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Recuerdo la queja de Casio en la obra Julio César de Shakespeare: "¡Claro, hombre! Él se pasea por el mundo, que le parece estrecho, como un coloso, y nosotros, míseros mortales, tenemos que caminar bajo sus piernas enormes y atisbar por todas partes para hallar una tumba ignominiosa". La idea de que Estados Unidos es una superpotencia está profundamente arraigada en nuestras conciencias nacionales. El resto del mundo, sin embargo, piensa que EU es excesivamente poderoso. Supongamos, no obstante, que su poder es mucho más limitado de lo que tanto amigos como enemigos creen. Una razón es obvia: entre más se usa ese poder, más resentimiento provoca. Más aún, la clase de poderes que EU tiene, y la forma en que los usa, son en buena medida inútiles para contener, mucho menos resolver, la mayoría de los problemas del mundo. Aunque esto parece obvio para quienes reflexionan sobre la historia humana, nuestras élites son incapaces de reconocer lo que algunas de ellas de hecho saben: su legitimidad con los ciudadanos ordinarios se basa en la doble ficción de un poder estadounidense ilimitado y en la suprema competencia de esas élites para manejarlo. Los liberales bíblicos del protestantismo inglés del siglo XVII trajeron a Estados Unidos el mito de una nación a la que Dios asignó la misión de redimir al mundo. Sus descendientes explotan el mito, y la ignorancia ansiosa de sus conciudadanos, para promover intereses definitivamente más terrenales. El desempeño de las élites es mediocre. Las interminables intervenciones de Estados Unidos en terrenos donde nuestras élites eran y son ignorantes, han desembocado en los actuales desastres en Afganistán e Irak. La desigualdad de la sociedad estadounidense se refleja en las Fuerzas Armadas, donde negros, latinos y blancos pobres están sobrerrepresentados. Para justificar su irresponsabilidad histórica, la élite encargada de la política exterior en particular posee un gran talento: la fabricación de amenazas. La guerra fría fue retratada a nivel interno no como una confrontación geopolítica con la Unión Soviética y China, sino como una competencia ideológica con el comunismo, definido como casi cualquier cosa que fuera ajena a una imagen de la existencia en Estados Unidos absurdamente unidimensional. Si Castro estuviera muerto y Chávez siguiera siendo un oscuro oficial, Estados Unidos seguramente inventaría personajes como ellos. El "terror", entendido como la oposición al poder de Estados Unidos en cualquier parte del mundo, es ahora el enemigo. El ejercicio de narcisismo nacional que siguió a los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 ("¿Por qué nos odian?") provocó que el "terror" se hiciera omnipresente. Entre tanto, China puede ser convertida en una amenaza alterna. Afortunadamente, nuestras élites no son completamente monolíticas. Los sectores empresarial y financiero de EU están dispuestos a apoyar una campaña unilateral y aventurera por el poder mundial sólo si es redituable. En este momento, muchos en Wall Street rechazan una confrontación con China y critican abiertamente la grotesca fantasía de rehacer el mundo musulmán. Una discusión racional sobre los intereses nacionales de EU es difícil, considerando la cacofonía de intereses étnicos e ideológicos y la fuerza de un chovinismo sin reflexión. No obstante, se ha registrado cierto cambio en los últimos meses y semanas. El grupo que representa los intereses de Israel es incapaz de eliminar totalmente las críticas a la alianza incondicional con Israel. El cinismo de la campaña mundial por la democracia fue involuntariamente expuesto por el secretario de Defensa Rumsfeld mismo. Denunció a Rusia por violar las normas democráticas y luego realizó una visita cordial a dos de los regímenes más corruptos y represivos de nuestra nueva esfera de influencia, Asia central. Cuando la duda y la disidencia dentro de las élites se intensifica, el escepticismo público que es indispensable en una democracia puede renovarse. El ejercicio del poder imperial y la práctica del pluralismo político no pueden, a largo plazo, ser reconciliados. Hay otro párrafo en la obra de Shakespeare. "Preferiría no vivir a vivir bajo el terror de un semejante a mí mismo. Libre nací como César". Los acontecimientos en Latinoamérica, las elecciones en Alemania e Italia, los problemas de Blair, la resistencia de China y Rusia (y la obstinación de la Unión Europea) a la política de Estados Unidos hacia Irán; las críticas del mismo premier iraquí al comportamiento de EU en su país, no son el trabajo de grupos marginales que luchan infructuosamente contra las corrientes principales de la historia. Confrontan al pueblo estadounidense con una decisión: aférrense a su actual gobierno y su nación podría experimentar un aislamiento político y moral. Cierto, hay un grupo estadounidense en el extranjero: élites relacionadas de una forma u otra con EU, propagando ilusiones sobre lo efectivo e indispensable que es el poder de EU. Un grupo sin ilusiones está constituido por muchos en las iglesias de EU; los pensadores críticos en las universidades y en la esfera cultural, así como los congresistas demócratas que realmente piensan que su deber es oponerse. Son auténticos conservadores que creen que su tarea es la reconstrucción de nuestra democracia, que buscan regresar a las virtudes republicanas y poner fin a la arrogancia imperial. No desean vivir en una superpotencia sino en una nación que se ha ganado el respeto del mundo. Mientras esta agrupación se mantenga activa, su rechazo filosófico a la hegemonía estadounidense es un hecho político relevante. Las alianzas que pueda forjar con aquellos más allá de la frontera estadounidense que no quieren que se les imponga la ciudadanía estadounidense pasivamente, están por verse. Estados Unidos no puede funcionar indefinidamente como una superpotencia sin experimentar una transformación autoritaria que muchos de sus ciudadanos rechazan. Los debates internos que nuestros imperialistas perciben como debilidad son evidencia de una clase de fortaleza diferente y más auténtica. Profesor emérito del Centro de Leyes de la Universidad de Georgetown y asesor del Grupo Congresional Progresista
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