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    Transfuguismo
Enrique del Val Blanco
01 de junio de 2006

El fenómeno del transfuguismo político, que según el Diccionario de Seco, Andrés y Ramos "refleja que no está afianzado el sistema de partidos", situación que no es privativa de un solo país, se ha dado y se está dando en muchos otros, sobre todo debido a que los partidos políticos en la mayoría de los casos se encuentran muy desprestigiados, y con ellos varios de sus miembros más importantes para los cuales la ideología, la ética y la moral son palabras y prácticas en desuso. Lo más importante para ellos es, como decimos en México, "agarrar el próximo hueso", venga de donde venga.

En España la situación ha llegado a tal nivel que están pensando en limitar a través de la ley estos fenómenos, con la finalidad de impedir estos cambios repentinos, de un día para el otro, con la consecuente pérdida en la imagen de los partidos políticos y sus miembros, muchos de ellos llamados "distinguidos", quién sabe por quién.

En nuestro país y debido principalmente, entre otras cosas, a la cerrada campaña electoral que estamos viviendo, todos los días vemos y leemos de estos casos; muchos de ell os verdaderamente patéticos y lastimosos, no sólo para los protagonistas sino para sus propios partidos.

Se ha dado el caso de funcionarios importantes de un instituto político que crearon otro partido rival y nada les ha sucedido; o los de legisladores de un partido que llaman a votar por el candidato de otro. Y así podríamos seguir la lista de hechos reales que hoy acontecen en México. La angustia por formar parte del grupo ganador de las elecciones provoca que se generen estas situaciones y, lo que es peor, se justifican de cualquier manera. Lo importante para estos mal llamados "políticos" es no perder el hueso sin haber amarrado otro. Ese es en el fondo su razonamiento.

Lo que es inexplicable es que durante años muchos de estos tránsfugas dizque defendieron políticas a las que tradicionalmente se ha negado a aceptar el candidato que ahora apoyan. Para hacerlo no tienen alguna explicación clara, más allá de que no se les permitiría participar, de acuerdo con su investidura actual o pasada, en un cargo digno al que sin duda creen ser merecedores.

Llevamos ya varios lustros de una pérdida de brújula ideológica de los distintos partidos políticos y de desprecio por los valores que dicen están en sus estatutos y documentos programáticos. Al parecer, estos son ya cosa del pasado; lo actual es ganar el puesto y la elección a como dé lugar. Incluso, para muchos de estos políticos, sacrificando su prestigio personal. ¡Qué lástima dan!

Cómo se puede pensar que los postulados de un partido político y las propuestas que hacen los candidatos van a ser defendidas por quienes días y años atrás las criticaban con ahínco, defendiendo en aquellas épocas, según ellos, postulados surgidos desde la Revolución Mexicana y otros más. Hoy esa revolución, sus demandas y logros pertenecen a un pasado que quisieran olvidar.

Qué seguridad podemos tener los ciudadanos al votar por un partido cuyos miembros o candidatos antes eran enemigos supuestamente acérrimos de los otros. Y la prensa ha dado muestras claras de sus pronunciamientos de antes y actuales. Además, el espectáculo que van dilucidando sus divergencias a través de los medios y no al interior de los partidos confirma de paso su sumisión ante este nuevo poder fáctico que tenemos hoy en México. Pero esto, por lo visto, poco les importa.

El problema central hoy es que a muy pocos les preocupan las necesidades del pueblo de México, las demandas por años no atendidas ni las luchas que se han dado por preservar a nuestro país libre de prejuicios, religiosos y de otra índole.

Por otro lado, esperemos que las elecciones den cuenta clara de que los mexicanos están hartos de ellos, de ver las mismas caras, nada más que ahora bajo otro color. Si no lograron hacer algo importante antes, ¿por qué ahora sí lo van a hacer, incluso en contra de algunos principios que supuestamente todavía mantienen?

Gane quien gane nada bueno le espera a este país con esta clase política hoy totalmente desprestigiada y sumida en la corrupción y la confusión. Es claro que muchos de ellos, principalmente los del PRI que se han ido a Acción Nacional, estaban mal ubicados en realidad; porque llegaron de universidades religiosas o extranjeras a ocupar puestos de importancia en el gobierno, sin nunca haberse comprometido con los postulados del partido al que supuestamente pertenecían, quizás con la disculpa de que nunca les importó leerlos y asumirlos, ya que su corazón y pensamiento correspondían desde antes a un partido de derecha y fundamentalista. Si permanecieron en el PRI fue por el puesto y las canonjías que ahora se les acabaron.

Los que vamos a votar tenemos la gran responsabilidad de castigar este transfuguismo que no beneficia al país y que, por el contrario, lo sumirá todavía más en el desprestigio provocado por ellos mismos. Sin duda todavía quedan algunos de éstos, hoy candidatos que se han mantenido a pesar de dificultades y desprecios.

Es imperativo elevar la calidad de la política mexicana a partir de esta elección; encontrar caras nuevas y, sobre todo, rescatar la ética en los asuntos públicos, para volver a creer en los políticos y sus partidos. Si no la situación se tornará cada día más difícil desde todos los puntos de vista.

Recordemos que nuestro país ha logrado salir avante de situaciones tan o más extremas que las que estamos viviendo. Por eso, hay que apostarle a que la corrupción política es una práctica que hay que desterrar ya de la vida mexicana, para ser un país digno en el concierto mundial.

Muchos creemos que la moral no "es un árbol que da moras", sino algo totalmente distinto y mucho más importante que hoy miserablemente desprecian estos tránsfugas. Castiguémoslos con nuestro voto el próximo 2 de julio, para que entiendan que la sociedad mexicana quiere algo más que el espectáculo que están dando. Y que con su pan se lo coman.

Analista político y economista

 
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PERFIL
 
Analista político y economista. Secretario general de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde también actuó como contralor general. En el ámbito público, fue subsecretario de la Contraloría y subsecretario de Desarrollo Social.
 
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