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La jornada electoral ha sido una muestra del arraigo que en la cultura política nacional tiene la democracia y del divorcio que hay entre los ciudadanos y sus élites políticas. Los ciudadanos salieron a votar en un número apreciable, seis de cada 10 sufragaron y lo hicieron en paz y salvo los incidentes ocurridos en Oaxaca, el resto del país sufragó en calma. Las encuestas que pronosticaron una votación cerrada demostraron que eran ciertas y hoy las fuerzas políticas deberían demostrar humildad y en cambio han exhibido una arrogancia digna de mejor causa. Después de haber azuzado el odio y la polarizaciòn los candidatos del PRD y el PAN han demostrado que su principal preocupación (por no decir la única) es ganar el poder. Uno de los dos ganará, pero ambos han demostrado que no tienen los tamaños para ocupar con dignidad la silla presidencial. Nadie después de los resultados de ayer puede sentir que tiene un mandato que suponga no atender las posiciones y sentimientos de las otras fuerzas políticas, sin embargo los dos hablaron como si tuvieran cómodas mayorías. El sistema electoral funcionó de manera impecable y los ciudadanos pudimos pulsar el avance del programa de resultados preeliminares. Las encuestas de salida de distintos medios no permitieron declarar un ganador y con ejemplar sensatez los ciudadanos esperamos con prudencia a que el consejero presidente del IFE diera su mensaje. Pero los candidatos se encargaron de echar todo por tierra, de enlodar, por su maldito nerviosismo e impericia, un proceso ejemplar que ahora nos provoca inquietud e incertidumbre. Triste destino el de esta República: tener como líderes a personajes que están muy por debajo de lo que el país necesita. Analista político
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