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El conflicto entre la Iglesia y el Estado llevó a la suspensión del culto público, el 31 de julio de 1926, y en los días siguientes al principio de la gran guerra de la Cristiada. Sin armas, sin dinero y sin jefes, los cristeros, llamados así por irrisión, a causa de su grito "¡Viva Cristo Rey!", emprendieron una guerra de guerrillas que puso seriamente en dificultad al gobierno del presidente Calles; y el que debía sucederle, Obregón, se disponía a hacer la paz con la Iglesia cuando su asesinato vino a prolongar el conflicto armado. Guerra implacable como todas las que oponen un pueblo a un ejército profesional, prefiguración de todas las guerras revolucionarias del siglo XX. Lentamente, la situación empeoraba para el gobierno, lo cual lo llevó a recibir la ayuda del embajador estadounidense, autor del modus vivendi de junio de 1929, y en cuanto el culto se reanudó, los cristeros volvieron a sus casas. Un nuevo brote de anticlericalismo, hacia 1934, provocó una nueva guerrilla, mucho más débil, pero suficiente para ayudar a Cárdenas a imponer una política de conciliación definitiva en 1938. Se ha querido ver en esta gran guerra un movimiento protofascista, gozándose en denunciar a los cristeros como a "guardias blancas" a las órdenes de los grandes propietarios, o de las compañías petroleras. Si hay un problema que plantearse, ¿no será más bien el de la singularidad de un movimiento de masas que por los efectivos puestos en marcha, por la extensión geográfica, fue el más importante de la Revolución Mexicana, y a la vez el más difícil de recuperar, más todavía que el zapatismo? La Cristiada fue un movimiento de reacción, de defensa contra el desenlace acelerado del proceso de modernización iniciado a fines del siglo XIX, la perfección y no la subversión del sistema porfirista. Cuando se resucitó con fines políticos, la cuestión de las relaciones entre la Iglesia y el Estado, el pueblo se movilizó para defender su fe. Cuando hubo dado muerte a millares de federales y, muertos otros tantos de los suyos, se vio que iba a ser el cuento de nunca acabar -esto duró tres años-, se dijeron los del gobierno: "Quizá sería más sencillo dejar que estas gentes fueran a misa, ya que tanto se empeñan". Y el movimiento terminó. La resistencia armada se expresó en términos religiosos, y esto no es sorprendente puesto que se trata de la rebelión de un pueblo agraviado, que ha agotado la legalidad, que tiene una visión religiosa del mundo. Aquellos hombres y mujeres del pueblo supieron distinguir entre César y Dios. La segunda etapa de la Cristiada (1934-1938) corresponde a una reacción campesina a la empresa de "educación socialista" y a la persecución religiosa. Este segundo episodio lleva la marca de la desesperación, la rebelión (contra la Iglesia que desde Roma condena y excomulga a los católicos en armas) y la violencia. El terrorismo, desconocido entre 1926 y 1929, se desató contra los representantes del régimen, maestros y autoridades agrarias. Todo esto está muy lejos de las clases dirigentes ajenas a esta reivindicación de cierta manera de vivir y de morir juntos en determinado paisaje espiritual; reivindicación continuada con las armas en la mano. He aquí una de las cosas por las cuales son respetables los cristeros; porque hay límites en este mundo respecto de los cuales no se debe hacer concesión alguna. En el apocalipsis de 1926-1929 descubren una comprensión repentina, sacrificial de la historia humana y su referencia bíblica a David y Goliat deviene esperanza. A esto se debe que, por encima de sus aspectos económicos, conviene considerar estos alzamientos en sus más profundas raíces; si se quiere aprender realmente el sentido de la Cristiada, hay que tener en cuenta, al lado de los factores económicos, otra necesidad y otra exigencia. No sólo un estudio puramente económico es incapaz de explicar, la simple aparición de un fenómeno tan importante como la guerra cristera, sino que con tal análisis se corre el riesgo de disolver los contenidos más profundos de esta historia humana en plena efervescencia y de despojarla de su carácter original, por reducción a la pura ideología. Esto, cuando la Cristiada interesa a la historia de las religiones, dado que transfigura el momento histórico y lo valoriza a causa de la revelación que comporta. La esperanza más grande del cristiano es la segunda venida de Cristo, que pondrá fin a la historia, y puede ocurrir hoy mismo, y la transfiguración del tiempo en eternidad se ha hecho bruscamente por los cristeros. Su vida se ha vuelto gloriosa, lo cual implicaba una existencia concreta en la historia y la identificación a la agonía y resurrección de Cristo. Hay en la historia de la Iglesia una serie de lugares privilegiados: los confines del desierto al este del Mediterráneo, las tierras comprendidas entre el Rin y el Loira, el corazón de Rusia y esa alta meseta mexicana evangelizada por los mendicantes, hijos de Francisco de Asís y de Juan de la Cruz. La guerra de la Cristiada, bastante mal conocida, es uno de los episodios de la historia moderna que deben atraer de manera más imperiosa la imaginación. La especie de misterio histórico que lo rodea no es sino un atractivo más. Espero que algún día Nicolás Echevarría pueda filmar un "Rescoldo", que Arturo Ripstein nos dé su visión de algo que rebasa las capacidades de Spielberg. jean.meyer@cide.edu
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