El Universal Editoriales
 
 Buscar en: 
 
 
   
    ¿Quién ganó?
Diego Valadés
07 de junio de 2006

Según una broma, muy descriptiva del antiguo régimen, cuando el presidente de la República preguntaba "¿qué hora es?", se le respondía "la que usted quiera, señor presidente". Hoy, precisamente hoy, la pregunta es ¿quién ganó el debate entre los candidatos presidenciales? Y la respuesta es: quien los medios (electrónicos) quieran.

Hace poco más de 30 años un abogado y politólogo estadounidense, Kevin Phillips, acuñó una voz que se va abriendo paso en español, portugués, francés y alemán: madiacracy, traducida literalmente como mediacracia. Este autor había sido uno de los estrategas de la campaña de Richard Nixon, y advirtió de manera muy directa el papel de los medios como una forma de ejercicio del poder político. Un ejemplo fue el debate entre los candidatos presidenciales Ronald Reagan, republicano, y Walter Mondale, demócrata, en 1984. Las encuestas levantadas la misma noche del encuentro daban la victoria al demócrata sobre el republicano por 43% contra 34%. Esto preocupó a los patrocinadores del que luego sería uno de los más vigorosos impulsores del neoliberalismo, y cinco días más tarde, después de una fuerte serie de mensajes televisivos, el 66% afirmaba que Reagan había triunfado, y sólo un 17% reconocía como victorioso a Mondale.

Desde esa perspectiva, cuando se pregunta ¿quién ganó?, no se trata de saber cuál de los candidatos fue el vencedor anoche. Esto es más o menos irrelevante, incluso para la elección, pues a casi cuatro semanas de los comicios, y con los mecanismos propagandísticos al alcance de la mano, casi da lo mismo a quién se atribuyan ahora los puntos más altos. Después de todo, en esa contabilidad valdrán menos las palabras que la forma como fueron dichas, y pesará más el atuendo, la capacidad telegénica y la agilidad argumentativa de los protagonistas, que la mejor o la peor defensa de los intereses públicos y de las convicciones democráticas que se hayan sostenido. Por eso la pregunta ¿quién ganó? nos la tenemos que dirigir a nosotros mismos.

¿Queremos un actor o un presidente? ¿Queremos alguien capaz de pensar o sólo de aparentar? ¿Queremos un sistema de instituciones o uno de personalidades? Los efectos de la mediacracia en una democracia consolidada y en una democracia a medio hacer, son muy distintos. En EU y en diversos países de la Unión Europea, el debate político de alta intensidad es prácticamente cotidiano. Los dirigentes, sobre todo en los sistemas parlamentarios, tienen que hacer frente a los cuestionamientos de los órganos políticos de representación (congresos, parlamentos). Entre nosotros, el debate congresual ha sido relegado por el mediático, con resultados adversos para el sistema representativo.

Si en las democracias consolidadas los medios electrónicos reducen el ámbito de influencia pública de las instituciones, en las democracias incipientes, como la nuestra, ese papel de los medios puede convertirse en dominante. Ya vimos, por ejemplo, hasta qué punto los partidos y el Congreso se doblegaron ante las reformas a la Ley Federal de Radio y Televisión. No es accidental que los medios difundan imágenes de recintos legislativos semivacíos o de legisladores dormitando, para degradar su imagen; tampoco es casual que los dirigentes políticos acudan a los medios cada vez que quieren impulsar o explicar una decisión, y casi nunca lo hagan ante el Congreso. Todo apunta en el mismo sentido: el gobierno de los medios.

No tengo prevención alguna en contra de los medios, pero sí contra el ejercicio del poder político sin control. La democracia constitucional provee los instrumentos para que los gobernantes sean controlados; lamentablemente, nuestro sistema de controles figura entre los más débiles de cuantos existen en los sistemas democráticos contemporáneos. Por su parte, los medios de comunicación no deben ser objeto de controles políticos, aunque por eso mismo tampoco deben actuar como un poder político encubierto e irresponsable.

En el ejercicio de sus libertades, los medios pueden secundar la posición de un partido o de un candidato, pero si deciden hacerlo no deben aprovechar la buena fe de su público aparentando neutralidad. En un Estado democrático, cuando los medios toman partido deben declararlo lealmente para no actuar como un poder político sin control. En este caso el control democrático incumbe a la sociedad, aceptando o rechazando la posición adoptada por los medios.

diegovalades@yahoo.com.mx

Director del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM

 
BÚSQUEDA
Autor:  
 

PERFIL
 
Doctor en Derecho. Director del Instituto de investigciones jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México; es también miembro de El Colegio de Sinaloa, de la Academia Mexicana de la Lengua y del Sistema Nacional de Investigadores.
Es autor de numerosas publicaciones sobre derecho constitucional.
 
Editoriales anteriores
 
Fraude a la Constitución 24-mayo -2006
 
Canonjías 24-abril -2006
 
 
- A   A   A +
El UNIVERSAL | Directorio | Contáctanos | Código de Ética | Avisos Legales | Mapa de sitio
© 2006 Copyright El Universal Online México, S.A. de C.V.