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    Confianza y transparencia
Editorial de EL UNIVERSAL
05 de julio de 2006

A las 8 de la mañana de hoy dará comienzo una fase del proceso electoral que normalmente era de trámite rutinario pero que, ante la ausencia de información precisa sobre el estado de las elecciones el domingo 2 de julio a las 11 de la noche, como se había anunciado, ha adquirido relevancia extraordinaria. Se trata del cómputo de los votos que harán los trescientos consejos distritales del Instituto Federal Electoral, la suma de los cuales permitirá conocer definitivamente quién obtuvo la mayoría

El procedimiento, sin embargo, no es menor. Es un acto sobresaliente de la jornada comicial del domingo, que llevó a casi 42 millones de mexicanos a las casillas de elección, instaladas y operadas por casi un millón de conciudadanos bajo el ojo vigilante de los representantes de los partidos y de observadores nacionales y extranjeros.

El sistema electoral mexicano opera con muchos controles y suficiente transparencia, por lo cual resulta muy costoso, pero eso le ha ganado la confianza y el respeto dentro y fuera del país.

La regla de oro del Instituto Federal Electoral, IFE, es conducirse conforme a los principios de imparcialidad, objetividad, certeza y legalidad, y todos esperamos que así continúe, pues contribuye esencialmente a la renovación ordenada y pacífica del gobierno.

Ahora, el IFE tiene el desafío de cumplir su tarea bajo tensiones inusitadas, pues los dos principales candidatos se proclamaron vencedores, aunque uno de ellos tenga a su favor los resultados preliminares del propio Instituto Federal Electoral.

Si al IFE podemos exigirle que se ajuste escrupulosamente a su tarea y que divulgue sus números con el sustento indispensable de la documentación verificable, a los candidatos y sus partidos debemos convocarlos a la prudencia y a que acepten los resultados con responsabilidad ciudadana. El propio sistema electoral dispone de recursos e instrumentos para canalizar y atender legalmente las inconformidades e impugnaciones, si las hubiera.

Admitir la derrota es duro, pero dentro de las reglas que nos hemos dado, el mismo valor tiene que la diferencia fuese de un millón o de un voto, como uno de los candidatos dijo en su campaña. Admitir la victoria, asimismo, merece hidalguía y es una responsabilidad que se debe asumir con dignidad y con el respeto que merecen quienes no votaron por el triunfador.

Asumir otra postura equivaldría a menospreciar la participación de los millones de mexicanos en la ejemplar jornada electoral del domingo.

Todos participamos deseosos de ayudar a tomar una decisión central para la vida de nuestro país en el futuro próximo. Ya la tomamos. No conocemos aún el resultado, pero sea cual fuere, expresa la voluntad de una nación.

En resumen, de la misma manera como es muy conveniente que los actores políticos, dirigentes de partidos, militancia y candidatos respeten las reglas previamente consensuadas y puestas en legalidad; del mismo modo, los mexicanos confiamos en que el trabajo del Instituto Federal Electoral estará marcado por la transparencia, la objetividad y la certeza.

 
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