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Unos minutos después de que el presidente consejero del Instituto Federal Electoral hiciera un llamado a la prudencia, Andrés Manuel se declaró ganador. Muchos de sus votantes nos quedamos sin habla. Calderón se autoproclamó ganador. Al segundo. De la misma, única Presidencia. Mientras el conteo de votos avanzaba, nuestros candidatos se colocaban la banda presidencial. Desestimar a las instituciones construidas por la República implica riesgos. No es lo mismo que exigirles una meticulosa rendición de cuentas. Noche larga. Ciudadanos desbrujulados, y tristes. Temerosos de contar gotas de sangre en los días por venir. Cuando lo que toca contar son votos. La civilidad contiene. El domingo la elegimos. Mayoritariamente. Derrumbe del PRI de Madrazo. Atajarle el paso a Beatriz Paredes en una candidatura a la Presidencia resultó costoso. Era su carta fuerte. La malbarataron. Será para el 2012. Si se sobreviven a ellos mismos. Los priístas amanecieron defenestrando a su candidato. ¿Por qué se tardaron tanto? Inexplicable. Requiescat sus "bastiones". "Madrazo no ganó ni en su casilla en Tabasco". Valga el epitafio. Enfrentamos la confrontación de dos proyectos de nación. Regulada por el voto. Tras una campaña feroz. Y una jornada electoral históricamente participativa y civilizada. Cuyo ánimo tenemos que sostener. La responsabilidad llama a la espera. Los ciudadanos cumplimos nuestra parte del pacto. Los candidatos se tropezaron ambos con la misma piedra: ganar la calle esa noche. Esperar no significa "someterse" a cualquier resultado. Esperar consiste en atenerse a las vías y a los tiempos de la legalidad. Sin concesiones. Al exigir transparencia. Al declararse ganador, Andrés Manuel le ofrecía en charola de plata un escenario lustroso a sus adversarios. Calderón podía jugar el papel -honrosísimo- de hombre de Estado. No fue capaz de actuarlo. Ni por estrategia. Es un impulsivo que hizo campaña con el mecanismo de la proyección: "Puesto que el impulsivo es el otro, el impulsivo no soy yo". Como si bastara con repetirlo. Los votos ya estaban en las urnas. Fuera máscaras. El candidato, que durante meses acusó a su adversario de autoritario, a través de spots increíblemente autoritarios se proclamó ganador. Dos presidentes en una noche. ¿Cómo partimos la República? Expresamos nuestra voluntad. De uno por uno. Ordenada, y respetuosamente. De la misma manera en que esperamos se cuenten nuestros votos. Las autoproclamaciones fueron inquietantes e innecesarias. La revisión minuciosa de cada una de las casillas está prevista por la ley. ¿Por qué los ciudadanos nos conformaríamos con menos, en una elección tan cerrada? Al votar refrendamos nuestro sostén a las instituciones electorales. No a ciegas. No a ultranza. La ley prevé mecanismos para señalar irregularidades y fallas. Los ciudadanos estamos en condiciones de manejar asertivamente la incertidumbre, si tenemos la certeza de su temporalidad. Si sabemos que su horizonte es la exactitud en los resultados, y que esos resultados serán reconocidos como legítimos por el candidato perdedor. Una vez que sean definitivos. Vamos con lupa. Actas en mano. El contenedor en la "defensa del voto" es la legalidad. El piso indispensable para la cohabitación, y la paz social. La salvaguarda de la integridad de las personas. Sería un retroceso brutal si el ánimo de la jornada electoral no mantuviera sus principios. Parafraseando a Juan Villoro: esperamos que nuestros candidatos estén a la altura de la civilidad de los ciudadanos. Por el bien de todos. Escritora
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