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Para el presidente Fox, el éxito o fracaso de su sexenio dependerá de cómo se comporte él, su gobierno y las instituciones electorales en las siguientes dos semanas. Todos los aciertos y errores del Presidente en los últimos cinco años serán intrascendentes. Nadie se acordará de su Seguro Popular o de su "enchilada completa", ni de la "pareja presidencial" o de su programa Oportunidades. En 20 años lo que recordaremos de Fox estará directamente ligado a la forma en que se desarrolle el proceso electoral y los eventos inmediatamente después. ¿Habrá una transición pacífica o llena de turbulencia? Si las elecciones se llevan a cabo pacíficamente, con pocos contratiempos, con el nuevo mandatario electo identificado, anunciado y aceptado, entonces Vicente Fox pasará a la historia como un verdadero héroe -un verdadero presidente de la transición-. El legado histórico de Fox dependerá de si entrega al nuevo inquilino de Los Pinos (¡o del Palacio Nacional!) el país en relativa paz, pero en paz. Y ciertamente es injusta esta situación para Fox, dado que hay varios factores que podrían detonar la violencia e inestabilidad, que no necesariamente están en las manos del Presidente controlar. Un factor que enfrentará Fox, a diferencia de Zedillo, es que son tres los candidatos que "ya se vieron" en la silla presidencial. En el caso del candidato panista, Felipe Calderón, exigirá su derecho de sucesión real, buscando envolverse en lo que queda del bono democrático y la popularidad del presidente Fox, dándonos a entender que él es el "menos malo" de las tres opciones. López Obrador siente que será electo presidente en 2006 porque así lo designó el destino. Sólo hay que ver lo que está sucediendo en Latinoamérica. En cambio, el priísta Roberto Madrazo tiene lo que no tienen el PAN ni el PRD: el voto duro de los simpatizantes de su partido. Y esto será la pesadilla de 2006: un margen mínimo podría decidir quién será el próximo presidente. Entonces imaginemos los eventos que se desencadenarían a partir de la noche del 2 de julio. La gobernabilidad democrática podría estar en juego en 2006. En estas elecciones estamos ante la posibilidad de que no uno, sino dos candidatos se rehúsen a aceptar los resultados electorales. La gran interrogante es: ¿entonces, a qué recurrirán? ¿A los órganos electorales, los tribunales, la opinión pública? ¿O se recurrirá a la violencia y a las manifestaciones? Porque ante este escenario, lo que también estaría en juego es la estabilidad económica del país. ¿Cuántas bombas molotov se requieren para asustar a inversionistas? ¿Cuántas personas tendrían que aglomerarse en las plazas del país para que se devalúe el peso? ¿Hasta qué punto estarán dispuestos a luchar los candidatos por su derecho de "pataleo"? Para Calderón, el perder las elecciones, aunque sería catastrófico, él tendría otra oportunidad de luchar por la primera magistratura del país, no sólo por su edad, sino porque de perder sería por pocos puntos y con cierta gallardía. Recordemos que todavía en enero, Calderón era conocido como ¿Felipe Who? En cambio, para López Obrador y Madrazo, que llevan cinco años en campaña, esta contienda será su única y última oportunidad de ser presidente. De perder, el 2 de julio sería el fin de su carrera política. Por lo tanto no tienen nada que perder si llevan su derecho al pataleo a los extremos. Si estos dos pierden la Presidencia, automáticamente perderán el control de sus partidos ante los siguientes wannabes que empezarán a hacer campaña para 2012. En cambio, Felipe no puede perder un partido que nunca tuvo. Y con poco apoyo del PAN, llevó su candidatura a tocar las puertas de Los Pinos. Y en un caso extremo y ante la imposibilidad de que por la vía democrática se pueda conformar un nuevo gobierno, el presidente enfrentaría el momento más difícil para cualquier mandatario, el sacar la fuerza pública para restaurar el orden. Y esto tendrá un dramático impacto en la forma en que recordaremos a Vicente Fox: como el presidente que dejó el país en llamas. Salazaropina@aol.com Analista política
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