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Septiembre 11-2001 lo tenemos incrustado no sólo en la memoria sino también en los ojos. Cualquier persona en cualquier rincón del planeta reconoce las imágenes y sabe lo que quieren decir. Y es que en aquella fecha, el mundo entero detuvo su marcha y durante días, semanas y meses, no vio nada más que las escenas cuando los aviones se incrustaron en las torres gemelas y poco después ellas se derrumbaron. Desde entonces, hemos visto la conversión de esa fecha en la fecha, en una que, nos han dicho, marca el momento clave que cambió la historia del mundo, a la que ahora dividimos en un antes y un después de aquel día. Luego vino marzo 11-2004 y las explosiones en los trenes de Madrid llenaron durante meses los diarios y televisoras del mundo, con las imágenes atroces y los testimonios de los sobrevivientes y de los familiares de las víctimas. Cuando en julio 7-2005 los ataques fueron en Londres, durante días y semanas estuvimos allí, en la oscura estación subterránea y en los camiones, con los heridos en los hospitales y hasta con la policía que registraba los edificios donde se supone viven los culpables. En los tres casos, los medios de comunicación llenaron sus horas y las nuestras con misas y ceremonias religiosas o civiles y con mesas de análisis y debate para tratar de entender quién lo hizo y por qué, cuáles habían sido las señales de alerta que no se supieron ver y qué se podía hacer para evitar este tipo de situaciones en el futuro. Y todos nosotros, no sólo seguimos con detalle los acontecimientos sino que los convertimos en momentos clave de nuestra existencia, que alteraron nuestras conversaciones y nos provocaron pesadillas. Hace algunas semanas, el atentado fue en Bombay. Siete explosiones, una tras otra, perfectamente sincronizadas, también en el transporte público y a la hora de más tránsito dejaron cientos de muertos y heridos. Pero la atención que se le dio fue diferente. Si bien ocupó las primeras planas de los principales diarios de Europa y Estados Unidos y los horarios estelares de los noticiarios de las principales cadenas, fue además de otras noticias y durante unos cuantos días. Y en muchos países, se le incluyó como una noticia más. En México, por ejemplo, ni siquiera ocupó el lugar central que merecía, pues el tema eran las campañas electorales. Si miramos para atrás, desde los años 70 y hasta el día de hoy, el terrorismo ha hecho de las suyas una y otra vez dejando cientos de muertos: aviones secuestrados en Sudcorea, Níger, Bogotá, China; barcos secuestrados como el italiano Achille Lauro, los de Sri Lanka y Argelia; gases tóxicos en el metro de Tokio; coches-bomba en Arabia Saudita, Argentina, Irak. Las acciones de los chechenos han sido de una brutalidad impresionante: en un transbordador ruso dejaron casi 900 muertos, en un edificio de departamentos y un teatro en Moscú cientos más y en la toma de una escuela en Breslán 300, la mitad de ellos niños. Edificios volados ha habido en Buenos Aires, Argentina, en una playa del sur de Egipto y en Oklahoma, Estados Unidos; supermercados, autobuses, cafés, bares y salones de baile han sido hechos pedazos, con todo y clientes, en Irlanda, Israel e Indonesia y templos de distintas religiones en India, Turquía e Irak. Y la lista podría seguir, de Alemania a Marruecos, de España a Filipinas. Y sin embargo, no todos los ataques terroristas nos los muestran y reiteran de la misma manera: algunos se convierten en el centro de nuestras vidas mientras que otros ocupan sus 15 minutos de celebridad en los medios y se archivan. El acto terrorista de Bombay, aunque idéntico al de Madrid, es un ejemplo de esto. Una de dos: o ya nos estamos acostumbrando a este tipo de acontecimientos y por eso no impactan igual que antes o no vale lo mismo la vida de un habitante del tercer mundo que la de uno del primer mundo. Y a decir verdad, esto último parece ser la triste verdad. Porque así ha sido desde siempre: un atentado a un avión de línea aérea estadounidense merece más atención que uno hecho por los separatistas sijs en India. Entonces no nos queda más remedio que reconocer que hay países de primera y países de segunda, y que a un golpe en aquellos se le considera más grave o más digno de atención que a un golpe en éstos. Dicho de otro modo, que al mundo le duelen más los muertos de Nueva York, Londres y Madrid que los de Sharm el Sheik, Estambul y Bombay. O al menos así parece, por la manera en que se convierte a un acto similar en su brutalidad en uno más de una cadena o en uno emblemático. sara.sefchovich@asu.edu Escritora e investigadora en la UNAM
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