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    Informe en río revuelto
César Cansino
31 de agosto de 2006

Nos encontramos en vísperas del sexto y último Informe de Gobierno del presidente Vicente Fox. El contexto en que el titular del Ejecutivo cumplirá con esta obligación constitucional no podía ser más crítico. La incertidumbre postelectoral se ha traducido en descalificaciones y amenazas por parte de la coalición Por el Bien de Todos, que dañan la salud de las instituciones políticas. Por lo pronto, la bancada del PRD en el Congreso ha anticipado que durante el acto de presentación del informe recurrirá a los gritos y las protestas para boicotearlo. En ese escenario, resulta insustancial que la presidencia de la Gran Comisión del Congreso recaiga en manos del PAN y que corresponda al partido gubernamental responderlo como dicta el protocolo, pues todo parece indicar que veremos un informe muy descompuesto y agitado.

En estas circunstancias parecería más importante el propio acto de presentación del informe que el contenido del mismo. De hecho, el fondo pasa a segundo término, considerando que no cabe esperar grandes anuncios o posicionamientos por parte del Ejecutivo, mientras que todos anticipan en la forma un acto muy tenso y contestado por parte de algunas bancadas, en un intento desesperado por desacreditar la investidura del presidente Fox después de los comicios de julio pasado.

Con todo, el informe se espera con mucho interés. No sólo porque constituye el último balance de una gestión de seis años, sino también porque ofrece al presidente una tribuna extraordinaria para fijar su posición respecto de las elecciones y la democracia. Sin duda, por lo enrarecido del clima político actual, esta será la cuestión medular del mensaje presidencial, el elemento que marcará una diferencia sustancial respecto de informes pasados.

Más allá de este posicionamiento obligado por las circunstancias, los mexicanos y las mexicanas esperamos muy poco del discurso presidencial. Domina una sensación de desánimo, por lo que el maquillaje anual de cifras y datos no alcanza por sí solo para contrarrestar dicha sensación. La verdad es que no hay nada de qué vanagloriarse ni nada que festejar. La percepción casi generalizada de la actuación del gobierno del cambio es de frustración y malestar. El sexenio de la alternancia no podía ser más decepcionante y gris, sobre todo si lo contrastamos con las enormes expectativas de cambio y renovación con las que comenzó.

Son tantas las promesas no cumplidas y las frustraciones generadas que cualquier intento de evaluación se torna insustancial. ¿Cómo evaluar la inacción, el desgano, la apatía, la falta de entusiasmo y creatividad, la ausencia de pasión y entrega, la pequeñez y la mediocridad de un gobierno que simplemente no ha estado a la altura de las enormes expectativas de transformación en todos los órdenes que se abrieron con la histórica alternancia en el poder de 2000, que no comprendió el papel trascendental que estaba llamado a cumplir en el México postautoritario? ¿Qué sentido tiene hablar de claroscuros, del vaso medio lleno o medio vacío, de haberes y deberes, de activos y pasivos, de logros y yerros, cuando la enfermedad que acusó este gobierno fue estructural y al parecer incurable, una suerte de parálisis degenerativa aguda, cuyas manifestaciones fueron la inacción y la falta de sensibilidad, la incapacidad de ver y escuchar, de proponer y hacer.

Ciertamente, que no se haya avanzado en este sexenio de manera consistente en el cambio democrático, que no hayan prosperado mayores acuerdos en el Congreso para reformar al Estado y actualizar con un espíritu democrático nuestro entramado institucional y normativo, que no haya habido crecimiento económico sostenido y que muchos rezagos sociales sigan sin atenderse, que la procuración y la administración de justicia siga atrapada en la más recalcitrante corrupción e impunidad, que no se hayan aprobado las reformas estructurales urgentes, y un interminable etcétera, no son pasivos imputables exclusivamente al gobierno federal. De hecho, ningún actor político en el México actual ha estado realmente a la altura del desafío que implicaba la alternancia conquistada hace seis años.

Sin embargo, la responsabilidad del gobierno en los saldos del sexenio es indudable. Por ello, no le alcanzará a Fox ofrecer cifras alegres ni hacer comparaciones a su favor entre su gestión y otras del pasado. La sociedad ya ha emitido un juicio y el balance dista de ser positivo.

cansino@cepcom.com.mx

Director del Centro de Estudios de Política Comparada

 
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PERFIL
 
Director del Centro de Estudios de Política Comparada, A.C., y de la revista Metapolítica. Es doctor en Ciencia Política por la Universidad de Florencia. Además, es investigador y catedrático del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO), la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y se ha desempeñado como profesor regular en varias universidades del país. Ha sido profesor invitado en más de 15 universidades del extranjero como Cambridge, Stanford y Florencia. Actualmente es investigador nacional nivel II del SNI y miembro de la Academia Mexicana de Ciencias. Entre otras distinciones, obtuvo el Premio Nacional de Periodismo 1995 por artículo de fondo y el premio Jean Monnet 1991 otorgado por la Comunidad Europea. Es autor de más de 25 libros publicados en varios idiomas y países.
 
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