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Una democracia funcional requiere de la presencia continua de una oposición. ¿Qué podemos decir de la oposición en Estados Unidos? Es más extensa, más una parte de la cultura y la conciencia nacional, que el partido político -el Demócrata- que se ofrece como una alternativa a la mayoría republicana. Desde el inicio de la República, importantes trabajos de la literatura estadounidense han abordado el destino del alma del individuo. Este es el legado del protestantismo, pero los angustiados personajes de novela estadounidenses habitaron paisajes totalmente históricos. Enfrentaron problemas de clase, migración, raza, religión y guerra. A veces las luchas son indirectas y simbólicas, a veces completamente abiertas. Sin embargo, incluso en obras animadas por las creencias políticas de los autores (la trilogía de John Dos Passos, USA; Los desnudos
y los muertos de Norman Mailer en la Segunda Guerra Mundial; El hombre invisible de Ralph Ellison sobre los tormentos de la raza, y el reciente ataque de Jonathan Franzen contra el nuevo capitalismo, La conexión), la política en forma de elecciones y políticos es conspicua por su ausencia. La misma tendencia es manifiesta en películas de crítica social. Algunas retratan la existencia ordinaria en nuestro país como el infierno en la tierra, pero con rigor secular, omiten referirse a cualquier posibilidad de salvación política. La obra maestra sobre la guerra fría de Kubrick, Dr. Insólito, y JFK de Oliver Stone, retrataron nuestra democracia como un caso perdido. La implacable sátira de los comediantes de tv, el enorme desencanto expresado en la canción popular, asumen la política normal como un engaño: la sabiduría consiste en ver a través de ella. En lugar de una República cambiada o nueva, la oposición cultural no puede pensar siquiera en una imaginaria. Quizá los creadores culturales de la nación, lejos de constituir una vanguardia, de hecho son un reflejo de sus conciudadanos. La característica más evidente del comportamiento político de EU, después de todo, es la falta de participación política. Recientemente la mitad del electorado, incluso en elecciones presidenciales, no se ha molestado en ir a sufragar. La cifra se eleva a 60% en las elecciones para el Congreso. (La contienda Kennedy-Nixon de 1960 generó una gran pasión, acaso porque Kennedy era católico. Desde entonces, nada ha igualado su 60% de participación electoral.) En una elección primaria demócrata realizada en Virginia la semana pasada, estando en juego la nominación del candidato al Senado del partido, participó menos del 4% del electorado. Las fuentes de este abstencionismo son muchas. Una es que la energía se agota en las luchas de la existencia privada en una sociedad en la cual los soportes de la familia y la buena vecindad son a menudo atenuados. Las congregaciones en la iglesia no sustituyen estos vínculos primarios: con frecuencia, la gente que acude a la iglesia ya está integrada socialmente. Otra fuente de abstencionismo es la sensación de que no importa quién gane las elecciones; el sistema funciona implacablemente de la misma forma. Esto plantea un gran problema para los demócratas. Los republicanos afirman representar la normalidad cultural, en la que es patológico preocuparse por soluciones colectivas a problemas sociales, y en la que prestar demasiada atención a la injusticia y la miseria es evidencia de debilidad interior. Por encima de todo, la normalidad republicana identifica a la nación como la iglesia suprema, y una iglesia no puede cometer errores. Criticar a la nación, por lo tanto, es una forma de herejía, en el mejor de los casos, y de blasfemia en el peor. La acusación compulsivamente repetida por los republicanos de que las críticas a la guerra de Irak equivalen a deslealtad contra aquellos que sirven en las Fuerzas Armadas, es efectiva en comunidades pequeñas poco acostumbradas a las críticas culturales. Sus ciudadanos tienen dificultades para reconocer que son explotados por quienes no pensarían en enviar a sus hijos a Irak y Afganistán para sumarse a jóvenes provenientes de las zonas rurales y los pequeños pueblos (y de los empobrecidos guetos negros y barrios latinos de ciudades más grandes). Las encuestas de opinión son claras. La guerra en Irak es cada vez más impopular, y la mayoría piensa ahora que fue un error. Segmentos importantes del público creen que fueron sistemáticamente engañados por el presidente Bush y sus colegas. Parte de los medios, después de por lo menos dos años de servilismo, está tomando una distancia crítica de la guerra. Pero los demócratas, o algunos de ellos, no están simplemente divididos sino paralizados por el debate sobre la guerra. Aparentemente, han asimilado tanto la naturaleza benigna de nuestro imperio que son incapaces de formular una crítica consistente sobre la catástrofe de Irak, y una política exterior alternativa que evitaría futuros Iraks (una es posible, todavía, en Irán). Hay un paralelo en su pasividad sobre política económica. Para gran parte de la población trabajadora, el ingreso real no se ha incrementado en varios años. Los demócratas culpan (ocasionalmente) a la internacionalización del mercado laboral, la creciente desigualdad del sistema impositivo. De lo que son incapaces es de formular una nueva política económica. Aún le tienen miedo a que los republicanos recurran a la vulgar denuncia de que son el partido del "gobierno grande", a pesar de saber que, en una época de globalización capitalista, un gobierno fuerte es el único recurso contra la ciega depredación del mercado. Es muy simple decir que las vacilaciones demócratas son culpa del oportunismo de la élite política. Una fuente importante de ello se ubica en la esfera de la cultura, donde la oposición entre escritores y académicos, artistas y dramaturgos, cineastas y directores de televisión, es tan grande, tan total, que desdeñan la vida política cotidiana. Los demonios teológicos de un EU anterior siguen con nosotros, y no sólo entre protestantes fundamentalistas a quienes rechazan aquellos que se ubican a sí mismos del lado del iluminismo secular o la cristiandad moderna. La idea de una nación condenada es lo suficientemente real para servir -aunque involuntariamente- como inhibidor de una participación política seria. En otras palabras, tenemos una cultura opositora; en buena medida hemos perdido la esperanza de que sea una oposición real. Esta no es la historia completa. Sin embargo, las ataduras engendradas por un pesimismo histórico profundo son muy grandes. Profesor emérito de la escuela de Leyes de la Universidad de Georgetown
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