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    La venganza de Gaia
Jean Meyer
11 de junio de 2006

Varios lectores critican lo que llaman el "pesimismo" de mi artículo "Futurología climática", pero lo que no saben es que puse mucha agua en el vino del informe del IPCC, ese grupo de estudios onusiano sobre el cambio climático. El famoso investigador, científico, inventor de tecnologías de vanguardia, James Lovelock, en su último libro La revancha de Gaia profetiza una verdadera catástrofe. En 1979 se hizo famoso con su teoría de la Tierra como un todo que se autorregula y a ese todo le puso el nombre de la mitología griega para la Tierra: Gaia.

Acaba de publicar en inglés (Penguin books) The Revenge of Gaia, la Revancha de Gaia, que sería también una terrible venganza contra esos hombres que le hicieron, que le están haciendo tanto daño.

Ahora nos dice Lovelock que nuestro mundo, el marco natural de nuestra civilización se acabará antes de que termine el siglo XXI: "Va a ser un golpe muy grande para los hombres, pero sobreviviremos y tendremos la oportunidad de empezar de nuevo". El historiador se pregunta en seguida: ¿Como cuando la peste negra se llevó la tercera parte de la población de China y de Europa en la Edad Media? ¿Como cuando el altiplano mexicano perdió las dos terceras partes de sus habitantes, en algunos lugares el 90%, en el siglo XVI, a consecuencia de la Conquista y de su choque microbiano?

Algo así, pero vamos por partes. Cuando Lovelock escribe su último libro, no ha leído el borrador del informe 2007 del IPCC, pero le sobra información sobre el tema y eso le permite afirmar que "en esta ocasión lo hemos hecho fatal". Se siente como el mensajero antiguo, portador de malas noticias, que el monarca manda degollar, pero cuando leo que el Ártico ha perdido 300 mil kilómetros cuadrados de hielo en sólo un año, que la pérdida de hielo de Groenlandia ha pasado de 50 kilómetros cúbicos por año en 1996 a 150 kilómetros cúbicos el año pasado, cuando los expertos calculan que en 2070 no habrá más hielo en verano en el polo norte (los pesimistas dicen que eso ocurrirá en 2030 y los optimistas incurables se frotan las manos: eso abrirá perspectivas fabulosas de nuevas rutas marítimas, nuevos yacimientos de petróleo y gas, y añado yo, de conflictos territoriales entre los Estados), pues cuando leo todo eso y la devastación de las Amazonas, y las decenas de miles de hectáreas de bosque mexicano incendiadas en el pasado mes de mayo, creo que Lovelock tiene razón. Lo que viene en forma de castigo será bien merecido. Se lo buscamos.

A sus 87 años el Doctor Catástrofe dice que es un hombre alegre, que no gusta de historias tristes y menos catastróficas, y que por lo mismo él es el primer sorprendido y aterrado por sus conclusiones. Él está convencido de que se armó un círculo vicioso, que cruzamos la línea roja después de la cual el recalentamiento conoce una aceleración tal que se acercará a los 8 grados en un siglo. Acuérdense que el IPCC, si bien habla de un aumento de 4 grados, maneja también una hipótesis alta de 7 grados. Lovelock piensa que para 2070 el deshielo polar, pero más bien de los glaciares continentales habrá elevado el nivel de los mares al grado de que un país como Bangladesh quedará sepultado bajo las aguas y ciudades como Londres y Nueva York también. ¿A dónde irán los 140 millones de bengalíes? ¿Los recibirán sus vecinos con los brazos abiertos?

El profeta de desgracias nos anuncia muchas guerras y mucha sangre en un sálvese quién pueda generalizado. "El deterioro ha ido demasiado lejos y ahora el sistema autorregulado está moviéndose rápidamente hacia uno de esos momentos críticos. Vamos a vernos reducidos a quizá 500 millones de humanos viviendo allá arriba en el Ártico. Y tendremos que empezar de nuevo".

¿Demasiado pesimista? Probablemente, pero tiene razón cuando dice que la situación presente le recuerda 1938, cuando todo el mundo sabía, sentía que venía la catástrofe, que venía la guerra mundial, y nadie actuaba de manera sensata. "Nuestra situación es similar, el desastre puede ocurrir repentinamente". Es similar porque pisamos el acelerador mirando en el retrovisor, sin querer ver el muro que está en frente.

Bien lo dijo Tony Blair en el otoño pasado: "la cruda verdad sobre la política del cambio climático es que ningún país acepta sacrificar su economía para enfrentar tal reto". Es el caso de China y de India, cuyo crecimiento acelerado despierta la gula energética, es el caso de Estados Unidos, la primera economía mundial, la primera emisora de gases-invernadero; es el caso de los países en vía de desarrollo que quieren "desarrollarse", y de los países desarrollados como Francia y Alemania que tienen una alta tasa de desempleo. Es el caso de México, desde luego. El problema es global porque se trata de nuestra civilización industrial basada en las energías fósiles: al escribir ese artículo en mi computadora, al tomar mi coche para ir al trabajo, al prender el carbón de leña de la parrillada, al subir al avión para ir a Torreón, estoy generando dióxido de carbono.

Un milagro podría salvarnos, un descubrimiento tecnológico, el de una nueva fuente de energía no contaminante. Habría que hacer enseguida enormes inversiones científicas y, después de la hipotética y deseable invención, invertir de nuevo para instalar en el mundo entero la nueva tecnología. Pero hasta ahora "el tren no ha salido de la estación, cuando urge que arranque". Por lo mismo Lovelock, y muchos otros científicos, desde el difunto y extrañado Andrei Sajarov, piensan que por lo pronto no queda otra solución sino recurrir a la energía nuclear. No están en contra de otras energías alternativas, pero se nos viene el tiempo encima. Que yo sepa, ninguno de nuestros candidatos a la Presidencia ha presentado un programa para enfrentar la doble y contradictoria necesidad nacional -y mundial- de "desarrollar" y de salvar a Gaia para que no se nos enoje.

jean.meyer@cide.edu

Profesor investigador del CIDE

 
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PERFIL
 
Profesor e investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) donde, además, fundó y dirige la División de Historia. Es miembro de la Academia Mexicana de Historia desde 2000 y director de la revista de historia internacional ISTOR. Ha sido profesor-investigador en El Colegio de México, en París y en Perpiñan, así como en El Colegio de Michoacán.
 
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