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    Nuevo pacto
José Luis Calva
07 de julio de 2006

L os pueblos que han logrado proyectos de nación de amplia inclusión ciudadana gozan de estabilidad política, cohesión social y, las más de las veces, de una consolidada prosperidad económica. En cambio, las naciones sin contrato social incluyente de sus mayorías ciudadanas no sólo suelen extraviarse del camino de la prosperidad, sino también hundirse en profundos desgarramientos sociales o polarizaciones políticas que a veces parecen callejones sin salida.

Los sucesos de julio de 2006 no son sorprendentes. La descarnada polarización socioeconómica y de posturas políticas que hoy prevalece, es consecuencia natural de la ruptura del contrato social de la Revolución Mexicana que -no obstante sus defectos o imperfecciones- permitió, durante más de medio siglo, la convivencia pacífica y fructífera entre los mexicanos.

Basado en una economía de mercado con un relevante papel del Estado como rector y promotor activo del desarrollo económico y social, el modelo económico de la Revolución Mexicana trajo consigo un crecimiento del Producto Interno Bruto a una tasa media de 6.1% anual entre 1934 y 1982 (lo que significó un crecimiento del PIB por habitante a una tasa media de 3.2% anual), acompañado por una acelerada acumulación de capital físico (en maquinaria, equipo y construcciones) que -en valores per cápita- creció a una tasa media de 6% anual, así como por un crecimiento sostenido de los servicios de salud, educación e infraestructura básica, por la elevación del poder adquisitivo de los salarios y por la sistemática reducción de la pobreza.

El coup d´main neoliberal -realizado en 1982- significó la cancelación de este proyecto de nación. Ciertamente, durante el último tramo del modelo económico de la Revolución Mexicana -bajo los gobiernos de Luis Echeverría y José López Portillo- la prudencia y visión de largo plazo que habían caracterizado las intervenciones gubernamentales en la promoción del desarrollo económico y social, desde los años 30 hasta la época del desarrollo estabilizador (1958-1970), cedieron su lugar a severas fallas de manejo macroeconómico (principalmente consistentes en una política cambiaria sobrevaluatoria de nuestra moneda y un manejo imprudencial de la política de ingreso-gasto público, que condujo a desequilibrios fiscales insostenibles), las cuales abrieron aceleradamente la brecha de divisas en la cuenta corriente de la balanza de pagos, exacerbando la insana adicción al endeudamiento externo que finalmente estalló en forma de crisis financiera.

Además, importantes deficiencias estructurales en la estrategia de industrialización (básicamente consistentes en el insuficiente fomento del sector exportador) habían aflorado desde principios de los 70, sin que se introdujeran los correctivos pertinentes, contribuyendo también al endeudamiento externo y a la gestación de la crisis de la deuda.

La tecnocracia neoliberal arribó al poder en las condiciones de la crisis financiera y, en vez de rectificar prudentemente los errores de manejo macroeconómico -fiscal y cambiario- y de realizar los ajustes pertinentes en la estrategia de industrialización, manteniendo incólumes los principios de la Revolución Mexicana, optó por un viraje de 180 grados, abrazando acríticamente los dogmas del consenso de Washington.

La idea-fuerza que había servido de fundamento al modelo económico precedente, según la cual la industrialización tardía exigía una amplia intervención del Estado como promotor del desarrollo, fue descalificada y reemplazada por la "visión moderna", según la cual la mano invisible del mercado, sin intromisiones del Estado, conduciría al mejor aprovechamiento de las oportunidades que ofrecía la globalización, al favorecer la asignación más eficiente de los recursos productivos y el logro de mayores tasas de crecimiento de la economía y el bienestar.

Sin embargo, después de casi un cuarto de siglo de experimentación neoliberal, la "Tierra Prometida" de la prosperidad brilla por su ausencia. En 2005, el PIB per cápita fue apenas 15.4% mayor que el observado en 1982, al crecer a una tasa media de sólo 0.6% anual durante el periodo 1983-2005; los salarios mínimos perdieron 69.7% de su poder adquisitivo (retrocediendo a un nivel inferior al poder de compra que tenían en 1946); más de 6 millones de mexicanos, trabajadores varones en su mayoría, emigraron a Estados Unidos; y más de 20 millones de mexicanos pasaron a engrosar las filas de la pobreza y la indigencia.

Ciertamente, al principiar los 80 México no tenía ningún "billonario" en dólares (es decir, con una fortuna individual superior a mil millones de dólares), mientras que en 2005 pasamos a tener más "billonarios" que Suecia, España o Corea del Sur.

En otras palabras: la cobija (el PIB per cápita) no creció, pero se jaló para un solo lado.

Es necesario poner punto final a este modelo económico ineficiente, excluyente y polarizante. La restauración de la cohesión social y de la convivencia fructífera entre los mexicanos exige un magno esfuerzo de inteligencia colectiva, de buena fe y de voluntad ciudadana para construir un nuevo pacto social, sólidamente asentado en una nueva estrategia económica que genere mayor riqueza y asegure a cada mexicano la opción certera de una existencia digna.

Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM

 
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PERFIL
 
Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM. Especialista en economía agrícola y desarrollo rural, fue distinguido con el Premio Nacional de Periodismo en 1999, por artículo de fondo publicado en EL UNIVERSAL, donde colabora desde mayo de 1995. Ha impartido numerosos cursos en universidades de México y el extranjero y participado como ponente en más de 200 seminarios y congresos científicos. Entre sus logros se cuentan también el Premio en Investigación Económica "Maestro Jesús Silva Herzog" 1999, el Premio Universidad Nacional 2001 en ese mismo ramo y el Primer Premio Nacional de Periodismo en Análisis Económico 2001, otorgado por el Club de Periodistas de México, A.C.
 
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