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L a productividad y la riqueza de las naciones están determinadas de manera relevante por el desarrollo de las habilidades de sus ciudadanos. Por eso, la inversión en educación destaca entre las más fructíferas asignaciones de recursos que las naciones pueden hacer para la construcción de su futuro. Sin embargo, el aparente consenso nacional sobre la necesidad de un sistema educativo robusto y eficiente como condición de una economía moderna, dinámica y competitiva, así como para una sociedad más equitativa y cohesionada, contrasta con nuestras realidades contradictorias, que incluyen indicadores característicos del subdesarrollo educativo. Aunque la principal universidad de México figura entre las 100 mejores del mundo y existen otras instituciones de excelencia no sólo en educación superior, sino también en educación básica y media, nuestro país presenta serias deficiencias en todos los niveles de su sistema educativo. Por ejemplo, de acuerdo con cifras del Programa Internacional para la Evaluación de los Estudiantes, administrado por la OCDE, 38.1% de los alumnos de educación básica en México calificaron (en 2003) con nivel cero en habilidades matemáticas (en una escala de 0 a 6), mientras que el promedio de países de la OCDE arrojó sólo 8.2% de alumnos en ese nivel; y en el polo opuesto, los alumnos que obtuvieron las calificaciones superiores (niveles 3 a 6), fueron 13.2% en México, contra 57.4% en el promedio de la OCDE. Puede tratarse de un indicador discutible de eficiencia escolar, pero sus cifras evidencian una paradoja: la tecnocracia neoliberal se propuso insertar a México en la competencia internacional, pero se olvidó de la educación de las nuevas generaciones acorde con los criterios internacionales. En la misma perspectiva, de acuerdo con parámetros establecidos por la UNESCO, los países que pretendan ser competitivos en la actual economía global, deben tener una cobertura de educación superior mayor de 50%, respecto de los jóvenes en edad de inscribirse. Sin embargo, en 2006 México alcanzó apenas una cobertura de 22.7%. No sólo estamos lejos de los umbrales de la competitividad educativa, sino que nos ubicamos debajo de países latinoamericanos (Chile, Venezuela, Uruguay, Costa Rica, Argentina), cuyas coberturas en educación superior se ubican arriba de 40%; y al paso que vamos (3.4% de crecimiento anual en la matrícula), en 2013 apenas habremos logrado una cobertura de 28%. Además, no sólo tenemos un serio problema de cobertura, sino también de calidad, puesto que la desregulación mal entendida ha traído consigo la proliferación de programas de educación superior -principalmente en instituciones patito particulares- que no reúnen los requisitos de calidad. Por consiguiente, sin una profunda reforma de su sistema educativo y la ampliación de su cobertura, México no contará con los recursos humanos que requiere para su pasaje del subdesarrollo al selecto club de países industrializados, donde ya figuran países de nueva industrialización, como Corea del Sur y Taiwán, que hace un cuarto de siglo tenían un nivel de desarrollo inferior al de México. Frente a este reto, el Seminario Nacional Agenda del Desarrollo 2006-2020, recientemente realizado en México con la participación de especialistas del más alto nivel en los distintos campos de conocimiento, dedicó amplio espacio al análisis de la problemática educativa y de las estrategias para afrontarla exitosamente, a la luz de nuestras realidades y potencialidades. Sin pretender resumir la riqueza de estos análisis y propuestas (los libros -de donde proceden las cifras anteriores- se encuentran en prensa), apuntaremos algunas dimensiones del enorme esfuerzo a realizar. Por una parte, es necesario lograr la cobertura universal (prácticamente conseguida en educación primaria: 99.7%) en educación preescolar, secundaria y media superior, donde nuestros rezagos son todavía considerables, amén de ir cerrando aceleradamente nuestra enorme brecha en educación superior respecto de los parámetros de la UNESCO. Además, es necesario realizar una profunda reforma del sistema educativo para elevar su calidad y rendimiento. Ampliar y modernizar la infraestructura y el equipamiento de los centros de enseñanza; crear nuevas instituciones educativas y construir nuevos planteles, particularmente en las regiones de mayor rezago; aumentar el personal docente y lograr la capacitación sistemática del profesorado; mejorar los métodos de enseñanza-aprendizaje y la calidad de los programas educativos; promover la transparencia y la rendición de cuentas en las instituciones; lograr una mayor correspondencia entre la oferta educativa, las prioridades del desarrollo nacional y las realidades (y tendencias) de los mercados de trabajo, son tareas que México debe realizar. Desde luego, el crecimiento económico sostenido -que incremente el empleo formal y el ingreso de los jefes de familia, permitiendo la dedicación de sus hijos al estudio-, el reforzamiento de los programas de combate a la pobreza, así como la ampliación de los apoyos e incentivos para el acceso y permanencia de niños y jóvenes en el sistema de enseñanza, son también factores cruciales para mejorar el desempeño educativo y dejar atrás el subdesarrollo. Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM
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