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Se alienta en el país una crisis política de gran envergadura. Confluyen a hacerla posible una combinación de mezquinas actitudes y torpes aptitudes por parte de los dos principales grupos políticos que concurrieron a la elección del 2 de julio, a través del PRD y de Acción Nacional. Con ninguno tengo interés personal de quedar bien, o acomodarme, porque de entrada rechazo tanto el fundamentalismo ideológico que divide a los políticos "de izquierda" y "de derecha", como el dogmatismo político que clasifica a los actores en buenos o malos. Pero reconozco que ahí está centrada la disputa, el momento quizá más inhospitalario para los demócratas en sentido amplio. En el manejo de la información que sobre las elecciones ha proporcionado la coalición Por el Bien de Todos y, principalmente, su candidato Andrés Manuel López Obrador, hay una especie de mala fe que tiene como ejes la parcialidad, la descontextualización, la magnificación. En un repaso cuidadoso y objetivo de cada uno de sus argumentos e impugnaciones, uno se encuentra la contradicción como dato permanente, y distintos tipos de "fraude" como variables cada semana. A la supuesta inconsistencia de los números, se ha sumado un inconsistente discurso; no aparecen las evidencias de la existencia del fraude, pero hay quienes intuyen su presencia, y entonces se construye una idea, que como muchos de los dogmas de la fe, termina aceptándose como verdadera, aunque sea una mala fe. Tiene una letanía y el rezo es la frase magistral: "voto por voto, casilla por casilla", y una propuesta absolutoria de pecado: "el que nada debe, nada teme". Cuestionable en su estructura argumentativa, ha funcionado en el eslogan. En la respuesta a eso que José Woldenberg ha llamado "una comunidad de fe", hay una especie de inexperiencia mezclada con desdén del grupo que se alzó con la victoria en las elecciones más competidas de nuestra historia, en una jornada electoral que tuvo al ciudadano como el actor más importante. No hacer explícita hasta ahora una actitud y voluntad de cambio; el continuar y reforzar las alianzas entre la red de intereses del antiguo régimen priísta; volver a la contratación de spots publicitarios, y mantener la estrategia confrontacional con los adversarios, no ha hecho más que agudizar el sentimiento de revancha y desquite postelectoral con el que actúan muchos de los apoyadores de AMLO. Se suman las declaraciones del vocero presidencial y del propio presidente Fox, ninguna afortunada, ni siquiera por excepción. El consistente golpeteo en la mayoría de los medios de comunicación electrónica a AMLO, y su correspondiente descenso en la cobertura, no refuerzan la duda sobre la elección, sino el coraje y la frustración de quienes perdieron dentro de un proceso electoral en el que aceptaron participar con reglas muy desfasadas, pero que creyeron vencerlas mediante la estrategia de la lucha de clases. A varios de mis compañeros y amigos en el PAN les he pedido no hacer de nuevo "perros del mal" a los del PRD, metiéndolos a fuerza en el costal de los violentos, siguiendo el método empleado por el presidente Salinas. A varios amigos en el PRD les he insistido en no tratar de hacer de derecha a Calderón y meterlo a fuerza en la cofradía del Yunque, no lo es. Pero hay muy poco espacio para los matices, en uno y otro lado. Percibo sinceramente que estas dos posiciones han alentado una mayor división en la sociedad y aumentado la ruptura entre los dos principales partidos políticos de México, ni más ni menos que las dos representaciones parlamentarias que sumados en el próximo Congreso podrían llevar acabo la más importante reforma del Estado que haya pensado la clase política más arrojada del planeta. Pero lejos se ve el diálogo, y cada vez más cerca el momento en que se renueve el pacto con el PRI, con una desventaja mayor: al frente de lo que quedó de ese partido se están colocando los personajes de mayor desprestigio en la vida política del país, negociantes puros de estrictos intereses personales. La izquierda perredista debe observar ese escenario, ese sí un verdadero peligro para México. El PAN y sobre todo Calderón deben coadyuvar a una salida política y jurídica al país, a su gobierno y, también, por supuesto, a su principal adversario. Sí, aunque resulte molesto ser rehén de una estrategia descalificadora sin sustento, es fundamental dar señales claras y contundentes de que no se opone al recuento parcial o total. Entre otras cosas porque, con mentiras o medias verdades, se ha sembrado la duda, se ha generado la confusión, incluso está realmente afectada la imagen en el exterior. En el ámbito internacional no sorprende el estrecho margen del triunfo, un dato que ha estado presente en Estados Unidos, Europa, América Latina; más bien se recuerda el desafuero a AMLO y el entramado de complicidades que se logró alrededor de tan torpe como injusta medida para sacarlo, desde entonces, de la competencia electoral. Creo sinceramente que el recuento es la mejor salida para todos: voto por voto para que se caiga mentira por mentira; voto por voto como acto liberador de las matemáticas contra el engaño. Senador de la República (PAN)
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