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Existe en inglés una palabra muy interesante que es profiling . Ella significa que se hacen juicios sobre una persona sólo por cómo se viste, por su nombre, por algún detalle de su vida. Por supuesto que esos juicios (pre-juicios) son hechos a partir de la propia concepción del mundo de quien los hace y poco tienen que ver con la realidad. Pero así funcionamos los humanos. Por eso la propaganda pega. El ejemplo más a la mano se da en Estados Unidos, en donde ciudadanos "con apariencia de árabe" son por definición catalogados como terroristas. Un famoso cómico cuenta que cada vez que llega a algún sitio público es recibido con miradas de pánico por parte de la gente: "Las conversaciones se detienen y debo caminar en medio del silencio". Un escritor dice que en una ocasión, al pasar por el detector de metales en un aeropuerto, el circuito empezó a sonar (como sucede a muchos que olvidan quitarse el cinturón o sacar de su bolsillo los objetos metálicos), pero todo mundo se paralizó de miedo por lo que ya para entonces estaban seguros de que era un asesino. Y él mismo se angustió tanto que empezó a gritar "lo sabía, sabía que yo era terrorista". El profiling llega tan lejos que en una revista encontré la entrevista que le hizo una periodista a un ex miembro del Ejército Republicano Irlandés. Después de buscar durante años establecer el contacto para conseguirla, cuando por fin lo logra y se encuentra con él en una estación de trenes muy concurrida de Londres, lo primero que le llama la atención (y la primera línea que escribe en su artículo) es: "No parecía terrorista". ¿Acaso los terroristas se ven de cierta manera? Si así fuera, sería muy sencillo atraparlos. Pero lo increíble es que si así habla la especialista, ¿qué podemos esperar de los demás? Quienes estudian el funcionamiento del cerebro humano dicen que nuestra manera de aprender es por contigüidad e identidad, pues tenemos necesidad de colocar lo que vemos, escuchamos y sentimos, dentro de nuestros paradigmas, de lo que ya conocemos. De lo contrario viviríamos en la incertidumbre que produce angustia. Pero a decir verdad, hemos llegado a niveles francamente grotescos. En México la policía detiene a cualquier joven como si por el hecho de serlo fuera por definición drogadicto o delincuente. A quien tiene piel blanca se le considera rico y por lo tanto malo, pues ambas clasificaciones van juntas en nuestro país, como si siempre el dinero fuera mal habido y como si alguien moreno no pudiera tenerlo. Lo anterior viene a cuento por lo que está sucediendo con los ciudadanos. Ahora resulta que a cualquier pobre, cualquier estudiante que viste de camiseta, cualquier escritor, automáticamente se les considera partidarios de Andrés Manuel López Obrador, y por el contrario, a cualquier persona vestida de traje, a cualquiera que compra en un centro comercial o a cualquiera que se persigna se les considera partidarios de Felipe Calderón. Y esto no depende para nada de que ellos mismos lo digan, sino de cómo se ven o dónde están. Hace unos días, en un diario de circulación nacional, un comentarista contó que Josefina Vázquez Mota, coordinadora de campaña de Calderón, llegó a comer a un restorán de postín, y que otros comensales, "con todo y que eran panistas, la increparon con que había que contar voto por voto". Su feliz conclusión era que también la derecha apoyaba esa propuesta. Pero, ¡oh, sorpresa!, al día siguiente una carta al periódico informó que los citados comensales habían sido una familia que, a pesar de ser de recursos, era pejecista. La respuesta del columnista fue un típico ejemplo de profiling: "Caray, supuse que por tratarse de ese restorán todos eran panistas". En los tiempos electorales todos hemos hecho ese tipo de cosas: decir que tal ciudadano "seguro" votó por tal candidato por la colonia en la que vive, que tal funcionario tiene simpatías con tal partido porque saludó en el cine a alguien que las tiene. Quienes escribimos en los medios padecemos constantemente esto. Cualquier comentario nos convierte automáticamente en amigos o enemigos. Una palabra sobre tal o cual institución -Iglesia, empresarios, partidos- y los lectores se permiten adivinar: entonces no es católico, entonces es de los que apuestan al desorden, entonces es extranjero. Y se lanzan a felicitar o a insultar. Eso sí, estamos llenos de discursos sobre las bondades de la democracia y del multiculturalismo, pero pocos parecen considerar que aquella no solamente consiste en contar votos y éste en decir que los indios deben ser tomados en cuenta, sino que ambas implican, antes que otra cosa, el respeto en serio a lo que es el otro. sara.sefchovich@asu.edu Escritora e investigadora en la UNAM
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