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L a historia lo revela. Nuestras fantasías colectivas están en contra del desarrollo de esa planta exótica que es el reino de los acuerdos: la democracia. En los libros escolares y en nuestros cursos de historia, tendemos a elogiar la derrota más que la victoria, y a embellecer al autoritarismo mucho más que a la negociación. Casi no tenemos himnos ni laureles para los triunfadores, pero erigimos por doquier estatuas para los vencidos. Reaccionamos con escepticismo y sospecha ante los triunfos y gozamos con la glamurización de los vencidos. Nos regocijamos con las derrotas gloriosas y nos recreamos con todo tipo de justificaciones admirativas ante los que caen una y otra vez. Nuestros padres y maestros nos han enseñado a celebrar la violencia. Admiramos las hazañas de los guerreros prehispánicos, secundamos las guerras civiles y, hasta hace nada, celebrábamos encendidos las gestas de la Revolución. Nuestros héroes son indisciplinados, altivos, guerrilleros, insurrectos, enmascarados que nos llevan con sus actos a venerar la victimización y el martirologio. Con determinación, por encima del caos y el olor a sangre, encontramos la coartada magna de decirnos que estamos ante actos justicieros. Nuestro sino ha sido el agobio ante la opresión que invariablemente está en el límite y que propicia el surgimiento del héroe que será vencido. De ahí nuestro gusto e identificación con los derrotados y el recelo hacia los exitosos. Hoy nuevamente, ese fantasma es evocado por un grupo variopinto que quiere ser identificado como progresista, cuando en realidad es de franca manipulación con las ancestrales insatisfacciones populares que ellos mismos contribuyeron a crear desde sus puestos anteriores. Nuestra sociedad, en su larga marcha en busca de horizontes más promisorios, ha mejorado sustancialmente el sistema electoral, aunque sigue bajo el pesado fardo de arcaicos valores y de añeja cultura cívica: seguimos con la rémora de la fascinación por los caudillos. Sólo ellos podrán resolver los desajustes históricos que nadie ha podido resolver: el atraso de millones de seres que viven con escasez de todo, sin atisbos de avance científico, ajenos a los adelantos que se dan en otros territorios. La providencia se encarna en un líder cuasi celestial y con soluciones siempre sometidas al asedio de fuerzas oscuras que, una y otra vez, forman conspiraciones tantas veces denunciadas y mil veces invencibles. Este fondo oculta un tramado de aberraciones como la opacidad, madre de la corrupción; la ilegalidad, la ineficacia, el corporativismo y el desemboque natural a la intolerancia y el autoritarismo del prócer. Con estos retos aún en franco desafío sobre la modernidad alcanzada en otros órdenes, sobrellevamos el vuelo del interregno postelectoral. Ahí en este espacio, y a pesar de nuestro extraño embeleso colectivo, por segunda vez en una elección presidencial, los votos para todas las fuerzas políticas significan que ninguno puede gobernar sin la participación de los otros. De ahí que el desdén, las mentiras, los agravios, las descalificaciones tanto de campaña como de este momento, puedan ser los principales obstáculos para el desempeño posterior de una administración. Bien valdría entender a Bertrand que ante la segunda derrota de Francois Mitterand alcanzó a decir: "La auténtica izquierda sólo se desalienta por visiones enfermizas". cremouxra@hotmail.com Escritor y periodista
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