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Fox entregará a quien lo suceda una institución presidencial devaluada. Derrochó la fuerza política adquirida a través de un resultado electoral ceñido que le otorgó legitimidad. El mismo día de su arribo a la más alta tarea de la República empezó a dinamitar las columnas sustentadoras del carácter laico de un Estado cuya jefatura asumiría unas horas después sin saber qué es el Estado ni cómo fue constituyéndose a lo largo de los tiempos más ásperos y complejos. Fox pertenece a ese estrato sociológico en cuyo pecho anida un profundo resentimiento contra el Estado mexicano. Hizo todo lo que pudo -y pudo muchísimo- para desprestigiar y debilitar a la institución presidencial dejándola a merced de los poderes fácticos a partir de una supuesta concepción "moderna" alejada por completo de la democracia constitucional. Reformar a la institución presidencial no significaba destruirla, pero los empeños de Fox lo consiguieron. Era -y es- tan honda y viva su alergia a ella que, cuando el azaroso destino lo llevó a encabezarla, fue incapaz de comprenderla y, por lo tanto, de transformarla por la vía institucional. Sin experiencia en cuestiones de Estado dio -sigue dándolos ahora- traspiés y bandazos recogidos, no sin sarcasmo, por los medios mexicanos y por muchos del exterior. Indeciso y vacilante, cuando no deliberadamente genuflexo ante la primera mueca proveniente de Washington, nuestro Ejecutivo no renunció a una sola oportunidad -y tuvo muchísimas- para debilitar a la institución presidencial. Entre la hilaridad y el asombro de sus colegas y de no pocos observadores internacionales, don Vicente se convirtió en surtidor incansable de frases impertinentes, inolvidables meteduras de pata e inverosímiles agresiones hacia varios de sus colegas. Para la risa, pero también para la vergüenza de la nación, se hicieron famosos sus desfiguros dentro y fuera del país. Reincidente, Fox no aprendió de las diarias lecciones de la realidad social y política de México. Derrotado una y otra vez, fue incapaz de pactar con las fuerzas más activas e influyentes del país. Sin concierto ni estrategia, no llevó a buen puerto ni uno solo de sus propósitos anunciados -la mayoría fueron ocurrencias de pie de banco-, con la salvedad de varios aciertos en las políticas económica y monetaria debidos a las destrezas de dos servidores públicos, profesionales de alta calidad, provenientes del PRI, no del PAN. Manifestadas sin rebozo, las ambiciones políticas sucesorias de su esposa quitaron fuerza a la institución presidencial hasta dejarla exhausta. Don Vicente las consintió y aplaudió. Tal vez él no supo ni pudo calibrar los estragos que tamaño despropósito infligía a la República. Su actitud, deliberadamente ambigua, contribuyó de manera decisiva a precipitar la crisis desvalorizadora del Ejecutivo mexicano. Quien alcance la mayoría de votos en la elección del próximo 2 de julio se verá precisado a emprender la inaplazable tarea de reconstruir a la institución presidencial. Fox la deja exangüe, sin autoridad ni fuerza política: el próximo Ejecutivo de la Unión, si estuviera decidido a gobernar de manera eficiente y democrática -sólo se puede ser eficiente si se es democrático- se obligaría a recobrar los legítimos poderes constitucionales y la prestancia de la jefatura de un Estado que durante los últimos seis años deambuló acéfala. Todos debemos apoyar al próximo Ejecutivo en la urgente tarea de rehabilitar a la hoy descoyuntada investidura presidencial. Analista político
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