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El lunes pasado se cumplió un año de la prematura muerte de un hombre que, como se dijera en emotivo y actualizado homenaje, fue de una extraordinaria congruencia. Me refiero a Adolfo Aguilar Zinser, quien con su partida dejó un gran vacío entre sus familiares, sus amigos y en la vida política nacional; por eso llamo prematuro a su fallecimiento. Lorenzo Vignal fue amigo cercano de Adolfo desde la niñez y compartió con él una extraordinaria aventura juvenil por lugares de la Tierra llenos de fascinación y cargados de historia, lo que le permitió al ahora embajador ser muy certero en varios pasajes de su sentida semblanza del homenajeado, entre ellos aquel que destaca la variada riqueza de las tareas que durante su fecunda existencia acometió Adolfo Aguilar, lo que, entre otras cosas, hace complicado escribir su biografía. Luego de las bellas palabras de Lorenzo, hubo una mesa redonda sobre el tema de las migraciones que resultó, además de ágil e ilustrativa, el mejor tributo que, en mi opinión, pudo habérsele hecho al coleccionista de amistades, pero también de opciones para el progreso del país. Sergio Aguayo, uno de los comentaristas, relató cómo en la década de los 70 viajó con Adolfo por Sudamérica y Estados Unidos, compartiendo activismo con inquietudes intelectuales muy vinculadas con el fenómeno de la migración, la que durante esos años y los de los 80 estuvo impulsada por los conflictos sociales y la guerra civil en Centroamérica, pero que luego se nutrió de la expulsión de población mexicana a ese país, por razones económicas y de seguridad personal y familiar. Sergio cree que durante las últimas dos décadas, entre 13 y 15 millones de compatriotas se han ido al otro lado, sin duda la mayor emigración de la historia producida en tan corto tiempo. La inserción de México en la globalidad se inicia aparentemente con esas migraciones, y cuando Carlos Salinas de Gortari -dijo Aguayo- vendió en Estados Unidos la idea del TLC de América del Norte, lo hizo señalando que era mejor crear condiciones de crecimiento y empleos en nuestro país, y no que los mexicanos los buscaran en territorio estadounidense; la realidad fue muy diferente, pues el TLC parece haber acelerado la migración sur-norte. Otro comentarista fue Antonio Navalón, periodista español nacionalizado mexicano y quien, en sus palabras, tuvo una amistad de apenas seis años con Aguilar Zinser, durante los cuales cultivó con él una relación fecunda y se percató de la singular capacidad del amigo en cuanto a analizar varios fenómenos de la vida a la vez que los interrelacionaba en sus brillantes argumentaciones. Navalón relató el encuentro que tuvieron él y el juez Baltasar Garzón con Adolfo, entonces miembro del gabinete del presidente Fox, en Tepoztlán, en el que se discutió el asunto de olvidar o castigar los crímenes de gobiernos pasados, ello a propósito del debate que había al interior del gobierno mexicano por la creación de una comisión de la verdad; eso sucedió el 10 de septiembre de 2001, un día antes de que, de acuerdo con el narrador, cambiara la historia del mundo y se cerrara un siglo que había sido muy rico en conocimientos y en contradicciones. Me gustó la caracterización que hizo Navalón de Adolfo Aguilar: migrante intelectual. Los detractores del recordado amigo hubieran seguramente tratado de aprovechar la frase para subrayar una supuesta veleidad de quien transitó de vocero de Cuauhtémoc Cárdenas a promotor eficaz del gobernador de Guanajuato como opción para derrotar al invencible PRI. En esa argumentación hay una completa ignorancia de hechos y conductas -real o fingida- porque el móvil de los compromisos de Aguilar Zinser no era el poder o la ambición personal, sino el encontrar soluciones a los problemas nacionales; su compromiso irreductible fue con la búsqueda de la verdad, y de lealtad con su manera de pensar convertida en acción. Mis recuerdos personales de esa figura nacional los dejo para otra ocasión; sólo quiero destacar el enorme vacío que deja Adolfo en momentos en que el encono político entre candidatos, partidos políticos y gobierno es tan innecesariamente incendiario, y señalar que él hubiera buscado acuerdos, y su presencia hubiera sido útil para elevar el nivel de las campañas hacia los temas de fondo y para alcanzar consensos en medio de tantos disensos. En esa costosa campaña del miedo, que temporalmente pudo haber beneficiado al candidato del PAN, habría que preguntarse si detrás de ella no está la mano del gobierno, y si así fuera, habría que analizar las razones de ello. Vicente Fox ganó las elecciones por su propuesta de cambio democrático y por otros factores, por lo que sería inexplicable que él estuviera empecinado en comunicar en corto, y en estimular indirectamente el pánico al candidato del PRD; a menos que tuviera temor personal de una vendetta política. Con seguridad, Adolfo nos hubiera ayudado a esclarecer esto. anguianoroch@prodigy.net.mx Profesor investigador de El Colegio de México
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