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Casi siempre los cambios en la historia son más bien lentos e imperceptibles en el corto plazo. Sin embargo, algunos hechos, debido a su impacto y sonoridad, se revelan inmediatamente como parteaguas de la historia. Este es el caso del fatídico 11-S, que marca un antes y un después para la humanidad, en todos los órdenes de la vida en común. A nivel geopolítico, por ejemplo, cambió la visión estratégica sobre los aliados y los adversarios. De manera dramática, después de un impasse de poco más de una década a raíz de la distensión del bloque comunista, Occidente tuvo que reconocer el potencial destructivo del terrorismo como nueva amenaza a su estabilidad. Por su parte, Washington cambió su estrategia de política exterior y sus prioridades militares hacia lo que se ha dado en llamar la "guerra preventiva": atacar antes de ser atacado, y en cuyo nombre desplegó una ofensiva militar contra Irak. Además, la reacción militar inmediata de Estados Unidos contra el terrorismo y sus aliados, en un inicio contra el régimen talibán en Afganistán, dejó ver el verdadero tamaño del imperio. Asimismo, en mayor o menor medida, todas las potencias occidentales sin excepción han debido reforzar sus sistemas de seguridad así como canalizar mayores recursos en defensa militar. A nivel cultural, por su parte, el 11-S ha alterado muchos patrones de comportamiento y ha estimulado nuevas actitudes. Así, por ejemplo, sobre todo en el caso de los estadounidenses, se apoderó de ellos una sensación de vulnerabilidad, con todo tipo de reacciones paranoicas y de temor. Por otra parte, sobre todo en Europa, resurgieron con nueva fuerza los sentimientos xenófobos, belicistas y antisemitas, tal y como lo sugiere el repunte electoral de importantes partidos y candidatos ultraconservadores. En el otro extremo, debido al "éxito" del 11-S para el terrorismo, es decir, al constatar el daño que éste puede infligir al mundo para alcanzar sus objetivos, han surgido nuevos grupos organizados similares al que finalmente se adjudicó el derrumbe de las torres gemelas. Asimismo, se incrementó considerablemente la ambigüedad de la relación entre Occidente y el mundo musulmán, con la consecuencia inevitable del recrudecimiento del conflicto palestino-israelí. Finalmente, a nivel de las mentalidades, es decir, de los modos de pensar y de estar en el mundo, también presenciamos grandes cambios. Obviamente, el 11-S no sólo vulneró radicalmente muchas certidumbres del pasado en todo el planeta, sino que generó aquí y allá distintas reacciones, muchas veces contradictorias, respecto de las implicaciones y consecuencias del propio acontecimiento y que terminaron imponiéndose como imaginarios colectivos sobre el fundamentalismo, el terrorismo y el imperio. En muchos países, por ejemplo, la condena inicial a los actos terroristas se metamorfoseó rápidamente, incluido nuestro país, en un repudio más, o menos explícito, al gigante herido, al imperio del norte que por fin experimentaba en carne propia las consecuencias de su desmedida e inescrupulosa ambición, de su prepotencia con el resto del mundo. Es decir, predominó el resentimiento histórico hacia el imperio, con lo que se perdió de vista la dimensión real de la tragedia: el terrorismo no tiene nacionalidad, ni rostro, ni piedad, ni justificación; sus víctimas somos todos, todas las razas, todos los credos, todos los géneros, en una palabra, la especie humana toda. Hablar desde el resentimiento es creer que la violencia no nos toca, no puede tocarnos, siendo que el terrorismo ya nos ha trastornado a todos sin remedio. Ciertamente, el conflicto iniciado con los actos terroristas del 11-S nos ha excedido a todos. La dimensión del acontecimiento nos rebasó sin remedio. De ahí que muchos han titubeado entre asumir un pacifismo irreductible o reconocer la dimensión conflictiva, bélica, de la política en circunstancias de excepción. Sin embargo, si ya el terrorismo es la negación de la política, una guerra santa es una invitación a la locura, a desandar siglos de luchas en favor de la libertad de conciencia, para sucumbir de nuevo ante el pensamiento único. De ahí que Occidente no podía más que actuar, reaccionar, repeler. cansino@cepcom.com.mx Director del Centro de Estudios de Política Comparada
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