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La jornada se ha definido por un sentimiento: considerar las elecciones como una decisión entre alternativas diferentes y hasta contrapuestas de sociedad, de política, de economía, de cultura. Por lo demás, la actitud de los candidatos y sus partidos así lo han asumido durante estos 5 últimos largos meses de campaña, que dejaron exhausta a la ciudadanía y que propiciaron más el desprecio hacia la política que un reconocimiento de su deseable dignidad. Campañas hechas para denostar mucho más que para exponer la propia idea programática, revelando en definitiva un arrogante desdén hacia la ciudadanía y no su necesario respeto. Campañas fabricadas para humillar y no para suscitar la reflexión sobre los problemas nacionales. Así apareció a los ojos de muchos la mentalidad publicitaria de las campañas, sobre todo de la extrema derecha. A pesar de las oscilantes encuestas, podía sospecharse que tal estrategia derogatoria no necesariamente favorecería a sus autores. Son las 11 de la noche del domingo 2 de julio y estamos aún lejos de conocer el resultado definitivo del día electoral. Inclusive, según información de última hora, será necesaria una contabilidad específica de los votos, a comenzar el próximo miércoles. La cuestión es la de saber, a la postre, si la ciudadanía ha decidido por una continuidad que implicaría el seguimiento subordinado de la nación al Consenso de Washington, o si la preferencia mayoritaria fue la de satisfacer las demandas sociales más amplias. Si continuamos por las vías conocidas o la decisión es la de colocar a México a tono con las tendencias políticas que en muchos lugares del mundo prosperan y refutan las ortodoxias de la economía neoliberal. La elección del año 2000 fue la elección de la alternancia; ésta ha sido en cambio la elección de las alternativas. Aquella significó el cambio de los partidos políticos en el poder; ésta significa la posibilidad de llevar al país por nuevos rumbos. No por los del despeñadero que tanto repitió en su publicidad la extrema derecha, para inducir un voto del miedo, sino por los de una reconstrucción positiva de la nación, ojalá en todas sus dimensiones. Sin olvidar algo central: que la tarea de recuperación nacional sólo será posible con el impulso y la vigilancia democrática de toda la ciudadanía. Mucho se habló también en los tiempos preelectorales, hasta ayer mismo, que el triunfo de la derecha significaría el rechazo y el no reconocimiento de la verdad de las urnas por parte del candidato y partidos de la izquierda. Y se habló de la eventual expresión de ese rechazo en abundantes manifestaciones públicas. Pero nos encontramos también ante un dilema mucho más peligroso: el del rechazo a la verdad de las urnas por parte de una clase adinerada que, ante el triunfo de la izquierda, pudiera decidir masivamente trasladar sus riquezas fuera del país, o parte de ellas. Tal sería una catástrofe mayor. ¿Se olvidará el compromiso nacional de aceptar respetuosamente el resultado electoral? En todo caso, es la hora en que los mexicanos, sin excepción, hemos de atender la incontestable verdad de las urnas. Escritor y analista político
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