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Las campañas concluyeron y los ciudadanos enfrentan la decisión solitaria de definir por quiénes votarán el próximo domingo. Los planteamientos programáticos y las propuestas de gobierno quedaron enterradas en una avalancha de spots monosilábicos, producto de una intensa competencia, más por descalificar que por proponer. Al final, varios de los candidatos acabaron ofreciendo lo mismo, en una especie de carrera hacia el fondo: pensiones sin sustento financiero para la tercera edad; precios y tarifas de los energéticos más bajos; y gasto público mayor sin elevar impuestos. Por tanto, es poco lo que el ciudadano puede sustraer de las propuestas de campaña para fundamentar su difícil decisión. Debido a la dilución de las ideas y programas, las características y la personalidad de los candidatos adquieren importancia preponderante al definir el voto. Es indispensable recurrir a cuestionar las cualidades políticas esenciales de los candidatos, mejor conocidas como las virtudes del gobernante, presentes desde tiempos inmemoriales en la figura de los tribunos y del príncipe. Los griegos y los romanos se distinguen por sus aportaciones en definir estas virtudes. Las virtudes que se demandan del próximo presidente de México no son como ser humano o como un ciudadano más, sino en su calidad de jefe de Estado. David Hume es muy claro al respecto: "Aunque el afecto a la sabiduría y la virtud de un soberano llega a ser general y ejerce gran influencia, el que lo merece necesita ser reconocido previamente como investido de un carácter público, pues de otro modo, tal estimación de nada le servirá, ni su virtud tendrá influencia más allá de un pequeño círculo". Específicamente, al reflexionar sobre su voto, el ciudadano debe considerar si como gobernante, los candidatos poseen principalmente las siguientes virtudes: - Prudencia, como la expresión de una sabiduría práctica. - Generosidad, como la antítesis de la venganza y el rencor. - Honestidad, no sólo en lo material sino en cuanto a la defensa de las ideas, de él y de sus colaboradores cercanos. - Noción de Estado, entendida como la preeminencia del interés colectivo sobre los específicos, lo que a su vez acredita y exige el ejercicio de su investidura. - Respeto a la legalidad, como reconocimiento de la supremacía de la norma sobre el capricho de los gobernantes, y fundamento de su acceso al poder. - Liderazgo, para reclutar y conducir a su equipo y a todo el país. - Tolerancia, para reconocer en la diversidad de la nación su fortaleza y respetarla. - Valentía, para tomar las medidas que se requieren para edificar un México con mejor futuro, independientemente de que éstas afecten su popularidad. - Fortaleza, para resistir las acometidas de sus adversarios políticos y de quienes se oponen a sus propuestas. - Templanza, en cuanto a su capacidad para hacer frente a las dificultades y riesgos de su misión. - Inteligencia, a fin de ser capaz de entender y procesar problemas complejos con soluciones múltiples, consciente de que muchos otros saben tanto o más que él de los asuntos en cuestión. - Integridad, en cuanto al apego a sus valores con el fin de enfrentar todos los retos y adversidades de su mandato con coherencia. - Perspicacia, por su capacidad para anticipar y prevenir acontecimientos. - Justicia, virtud que, como diría Platón, "unida a las demás, asegura el bien del Estado". Asimismo, el gobernante ha de ser fidedigno, para que sus afirmaciones siempre ciertas merezcan respeto y confianza de la ciudadanía. - Por último, en la coyuntura política de México, hoy la virtud más importante es la planteada por John Stuart Mill en Del gobierno representativo (1861): "Un gobierno que se adapte mal al grado de civilización de que goza un pueblo dado, puede entorpecer su progreso. Y el mérito indispensable de un gobierno, aquel merced al cual pueden dispensársele casi todos los demás, es que se preste, o al menos no se oponga, a que el pueblo franquee el paso que le separa de un progreso superior". Si bien existen otras virtudes del gobernante que el ciudadano debe considerar al razonar su voto, las aquí referidas son las más relevantes. Se trata de una relación, que aunque no es exhaustiva, puede servir de auxilio al lector. La coyuntura de México hoy ha hecho que converjan los propósitos de los principales candidatos acerca de diversas políticas públicas. Sin embargo, perduran diferencias sustanciales acerca de cómo alcanzarlos. El asunto es fundamental para la decisión del voto y el futuro del país. El cómo de la acción pública se vuelve tan importante como lo que se persigue con ella. Primero, porque se refiere a la eficacia de la acción del gobierno, a su capacidad para lograr lo que se propone. Segundo, porque la distribución de los costos y de los beneficios del actuar del gobierno puede ser muy distinta entre políticas. Tercero, lo más importante, porque la instrumentación de una estrategia equivocada puede traer consigo consecuencias no deseadas, o incluso contraproducentes. Durante las campañas el ciudadano fue bombardeado con los "qué", que como se dijo, cada vez fueron más parecidos. Los "cómo" llegaron tarde y se analizaron con menos atingencia que la necesaria. Los paquetes de cómo que presentó cada candidato son diferentes y tienen implicaciones muy distintas para el futuro del país, por lo que deben analizarse con todo cuidado. La difícil tarea de ejercer plenamente la ciudadanía exige no sólo que el ciudadano vote por aquel candidato que a su juicio cumpla mejor con las cualidades previamente descritas. Para que un ciudadano alcance la virtud política debe expresar, antes, durante, y después de la elección su opinión sobre los asuntos públicos. Además, debe actuar en consecuencia, defendiendo sus ideales ciudadanos y oponiéndose a aquellos planteamientos que considere contrarios al interés del país. Ser ciudadano es una tarea de tiempo completo y no se limita al día de la elección. El próximo domingo lo probará. jreyes@structura.com.mx Economista
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