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La jornada electoral del pasado domingo nos mostró a una ciudadanía madura y activa. Los reportes indican casi 60% de participación, y en lugares como el Distrito Federal se alcanzó casi 70%. Aunque los sufragios no constituyen sino uno de los elementos de participación en la vida pública, sí reflejan un índice de la vitalidad política ciudadana. Las tensiones de las campañas, por otro lado, habían conducido a la amenaza del abstencionismo. Por eso el nivel de participación es una abierta respuesta de la ciudadanía a los políticos: esperamos más de ustedes. La calidad humana de nuestros ciudadanos se capta también en lo anecdótico. No sólo se tuvo una jornada pacífica. En el lugar donde yo voté, los representantes de los diversos partidos y los funcionarios de casilla departían con muy buen ánimo, y los vecinos colaboraban para que el ambiente fuera favorable. Me comentan de casos semejantes en casillas muy diversas. En un caso, incluso, los representantes de los partidos terminaron la jornada tomando atole en la casa de uno de ellos. Los ciudadanos estamos hartos de pleitos inútiles. Creo que también son dignas de reconocimiento varias instituciones. En primer lugar, se ha notado en todo momento la responsabilidad del Instituto Federal Electoral, incluso en la incómoda situación y la presión generada ante el mínimo margen de diferencia entre los dos principales candidatos a la Presidencia de la República. Las instituciones tienen sus leyes, y estas leyes deben ser respetadas para garantizar la convivencia civilizada. Son las reglas del juego: hay tiempos, hay procedimientos, hay responsables. Si se perciben irregularidades, deben ser denunciadas en las instancias correspondientes. Pero como ciudadanos tenemos la obligación de exigir que las instituciones sean respetadas, y que se evite una prolongación de la penosa campaña de descalificaciones, ahora en otros niveles. Dignos de reconocimiento han sido también ahora los medios de comunicación. La cobertura de todos ha sido amplia, inmediata, objetiva y responsable. Para quienes resulten vencedores, los resultados otorgan una doble información. Por una parte, no se puede olvidar que ningún candidato fue apoyado por una mayoría absoluta. Los ciudadanos hemos optado por un poder dividido y, así, equilibrado. Ningún gobernante puede, pues, olvidar los justos reclamos de quienes votaron por sus adversarios. Más que nunca, es urgente enfrentar el reto de establecer acuerdos civiles que superen las divisiones partidistas. En este sentido, existe un riesgo no menor: la inercia social puede cobrar la cuenta a quienes apostaron por una campaña basada en el desprestigio. Por otro lado, los resultados recuerdan a los políticos al servicio de quién se encuentran. Si las elecciones nos han mostrado el nivel social de la ciudadanía, es hora de que los políticos y servidores públicos se pongan a la altura. Más que los que votaron por quien resulte ganador son quienes participaron de manera responsable. A todos ellos deben rendir cuentas. Sin necesidad de estridencias, podemos estar orgullosos de nuestra ciudadanía. Quien ganó fue México. Que no lo olviden quienes resulten electos: están para servir a este pueblo, noble y con aspiraciones justas de paz y progreso. A cumplir, señores. * * * De modo emblemático, el mismo día 2 de julio falleció monseñor Carlos Talavera, quien fuera obispo auxiliar de México y luego obispo de Coatzacoalcos. Un hombre y pastor profundamente comprometido con causas de justicia social. Descanse en paz. teyamoz@prodigy.net.mx Sacerdote y teólogo católico
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