|
El riesgo inminente para los candidatos a la Presidencia es alcanzar el poder pero carecer de autoridad. Poder y autoridad no son sinónimos, la distinción viene del mundo clásico. Desde entonces se ha entendido que el poder es el instrumento que permite imponer una decisión, y la autoridad es la capacidad de inducir una actitud. En ambos casos hay un agente, detentador del poder o titular de la autoridad, con capacidad para determinar conductas ajenas. En nuestro tiempo se ha identificado un elemento más que tiene efectos muy semejantes: la influencia. En términos muy generales, en una sociedad la conducta de las personas puede estar determinada por quien dispone de la facultad de imponer sus decisiones incluso por la fuerza (poder), por quien lo hace aportando razones o inspirando con el ejemplo (autoridad), y por quien cuenta con los instrumentos para orientar (influencia). Si traducimos esas categorías a ejemplos, diremos que un policía tiene poder; un predicador, autoridad, y un medio de comunicación, influencia. El poder está asociado al cargo, la autoridad al saber y la influencia a la posición. En una combinación ideal, un gobernante debe ejercer las tres formas de condicionamiento de la conducta social. La organización, el funcionamiento del aparato gubernamental y su relación con los gobernados, conciernen al poder; la persuasión, la negociación, los acuerdos, son una expresión de autoridad; el ejemplo personal, la congruencia entre el decir y el actuar, contribuyen a su influencia. Un entramado adecuado de esos tres factores produce lo que coloquialmente denominamos un buen gobernante. Los problemas aparecen cuando la mezcla de esos factores no es equilibrada ni eficaz, y aumentan si alguno de ellos falta. Se alcanza la crisis en el momento que todo depende de la capacidad coactiva del poder, y se sucumbe cuando ni siquiera ésta es viable. Los sistemas constitucionales son construcciones abstractas que resultan más o menos satisfactorias en cualquier condición, si están bien estructuradas; aun así, la operación práctica por parte de los agentes políticos es clave para el éxito de las previsiones normativas. Cuando el sistema constitucional no está bien balanceado o no ha sido puesto a punto con las expectativas sociales, y los agentes políticos tampoco son idóneos para desempeñar su función ejerciendo la autoridad, practicando la influencia y aplicando el poder, la sociedad puede enfrentar situaciones imprevisibles. En México hemos vivido en desequilibrio durante varios lustros. La estructura constitucional fue envejeciendo, y sólo algunos cambios, sobre todo en materia electoral, mantuvieron un tono de racionalidad institucional. Los gobernantes alternaron errores y aciertos que mantuvieron al país entre crisis y lisis sucesivas. El actual periodo presidencial alcanzó la cota política más baja y cifró su capacidad de gobierno en la influencia que le proporcionaron los impulsos mediáticos. El país, prudente, resistió. Sólo que ahora tenemos un problema. Tradicionalmente el cambio de sexenio ofrecía a la sociedad una expectativa, muchas veces infundada y otras defraudada, pero expectativa al fin, de contar con un nuevo impulso. Esto ayudaba a olvidar los tropiezos de quienes salían del poder, y en un acto de indulgencia interesada atribuía a los nuevos titulares capacidades de las que generalmente carecían. El juego funcionó por largo tiempo; pero ahora los protagonistas de la lucha por el poder han deshecho el encanto. A fuerza de degradarse mutuamente, han reducido el margen de entusiasmo y de esperanza de la ciudadanía. Los votantes tienden a refugiarse ante los temores que los personajes mayores inspiran. Cierta o falsa, la imagen que de cada uno han construido sus respectivos adversarios es muy negativa. Quienes han decidido o decidan votar por cualquiera de ellos, lo harán más para evitar el supuesto perjuicio que representan los demás, que por las virtudes del elegido. Las posiciones políticas también han estado asociadas a percepciones negativas, generando un ambiente enrarecido que dificultará la reconciliación. En unos días más sabremos quién será el próximo presidente. La descalificación que los adversarios se han infligido recíprocamente no impedirá que uno de ellos llegue al poder, pero sí que alcance la autoridad. Quienquiera que gane el poder tendrá que iniciar de inmediato una nueva acción política, esta vez para conquistar la autoridad que todos dejaron en el camino. diegovalades@yahoo.com.mx Director del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM
|