, abonan al caos político que ha permitido que partes del territorio nacional sean controlados, oportunistamente, por factores de poder real como el narcotráfico. El desorden no es inocuo, al grado que la relación bilateral más importante de nuestro país, aquella con Estados Unidos, muestra ya los signos de tensión que reflejan la alerta de Washington ante la desatención mexicana por el tema que define el momento político actual de nuestros vecinos del norte: la seguridad. El lenguaje inusualmente duro, cuando menos en términos diplomáticos, de la carta del embajador Antonio Garza y la advertencia general de viaje para los ciudadanos estadounidenses que se trasladan a México, sumados al encuentro programado para este jueves entre funcionarios de la Embajada y sus contrapartes mexicanas encargadas de la seguridad nacional abonan a la idea de que mientras el desorden político se prolonga, un asunto básico del Estado: la procuración de justicia y el orden público se deterioran. La grotesca imagen de cinco cabezas cercenadas sobre una pista de baile en un poblado de Michoacán no puede pasar inadvertida en medio del ruido político porque significa una vuelta más de la tuerca en el reto de los narcotraficantes a los principios mínimos de convivencia. La decapitación borra esa necesaria línea entre la barbarie y la civilización. Una pregunta obvia es ¿qué viene después? En Nuevo Laredo, la semana pasada hubo el riesgo de amanecernos con 26 cadáveres de hombres ejecutados y con tiro de gracia por un confuso incidente en el que los involucrados, un estadounidense y el resto mexicanos, salvaron la vida literalmente "de milagro". Ese hecho fue lo que ocasionó la salida a la luz pública de Garza. A reserva de aclarar a fondo qué paso ahí, hay que reconocer que cada día hay más espacios en el territorio en los que prevalece la fuerza, desde Nuevo Laredo y Nuevo León, hasta Oaxaca y Chiapas pasando por Guerrero y Michoacán. En algunos territorios es el caos político lo que domina, en otros, el delincuencial, pero en todos, los ciudadanos están expuestos a las fuerzas organizadas al margen del Estado mexicano y sus instituciones. Los llamados de alerta de personajes tan disímbolos como Carlos Fuentes y Carlos Abascal a no llevar a México de regreso al Siglo XIX, a través de la actual polarización, ameritan ser atendidos. Al escucharlos y ver los espacios en los que se pavonea el crimen organizado recuerdo a Los Bandidos de Río Frío, la novela de Manuel Payno, escrita entre 1889 y 1891, cuya trama sentimental tiene como telón de fondo el caos que imperaba entonces en el país. La escritora Doris Summers que considera la novela de Payno una "ficción fundacional" para México escribe en su tesis doctoral publicada por el Fondo de Cultura Económica: "Los bandidos no hacían sino escapar porque su captura no suponía procesamiento y porque el gobierno tenía ahora un frente internacional al que prestar atención urgente". Parece increíble que en los albores del Siglo XXI reverberen esas líneas como si fueran un relato de actualidad. No sólo en México, en todo el mundo hay un gran desorden como lo señalaba este fin de semana la aspirante a la candidatura del Partido Socialista a la presidencia francesa, Ségolène Royal. El riesgo de no encontrar la fórmula nacional interna para asimilar nuestras diferencias políticas será no sólo la pérdida del desarrollo económico, ya grave en un país con millones de pobres y tantas carencias como México, sino implica además el riesgo de entrar en una vorágine que nos lleve a un escenario como el que relata los Bandidos de Río Frío: un país de territorios en los que la policía y el ejército no se atreven a entrar, salpicado de bandoleros, con una narrativa costumbrista llena de subtextos raciales que subrayan las divisiones entre mexicanos basadas en el color de la piel, de los ojos. Es así como se definirá en cada campo quiénes son los buenos y quiénes los malos, con base en la semejanza, el que no se parece a mí es mi adversario y no sólo eso, su diferencia lo hace enemigo de "mi país". Lo indeseable de repetir el Siglo XIX mexicano no se limita a la reedición de una lucha interna entre liberales y conservadores, la amenaza de reeditar esas épocas es, como recuerda Summers, que en un entorno internacional desfavorable México perdió una guerra con Estados Unidos y fue invadido por Francia. ¿Alguna duda de por qué Fuentes y Abascal, ubicados en las antípodas del pensamiento político, coinciden en que es indeseable reeditar lo que los mexicanos ya vivimos y padecimos en su momento? Periodista e investigadora del ITAM
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