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"Esa imagen desastrosa de la víctima, que no tiene nada que ver con la crueldad que la alcanza", escribió Paul Assoun. Y también: "El excluido está encerrado ´afuera´". En la tierra de nadie. Donde vivieron las niñas que denunciaron a Succar. Donde intentaron someter a Lydia Cacho. El "encierro" de la impotencia. De una injusticia y un daño social. En México. Cada vez más vastos. Por ignorados. Silenciados. Impunes. El "afuera" existe, porque existen umbrales invisibles. Ante los cuales. Se detiene la ley. ¿Quién la borra? ¿A qué costos? ¿A cambio de qué ganancias personales? En términos de vínculos sociales. La tierra. Nunca "es de nadie". Donde las leyes humanizantes no operan. El amo impone su ley. Una vez más. La voz de Kamel Nacif. Sus pausas. Sus mentadas. El universo masculino cerrado. Como se aman entre ellos. Nacif y Succar. El infinito desprecio por la feminidad. Las "putitas". La ley del amo es la voluntad de dominio. Sin empatía. Sin límites. Después de él. Sigue él. En el imaginario del amo, todo se compra. Se manipula. Se usa. Todo está en venta. Esa es su lógica personal. Pero sucede. Que demasiados le den la razón al amo. Nacif no gesticula solo frente al espejo. Da órdenes. En altos niveles de la política mexicana. Allí es donde el amo "exitoso" se convierte en un síntoma social. El abismo. Entre el desastre emocional de las denunciantes de Succar. Y el lenguaje brutal de "los poderosos" que, según palabras de las víctimas, estuvieron alrededor suyo. Kamel protegió a Succar. Kamel fue escuchado dándole órdenes al gobernador de Puebla, y a un actual diputado. ¿Quién es más perverso? ¿El que espía? ¿O los espiados bien concretos a quienes escuchamos? Las niñas acusan a Succar de grabarlas en actos sexuales, para ellas a su vez ser espiadas. No me rasgo las vestiduras porque grabaron a Kamel y al "precioso". En el momento en que gozaban de actos de violencia contra Lydia. El espionaje se ha convertido en México en un síntoma social. Que nos revela otros. Hasta el momento. Bastante peores. "Papito, ¿dónde andas cabrón?". Pareciera la frase de un menor de edad extraviado en la feria de Chapultepec. Invocación. Reclamo. El "rey" se tardó, pero llega y es rotundo. Esa ley no. El ahora diputado se cuadra a una velocidad espeluznante: "Entonces lo que tú digas cabrón, lo que tu digas, por ahí vamos cabrón. Pues entonces va pa´trás, esa chingadera no pasa en el Senado, eh". "A huevo", repite "papito". "El empresario no es mi amigo", asegura Gamboa. En un arranque de honestidad involuntaria. Ateniéndonos a la grabación, es cierto. Suena a su jefe. "Una conversación fuera de contexto", insiste Gamboa. También es cierto. En esta "descontextualización" reside el carácter ominoso de la conversación. No es un contexto de pares: un empresario económicamente poderoso dialogando con un senador, políticamente poderoso. No. Uno ordena. El otro se ejecuta. Hasta la abyección. Poderoso caballero es don dinero. El lenguaje de Nacif y sus súbditos es "soez", "altisonante". Pero si fuera menos vulgar, su fondo sería igualmente siniestro. El lenguaje del amo es aterrador. Cuando se exhibe sin máscaras. Porque su existencia nombra el desprecio por los otros. La impunidad. No hay amo. Sin tierra de nadie. Sin corrupción. Sin complicidades. Sin indiferencia por las víctimas. Sin desprecio por la ley. Para una sociedad, lo más aterrador de un amo. En tanto que cuestionamiento. Grieta. Espejo -es su oscuro e "inexplicable" poder de convocatoria. Escritora
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