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E l mes pasado Japón estuvo en estado de alerta al saber que Corea del Norte preparaba nuevas pruebas con sus misiles de largo alcance. Ahora Japón, Estados Unidos, Australia y Nueva Zelanda advierten a Corea del Norte contra el eventual lanzamiento de un misil balístico intercontinental que puede alcanzar Alaska y Hawai. Hasta ahora los esfuerzos para detener el proyecto nuclear militar de Kim Jong Il en Corea del Norte han fracasado, al grado de que se puede decir que el déspota de Pyongyang -o el grupo que se esconde detrás de él- ha jugado de manera maestra su partido de "póquer mentira", con Estados Unidos, China, Rusia, Corea del Sur y Japón. Un poco de remembranza: en 1994, en tiempos del presidente Bill Clinton, Corea del Norte se comprometió a no desarrollar su programa nuclear militar, a cambio de una importante ayuda económica, en buena parte alimenticia, que fue un serio alivio para un país que sufría una hambruna crónica. En octubre de 2002, Estados Unidos, que había situado a este país en "el eje del mal", en compañía de Irak e Irán, lo acusó de tener un programa secreto de armas nucleares, acusación que fue comprobada. En enero de 2003, Pyongyang abandonó el Tratado de No Proliferación Nuclear, en una escalada de tensión, pronto aliviada por la apertura de conversaciones en agosto del mismo año, luego por una segunda ronda en febrero de 2004. Pero, en febrero de 2005, Corea del Norte se proclamó potencia militar atómica, "para su autodefensa", sin ningún ensayo nuclear; se retiró enseguida de las negociaciones, lo que provocó una reacción sumamente moderada de Washington. Esa moderación no debió sorprender puesto que no había manera de saber si el adversario era puro bluff o no. Con la bomba montada en sus misiles, podría destruir Seúl, la capital de Corea del Sur, alcanzar a Japón, dos fieles aliados de Estados Unidos. En junio de 2005, el diálogo empezó de nuevo y Corea ofreció desmantelar sus misiles a cambio del establecimiento de relaciones diplomáticas con Estados Unidos. Tan pronto como se supo eso, Corea del Sur entregó 500 mil toneladas de arroz a la república hermana, amenazada por una nueva hambruna. Washington aprobó ese programa de asistencia. En agosto, en Pekín, empezó de verdad la cuarta ronda de negociaciones después de 13 meses de suspensión, pero a los 10 días se canceló por la exigencia estadounidense de suspensión total del programa nuclear, hasta civil. Para esa fecha, Irán, que negociaba con Europa sobre los mismos temas, declaraba "inaceptables" las proposiciones europeas. Sorpresivamente, en septiembre, Pyongyang aceptó la desnuclearización total de las dos Coreas, a cambio de garantías para su seguridad y de ayuda material, pero al día siguiente puso nuevas condiciones: "La República Democrática Popular de Corea no desmantelará su fuerza de disuasión atómica antes de que Estados Unidos le suministre reactores de agua ligera". ¿A qué juego están jugando? El programa nuclear es la única base de negociaciones que tiene Corea del Norte y no la va a soltar, no hay pan bastante dulce ni palo bastante grueso para que Washington pueda imponer su voluntad a Pyongyang. No le puede dar el macanazo que dio a Saddam Hussein porque a lo mejor, sí, tiene la bomba y, de todos modos, con o sin armas nucleares, tiene la capacidad militar para destruir a Seúl y a gran parte de Corea del Sur. Los vecinos de Corea, que participan en las negociaciones desde un principio, toman en serio esa amenaza y favorecen siempre el diálogo. Por eso Estados Unidos no habla nunca de tomar sanciones, como lo hace cuando se trata de Irán, y Corea del Norte puede seguir en su juego. Lo que sí intentan, con poco éxito, los estadounidenses es asfixiar las finanzas del régimen, su comercio exterior, sus tráficos de tabaco, drogas y dólares falsos (esas actividades "ilícitas" representan 35% de sus exportaciones); eso le permite decir al representante norcoreano en Tokio que "esas sanciones americanas son presiones agresivas cuya suspensión exigimos antes de volver a la mesa de negociación". Taiwán y Japón, que eran con China los principales socios comerciales de Corea del Norte, se quejan de una ofensiva que es contraproducente y que deja a China el monopolio del comercio con Pyongyang. La pregunta es cómo sentar de nuevo a Kim a la mesa de los Seis? Hasta ahora ha sabido jugar muy hábilmente tanto de la incógnita (¿tendrá la bomba?) como de las divisiones entre los Cinco. Algunos analistas piensan que es puro bluff y que no tiene la bomba, puesto que no ha detonado ninguna explosión nuclear; pero otros contestan que esa abstención no prueba nada y un experto estadounidense, especializado en este país a lo largo de su vida, recuerda que "Corea del Norte ha sido el más largo fracaso de los servicios de información en toda la historia de Estados Unidos". La opacidad del régimen es sólo comparable a su capacidad para el juego diplomático que ha conducido de manera magistral. Al detonar la bomba, pondría fin a un suspenso que le conviene; permitiría medir el estado verdadero de su tecnología y, posiblemente, pondría fin a la moderación de Rusia, Japón, Corea del Sur, incluso China que, si bien es cada día más fuerte económicamente en Corea del Norte, no es capaz de imponer su voluntad a un régimen orgullosamente nacionalista. Por lo tanto, la ambigüedad es muy conveniente para Pyongyang, que seguirá en su juego mientras le sea provechoso. Ha ganado ayuda y tiempo, y no ha dejado de perseguir un programa nuclear civil empezado en los años 1950, y militar diseñado a partir de 1970. Además se fortalece con el programa nuclear iraní y, a su vez, fortalece a Irán frente a Estados Unidos. Es un lugar común pero vale la pena repetirlo: EU atacó a Saddam Hussein porque no tenía la bomba.Por lo tanto, hay que tenerla o hacer creer que uno la tiene. jean.meyer@cide.edu Profesor, investigador del CIDE
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