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    Estado acéfalo
Rodolfo Echeverría Ruiz
09 de junio de 2006

El título de este artículo, lector, no pretende lanzar una incendiaria proclama anarcoide ni es un amarillista llamamiento a la revolución o al caos. Expresa, acaso, el enésimo lamento mayoritario surgido desde un vacío irremediable: Vicente Fox no supo y no pudo -tampoco quiso- asumir la misión de cabeza jurídica y política de la República.

Se desempeñó como proselitista del PAN. No fueron pocos ni superficiales ni pasajeros los daños infligidos a ese partido por tan tosca manía foxiana ignorante de la composición y de los secretos, errores y aciertos de ese instrumento político de diversos estratos de la derecha exasperada.

Fox no pudo, ni supo, ni quiso ejercer las responsabilidades inherentes a la jefatura del Estado.

No pudo: carece de las nociones teóricas y filosóficas imprescindibles para el ejercicio de esa tarea republicana basada en la perspectiva política de conjunto, en una bien fraguada mesura emocional y en el conocimiento de un país como el nuestro: trabajosamente edificado, dolorosamente nacido, experimentado, lleno de potencialidades creadoras, decidido como nunca a transformarse por los caminos de la legalidad.

No supo: desprovisto de brújula política, insensible ante una realidad social por él desconocida, el señor Presidente derrochó, sin saberlo siquiera, la irrepetible ocasión histórica de impulsar una auténtica reforma del Estado a cuyo influjo la República, nuestra hoy atribulada República, se encaminara hacia el futuro de manera resuelta, organizada y pacífica, con la mirada puesta en la profundización de una democracia social de mercado, capaz de impulsar el crecimiento de una economía abierta, fundada en programas realistas, redistribuidores de la riqueza y del ingreso.

No quiso: cuando el mudable azar le abrió oportunidades para enmendar, él optó por escabullirse, rehuir sus obligaciones republicanas y desperdiciar el momento propicio para proceder con la autoridad y la fuerza otorgadas por las leyes. Sólo atinó cuando rectificaba. Y, en ocasiones, ni al rectificar acertaba.

Durante estos meses la nación ha padecido una más de las consecuencias provocadas por tan ostentosa acefalía en la jefatura del Estado. En vez de guardar prudentes equidistancias con las campañas políticas en curso, el señor Presidente decidió encabezar la del PAN. No sólo hace flaquísimo favor al candidato de ese partido, urgido como está de desmarcarse de tan nociva influencia. Entrometido, Fox envenenó sin remedio la atmósfera política nacional, la crispó innecesariamente y provocó y provoca airadas aunque tardías reacciones surgidas tanto de las autoridades electorales como de los partidos políticos y de sus candidatos, enzarzados hace tiempo en un deplorable torneo de invectivas recíprocas y descalificaciones envilecedoras.

La República exigía un presidente confiable para los partidos y los candidatos. Un Ejecutivo capaz de fungir como punto de referencia por todos respetado y oído. Eso ya no será posible, por desgracia. Don Vicente no está capacitado para ejercer las neutrales, naturales e imprescindibles funciones de un jefe de Estado.

Ante la aparatosa injerencia presidencial en apoyo de la campaña del PAN, el IFE ha dispuesto medidas destinadas a impedir semejante despropósito. La autoridad electoral se vio precisada a actuar de esa manera ante la inverecunda parcialidad del señor Presidente.

Para desgracia de la República, Fox no estuvo en condiciones de cumplir con la misión esencial de jefe del Estado. Los contendientes no lo toman en serio. Los partidos no lo escuchan. Impertinente, fuera de foco, verborreico, hiperquinético: no supo, ni pudo, ni quiso fungir como elemento moderador de las pasiones surgidas de naturales estridencias en las campañas presidenciales. Lástima: nos hizo falta un jefe de Estado sensato y creativo, moderado, paciente y confiable. No lo tuvimos.

Analista político

 
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PERFIL
 
Ex presidente de la Fundación Colosio A.C. Fue diputado federal por el Partido Revolucionario Institucional (PRI) en la LVIII Legislatura y secretario general del Comité Ejecutivo Nacional de dicho instituto político. Asimismo, fungió como embajador de México en España (1994-1998) y en Cuba (1982-1986). Fue subsecretario de Gobernación, subsecretario del Trabajo y director corporativo de Administración de Pemex.
 
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