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Hace unos días, llegando a casa, vimos a una mujer tirada en la banqueta. Parecía o estaba inconsciente. No nos atrevimos a moverla, sino que preferimos buscar algún servicio de emergencia que la ayudara. Abrimos el directorio telefónico y lo encontramos: el 060. Sólo que después de intentarlo varias veces, porque siempre sonaba ocupado, cuando por fin logramos comunicarnos, respondió una grabación que decía que nuestra llamada estaba siendo registrada y colgaba. Intentamos entonces con las patrullas de nuestra delegación. Aquí la respuesta fue contundente: ese tipo de situaciones no nos corresponden. Ante nuestra insistencia para que nos ayudaran a reportar el caso a alguien competente, aceptaron: "Veremos lo que podemos hacer", nos dijo el policía al teléfono. Hasta el día de hoy no hemos sabido de ellos. Lo siguiente fue marcar a un número que responde al pomposo nombre de Protección Civil. La persona que contestó empezó a interrogarnos: ¿qué tiene la señora?, ¿cómo se llama?, ¿está herida?, ¿está consciente?, ¿es accidente o enfermedad? A todas sus preguntas respondimos lo mismo: no lo sabemos, no la conocemos, pasábamos por allí y la vimos. Enojado por nuestra ignorancia de "datos" que sólo él sabe para qué le habrían servido, nos cortó tajante: si no contamos con esa información no podemos atender su llamada. Habían pasado 20 minutos desde que empezamos a buscar ayuda sin conseguir nada. Mientras tanto, varios vecinos se habían reunido en torno de esa persona sin saber qué hacer. Finalmente alguno se atrevió e hizo que la señora se sentara. Entonces ella abrió los ojos, pero no quiso o no pudo responder a ninguna pregunta. La ayudaron a ponerse de pie y la vieron caminar algunos pasos hasta la esquina, donde se volvió a sentar en la orilla de la banqueta y allí se quedó, otra vez inmóvil. Alguien dijo: voy a llamar a algún servicio de emergencia para que vengan a ayudarla. Y se metió a su casa a buscar el directorio. Obviamente que a ese vecino le sucedió lo que a nosotros, porque una hora después, esa persona seguía en el mismo sitio y en la misma posición. Cuento esto porque resulta increíble que una ciudad de millones de habitantes no disponga de servicios de emergencia. No hay a quién recurrir a la hora de un problema, sea hecho de violencia familiar, fuga de gas o agua, asunto eléctrico, persona tirada a media calle, animal atrapado en coladera. Los números telefónicos que anuncian para esos efectos, cuando no están ocupados es porque no contestan y cuando ya los atienden no tienen el menor interés en ayudar, a todo dicen que no se puede. Cuando uno se entera de cómo funciona el 911 en Estados Unidos, o la línea de apoyo a suicidas en Israel, o la policía inglesa, no queda sino sentir envidia. Y coraje porque aquí nos engañan, nos anuncian como si esos servicios existieran, pero no es sino una mentira, una más de las muchas que nos dicen. Las calles están llenas de baches. Meses pueden pasar hasta que alguien barre o cambia un foco del alumbrado público. En los parques nunca se corta el pasto o se limpia el excremento de perro. Millones de personas soportan camiones y peseros en pésimo estado y tardan horas para llegar a sus empleos. Los servicios de emergencia y salud, las burocracias para hacer trámites, las policías y ministerios públicos, brillan por su ausencia, por su ineficiencia y por su corrupción. El coraje se hace más grande cuando vemos que sí hay dinero, pero que se prefiere usarlo en otras cosas. Allí están funcionarios, magistrados, diputados y consejeros que se asignan a sí mismos sueldos y compensaciones millonarias y allí están los gastos enormes en publicidad. Como los nuevos anuncios en los que el IFE agradece a los ciudadanos por haber votado, hágaseme el favor. Globos de colores y pasteles de crema para decir "gracias". ¿Tanto dinero les sobró?, ¿por qué entonces en lugar de desperdiciarlo así no lo aprovechan para cosas mejores? O los del Senado de la República para decir que "cumple" porque hace leyes contra los delincuentes de las que estos se deben reír a mandíbula batiente. O los de las procuradurías y corporaciones policiacas sobre lo bien que combaten al narco, a las que nadie les cree porque todos padecemos la verdad. Dicho en otras palabras, qué no falta algo útil y necesario en lo cual invertir ese dinero. ¿Por qué entonces permitir que se desperdicie en semejantes estupideces? ¿No hay órganos de control que puedan supervisar el uso adecuado de los recursos? ¿No quedan en este país legisladores capaces de oponerse a estas indecencias? sara.sefchovich@asu.edu Escritora, investigadora en la UNAM
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