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    Democracia eficiente
Rossana Fuentes-Berain
12 de julio de 2006

L a falta de acuerdos es el principal obstáculo para el desarrollo de México. Urge avanzar hacia una democracia eficaz, esa en la que los diferendos enriquecen cuando pueden resolverse mediante el diálogo y la negociación política transparente y no mediante la amenaza de parálisis o, peor, de caos.

Todo lo que se pueda hacer en el marco del proceso legal, que se prolonga hasta el 6 de septiembre próximo, para tener seguridad de que seremos capaces de ser eficientes en la democracia, tiene que hacerse, porque si no habrá la tentación de regresar al autoritarismo, sea por la derecha o sea por la izquierda.

Tenemos un problema de reglas y de élites. No hay suficiente cultura del diálogo y nos sobra maniqueísmo: "O estás conmigo o estás contra mí", pareciera ser la consigna más frecuente en esta coyuntura. Con el resultado de la elección afloraron las divisiones no sólo en dos campos, como se insiste al pintar el país, azul al norte, amarillo al sur; no, afloraron quiebres geográficos, pero también brechas socioeconómicas y de visión de futuro.

El Presidente que resulte de estos comicios, el que menos votos tendrá en nuestra historia reciente, debe cuidarse de leer su elección bajo el prisma de reconocer una realidad que nos exhibe tal como somos: una suma de diversidades. No estamos regresando al siglo XIX, conservadores contra liberales; estamos entrando de lleno al siglo XXI. Tendrá que convocar, conciliar, pactar y coordinar la ejecución, eso es lo que entiendo por una democracia eficiente.

Es muy distinta de la democracia mercadotécnica, en la cual se privilegian campañas del corte de la que tuvimos, donde los publicistas y los manejadores de imagen son reyes y que, pienso, a muy pocos dejaron satisfechos.

El insumo principal para la democracia eficiente es precisamente el diálogo. Cada quien en su espacio debe ser escuchado. Ninguno es prescindible, por eso no se puede partir de la desconfianza y de la voluntad de aniquilar al contrario o de poner en duda a las instituciones que, no cabe duda que sean perfectibles, representan las reglas previamente acordadas por todos. No se puede ser demócrata si se gana y no serlo si se pierde.

Lo primero que tenemos que hacer es desmontar la furia, disminuir el componente emocional de la partidización ciudadana y, en todo caso, privilegiar la ciudadanización de la política.

Los partidos no están en un ejercicio autocontenido para hacerse del poder. Cada uno recibió nuestros votos no como un cheque en blanco; por eso es importante que los ciudadanos podamos hacernos presentes en este momento para recordar al oligopolio partidista que no puede haber un México de ganadores y otro de perdedores.

La disciplina del pueblo mexicano es un activo frente a la no violencia, pero hay que ir más allá, no podemos aceptar la polarización como divisa intermitente de la negociación política.

Ya votamos, ya se contaron los votos en presencia de representantes de los partidos y con la presencia de miles de ciudadanos que generosamente invirtieron su tiempo en una labor cívica, si Andrés Manuel López Obrador sustenta sus impugnaciones hay que volver a contar lo que fuera necesario. Persistir en el ejercicio de la transparencia dentro del marco legal existente beneficiará a la República.

Lo que no se vale es tratar de invalidar todo el ejercicio electoral, apuntar el dedo flamígero hacia el asistencialismo ajeno y no ver el propio. No hubo un solo partido capaz de sustraerse a las deplorables prácticas clientelares.

El PRD avanzó enormemente como instituto político en estas elecciones, es la segunda fuerza política en el Poder Legislativo; una vez saldado el tema de la contienda presidencial tenemos que asegurarnos de que ni ese partido, ni el PAN, ni ninguno de los otros, nos vuelvan a dejar seis años con el país "encorchetado", con la vida nacional como un documento inacabado en donde los que prevalezcan sean los puntos en los que no hay acuerdo. Hay que poder redactar un texto útil para la convivencia y el desarrollo nacional.

No somos el único país en el cual la diferencia que pudiera dar el triunfo es mínima: otras democracias, Estados Unidos, Italia, Alemania, Costa Rica, para mencionar ejemplos recientes, tienen también electorados divididos, pero su vida institucional, su tejido social no se pone en riesgo por ello. ¿Por qué nosotros tendríamos que llegar a ese extremo?

rfuentes@itam.mx

Periodista e investigadora, ITAM

 
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PERFIL
 
Periodista mexicana, desde agosto del 2000 subdirectora de la revista Foreign Affairs en español y catedrática del ITAM (Instituto Tecnológico Autónomo de México).

Licenciada en Comunicación de Masas por la Universidad Autónoma Metropolitana de México, doctora en Derecho a la Información por el programa conjunto de los centros Universidad de Occidente-Universidad de Navarra y Universidad Iberoamericana. MA en Periodismo Internacional por la Universidad de California del Sur; certificado de Historia del Cine y Estética por la Universidad de la Sorbona de París.

En 2001 pasó a presidir el grupo Convergencia Digital, AC (CODIAC) y ocupó la vicepresidencia de la Fundación Información y Democracia, AC (FIDAC); Premio Nacional de Periodismo.

Como redactora diplomática y financiera, Fuentes-Berain se ha encargado de informar sobre temas internacionales relacionados con México.

 
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