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    El voto del domingo
Rodolfo De la Torre
28 de junio de 2006

El voto es indivisible. No es posible asignar fracciones de voto a cada candidato según sus méritos. Por este motivo, votar por uno no significa necesariamente descalificar a los demás. Aunque no me identifico con partido alguno y suelo ser un elector indeciso hasta muy avanzadas las campañas, he resuelto desde hace un tiempo que mi voto será por Calderón. Las razones para ello me parecen sólidas, aunque reconozco que por la misma ruta otros pueden llegar a conclusiones diferentes. En todo caso, creo importante ir más allá de las reputaciones personales o los carismas, de las chachalacas o los cuñados incómodos, y de los spots fugaces o los lemas fulminantes, para elegir quién nos gobernará.

En las pasadas elecciones presidenciales mi voto se ha diferenciado. En 1988 sufragué por Cuauhtémoc Cárdenas deseando un régimen democrático. En 94 elegí a Zedillo, convencido de que su capacidad y honestidad eran lo más conveniente para México. Finalmente, en el 2000 voté por Fox, pensando que los cambios nacionales requeridos sólo podría hacerlos un gobierno no priísta. Mis motivaciones pueden ser cuestionables, pero no incluyen la adherencia ideológica o la pertenencia a ningún partido, ni como militante, miembro de equipo de campaña o representante popular. No siendo parte del voto duro, he decidido según mi percepción de la oferta de los candidatos para atender problemas específicos.

En esta ocasión la perspectiva que tengo del proceso electoral proviene en buena medida de haber participado en dos interesantes ejercicios de evaluación de las propuestas de los principales partidos y sus candidatos. Por una parte, el realizado por Lupa Ciudadana, en el cual diferentes analistas de forma aislada califican y argumentan la factibilidad o no de propuestas puntuales de los candidatos, para luego emitir públicamente sus notas y juicios, frecuentemente discrepantes. Por otra, el del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY), en el cual los evaluadores discuten en privado una amplia gama de documentos de los partidos y los candidatos para luego hacer pública una calificación, en lo posible acordada o fruto de un promedio, dando constancia de los puntos de desacuerdo. A partir de ambos esfuerzos he podido examinar qué persiguen los candidatos, cómo se proponen alcanzarlo y quiénes los acompañarían en esta tarea.

Aunque los objetivos de gobierno suelen parecerse, es posible encontrar diferencias significativas. Detrás de las ideas de que nos va ir muy bien, para vivir mejor, por el bien de todos, se encuentran proyectos distintos. Por una parte, López Obrador plantea las metas más ambiciosas, condensadas en los conceptos de un "nuevo modelo económico" o un "proyecto alternativo de nación", que sin definición precisa dejan entrever un propósito redistributivo de grandes alcances para enfrentar el problema más agudo y persistente del país: la desigualdad. En contraste, Calderón tiene un plan moderado al impulsar la continuidad de políticas que, aun habiendo reducido la pobreza, poco han hecho en cuanto a las disparidades sociales. Entre estos extremos está el dudoso pragmatismo de Madrazo, que propone ambiguamente conservar lo que deba ser conservado y cambiar lo que merezca este trato. Si de intenciones se tratara, el igualitarismo de AMLO tendría mi apoyo sobre las visiones conservadoras o inciertas de sus adversarios.

Sin embargo, gobernar es principalmente proponer y actuar, y en el terreno de las propuestas López Obrador queda mal parado. Con preocupante frecuencia, en las evaluaciones de Lupa Ciudadana y el CEEY, los planes de gobierno de AMLO aparecen como inconsistentes, inviables o contraproducentes, de manera que, en el mejor de los casos, sus metas difícilmente pueden ser alcanzadas o, en el peor, se agrava lo que se desea corregir (ver evaluaciones en www.lupaciudadana.com.mx y www.ceey.org). Es en esta área donde Calderón es más sólido, presentando políticas públicas coherentes, sustentadas y concretas, superando incluso lo que ha podido diseñar el experimentado Roberto Madrazo. Así, por ejemplo, en materia de política social, la expansión de la cobertura y los beneficios de los programas que se concentran en los más pobres que propone Felipe Calderón parece más razonable que las indefiniciones entre programas universales y focalizados de Madrazo y el despilfarro asistencialista e inequitativo de AMLO. Por la claridad del camino a seguir, mi simpatía se encuentra con Calderón.

No obstante, transitar de la propuesta a la acción pública requiere de un equipo conocedor, fogueado en la práctica administrativa y política, y confiable. En este aspecto, Madrazo cuenta con el más amplio espectro de potenciales colaboradores, desde jóvenes políticos con capacidad técnica y experiencia de gobierno, hasta viejos zorros que se pasan de listos eternizándose en su coto de poder. Para él la dificultad estribaría en seleccionar correctamente a sus colaboradores ante las presiones de su clientela. López Obrador enfrentaría una situación similar, aunque con una gama más reducida y desordenada de opciones, donde el ex salinismo destaca, habiendo pocos técnicos sin sesgos ideológicos evidentes. Por su parte, Calderón cuenta principalmente con un diligente, inexperimentado y a veces ingenuo grupo de colaboradores y con algunos políticos con trayectoria de gobierno excepcional. Considerando que con alguna probabilidad escogería al mejor equipo de gobierno posible, me inclinaría por Madrazo.

Me habría gustado elegir a un candidato que simultáneamente tuviera la agenda social más esperanzadora, las mejores propuestas y el equipo de gobierno más sólido, pero parece que deberé elegir entre un rayito de esperanza desorganizado y contradictorio, la razonable continuidad que no termina de aprender, y el astuto pero incierto pragmatismo. Me decido por darle una nueva oportunidad a quienes habiendo dejado expectativas insatisfechas presentan menores riesgos de retroceder en lo difícilmente alcanzado. Al hacerlo estoy consciente de que puedo estar desechando salvadores providenciales o genuinos estadistas, pero también que puedo proporcionarle el tiempo necesario a un hombre que puede elevar aún más las miras y superar con rapidez sus limitaciones. En todo caso, sea quien sea el próximo presidente de la República, sabré con exactitud en qué exigirle más.

rodolfo.torre@uia.mx

Director del IIDSES de la Universidad Iberoamericana

 
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PERFIL
 
Rodolfo De la Torre es Director del Instituto de Investigaciones sobre Desarrollo Sustentable y Equidad Social de la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México, Editor del Informe sobre Desarrollo Humano, México, del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, editor de la revista Bienestar y Política Social de la Conferencia Interamericana de Seguridad Social y miembro del Comité Técnico para la Medición de la Pobreza. Ha sido director de El Trimestre Económico y profesor de economía política en el CIDE, El Colegio de México, el ITAM y la UNAM.
 
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