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Sin duda, la historia da vueltas a través de recovecos complicados y múltiples desniveles, tiene todo menos ir en un sentido recto hacia adelante. Antes del 2 de julio era impensable adelantar un escenario como el que vivimos hoy en día: las calles del centro histórico de la ciudad de México tomadas por el PRD en protesta por un supuesto "fraude electoral". ¿Hemos regresado en el tiempo de un día para otro? Los acontecimientos políticos se construyen sobre la base de percepciones, y hoy para una parte de los ciudadanos el "fraude" es una realidad. Para otra parte de la ciudadanía los votos ya se contaron y hay un ganador. El país entero espera la decisión final, la calificación de la elección presidencial por el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF), cuyo plazo máximo es el próximo 6 de septiembre. México atraviesa por un complicado y largo momento postelectoral, llevamos ya un mes desde el 2 julio y la nota dominante ha sido un extraño movimiento social que encabeza López Obrador. Después de tres asambleas informativas, finalmente los perredistas tomaron la decisión de montar una asamblea permanente y abrir un largo periodo de espera en las calles de la capital. Como en los viejos tiempos, cuando AMLO venía de Tabasco y se instalaba en la plancha del zócalo capitalino para protestar por el fraude electoral, ahora repite la misma estrategia. Es cierto que hubo problemas en el arbitraje electoral y las campañas negativas se hubieran podido detener con la fuerza de una ley que no se aplicó. También es una realidad que terceros interesados intervinieron y violentaron la legalidad con propaganda sesgada a favor del PAN (por ejemplo, el Consejo Coordinador Empresarial) y tampoco fueron detenidos con energía por el árbitro que dejó correr la situación. Es un hecho que el presidente Fox montó un obsesivo discurso que descalificaba cotidianamente a AMLO. También se puede observar que el PRD y la coalición Por el Bien de Todos tuvo su estrategia, sus armas y amplios recursos con los que respondió los ataques, se defendió e hizo una contraofensiva. La contienda tuvo tonos terribles y los panistas envenenaron el ambiente, crearon una amplia percepción de miedo y convirtieron a su adversario político en un enemigo peligroso. El saldo es una terrible polarización que atraviesa al país a través de sus regiones y sus clases sociales. Lo que debería haberse empezado a desmontar con un claro resultado electoral se ha convertido en un laberinto de incertidumbre y denuncias de "fraude electoral". La escasa distancia entre los dos punteros, sumada a fallas operativas de comunicación de los resultados y revestida del clima de polarización de la campaña, forman el detonante de un complejo movimiento social que hoy inunda las calles del centro histórico de la capital. La ambigüedad del movimiento perredista es moverse entre dos estrategias: por un lado, la parte legal y los expedientes de la impugnación, y por la otra, la movilización social. Afirmar que se respetará la legalidad, pero señalar que la legalidad se puede quebrar por presiones de los intereses poderosos. Como si el campamento perredista no fuera también una presión sobre el Tribunal Electoral. Decir que se respeta la legalidad, pero establecer como requisito el conteo de voto por voto, como única vía de tener certidumbre, es condicionar la decisión legal al movimiento social. Pedir que Calderón no se declare ganador o presidente electo, pero a la menor oportunidad autoproclamarse como presidente ante las cámaras en una entrevista, es jugar con las expectativas de millones de ciudadanos. Afirmar en las asambleas informativas que se tiene la certeza absoluta del triunfo, y al mismo tiempo desconocer todo el trabajo de los cientos de miles de ciudadanos que fueron funcionarios de casilla y luego contaron los votos a la vista de todos los partidos y sacaron otro resultado, es jugar a todo menos a la democracia. AMLO tendrá que calcular bien los costos políticos, porque a mayor radicalidad supone que ya no quiere ser presidente, sino el líder social de la oposición. Después de seguir la información del primer mes después del 2 de julio, se han visto múltiples irregularidades, pero no propiamente un "fraude electoral", como han afirmado algunos con base en inferencias de datos parciales. En este sentido, comparto la idea de que existe una duda razonable sobre el resultado electoral, la cual se ha convertido en los expedientes de impugnación que se presentaron ante el Tribunal Electoral. Sin embargo, hay que decirlo, la elección no ha sido impugnada en su totalidad, por lo que la estrategia legal de revisión se hará sobre ese universo que impugnaron los partidos. En esta ruta, la petición de hacer un recuento completo y volver a contar voto por voto, como pide la coalición Por el Bien de Todos, implicaría una decisión extraordinaria que el tribunal puede tomar en función de un objetivo de certeza para el futuro del país. Pero en caso de que el tribunal decida sólo atender la parte impugnada y hacer un recuento parcial de los votos, no necesariamente estaríamos en una vía incorrecta o ilegítima. La estrategia del movimiento perredista ha ido escalando niveles de radicalidad. Se ha pasado de la denuncia del "fraude" a la movilización permanente. Tomar la calle es una medida de presión que genera caos urbano en la ciudad de México. La política ha regresado a las consignas y a los campamentos callejeros. La diferencia entre los movimientos del pasado reciente en contra del fraude y el movimiento actual, son las instituciones y la legalidad. Esa frontera es hoy un delgado camino que al final se bifurcará entre acatar la decisión o simplemente saltar al vacío. Si antes la estrategia de la protesta podía conducir a una negociación política con el gobierno, ahora no hay más estrategia que lo que resulte del Tribunal Electoral. La diferencia puede marcar un cambio importante, pero al mismo tiempo, se puede evaporar si la decisión de Andrés Manuel López Obrador es abandonar el tablero. Faltan 36 días para conocer la decisión judicial y el PRD se encuentra movilizado. El escenario de los días por venir tendrá al movimiento perredista como actor central; pronto tendrá que decidir si acata o no la decisión judicial. Investigador del CIESAS
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