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¡ Qué necedad! ¿A quién le importa un país que ni sabemos dónde se encuentra? Para empezar, nada de lo que es humano deja de interesarnos; luego Nepal es conocido y visitado por nuestros compatriotas que simpatizan con el budismo, o son budistas, y también por alpinistas y otros turistas menos apasionados. Con sus 140 mil kilómetros cuadrados y 26 millones de habitantes, ese reino montañoso se encuentra al sur del Himalaya y sus cerros han alimentado los sueños de generaciones de niños y adolescentes; en una época, Katmandú fue todo un símbolo para la juventud del mundo. Nepal se sitúa al encuentro de dos mundos, de dos culturas, del Tíbet al norte, de la India al sur. Desde el siglo VIII ha sido independiente, con un breve episodio de protectorado británico que respetó tanto a la monarquía como a los temibles guerreros gurkas, que se ilustraron por última vez en la guerra de las Malvinas, en 1982. Por desgracia, hoy Nepal es noticia porque corrió la sangre. Entre la guerrilla maoísta (así se define ella) que asalta y saquea los pueblos, y el ejército que maltrata a los sospechosos, los habitantes pacíficos no saben a quién temerle más. La guerrilla festejó en febrero su décimo aniversario. Según un estudio realizado por una ONG nepalesa, desde 1996 el ejército cargaría con la responsabilidad de 8 mil 277 muertes y la guerrilla con la de 4 mil 579: algunos calculan 13 mil muertos y la realidad rebasa esa cifra comprobada. La Asociación de las Víctimas de los maoístas calcula que en la sola capital Katmandú hay 27 mil refugiados y que en todo el país son más de 250 mil. La Comisión Nacional de los Derechos del Hombre atribuye mil 234 desapariciones a la policía y al ejército, unos 600 a la guerrilla. La guerrilla extorsiona, roba, levanta un "impuesto revolucionario", quema las casas o los pueblos que no "cooperan": una historia demasiado clásica. No es la primera crisis política grave que conoce la monarquía en Nepal, pero bien podría ser la última. En 1951, para poner fin a una de aquéllas se estableció una monarquía constitucional que no duró mucho, nunca se eligió la asamblea constituyente y los partidos fueron pronto suspendidos. En 1990 la resaca de la perestroika y de la caída del Muro de Berlín llegó hasta los Himalayas y el rey Birendra tuvo que levantar una prohibición de 30 años para calmar las grandes manifestaciones populares en Katmandú. Se elaboró una Constitución en forma de compromiso entre los monarquistas duros y los demócratas, que declara que Nepal es un Estado "hindú", con un rey "hindú", que la monarquía es sacrosanta y no puede ser afectada por una reforma constitucional. El compromiso no funcionó, la inestabilidad política ha sido la regla y la corrupción prosperó como nunca, empezando por la familia real. De la frustración nació en 1996 la guerrilla maoísta del Partido Comunista de Nepal, según los lineamientos de la "guerra popular" teorizada por Mao. Diez años después, la guerrilla tiene 32 mil combatientes, está presente en todo el país y en varias ocasiones ha sometido la capital a un cerco muy efectivo. La militarización del país y la bancarrota de la monarquía acompañan su fortalecimiento, subrayando las contradicciones de la Constitución. Al proclamar que el rey es "hindú", se hace referencia a unos textos religiosos que le dan una autoridad divina, encima de todo control. Cuando el rey Gyanendra tomó en febrero de 2005 el control directo del gobierno, asumió el poder absoluto y llevó a la cárcel al primer ministro, estaba en su papel de rey "hindú". Prometió aplastar pronto a los "rebeldes" y pronto fracasó en el intento. El golpe de Estado del rey fue condenado en el mundo entero y provocó la suspensión inmediata de la ayuda militar y económica de la India, el poderoso vecino, y de Occidente. La guerrilla, que reclama la desaparición de la monarquía, la elección de una asamblea constituyente y un gobierno interino al cual participaría, supo aprovechar la crisis: se alió políticamente a los partidos de oposición y reconoció sus "errores" en forma de "indisciplina, anarquía, conservatismo"; prometió tratar mejor al pueblo, respetar a los civiles y combatir sólo a las fuerzas de seguridad. Hasta dijo que si el Congreso Constituyente estuviese a favor de mantener la monarquía, aceptaría esa decisión, puesto que el atraso de Nepal no permite pensar en la instauración de un Estado comunista. Todo esto explica los últimos acontecimientos: cuando la guerrilla proclama un cese al fuego unilateral, abre el paso a un convenio con los principales partidos para trabajar juntos, contra un rey autócrata. En febrero las protestas multitudinarias en las ciudades de Nepal, con motivo del primer aniversario del golpe, desembocan en una derrota del rey que tiene que ceder la dirección del gobierno a un primer ministro ratificado por el Parlamento. Desde el 2 de mayo, Nepal tiene un gobierno dirigido por un veterano de la política: G. P. Koirala, a sus 84 años, ha sido cuatro veces primer ministro y enfrenta una tarea muy difícil. Los "rebeldes" maoístas han jugado un papel decisivo en esa victoria, sumando a las manifestaciones de la oposición el bloqueo de las carreteras, lo que asfixió Katmandú: la huelga general en abril fue la culminación de un proceso que deja al rey Gyanendra muy debilitado. El Parlamento acaba de votar a favor de la elección de un Congreso Constituyente, uno de los reclamos maoístas, y pide que el rey pierda el control de las Fuerzas Armadas (150 mil hombres). Ha encargado al gobierno cancelar las decisiones y nombramientos realizados por el rey desde el 1 de febrero de 2005. Algunos preguntan cuál será la actitud del ejército, pero la actitud de la India y de EU, que suspendieron su ayuda militar a partir del golpe de Estado monárquico, debería disuadirla de identificarse a un rey condenado a perder todo poder, a corto o a mediano plazo. La incógnita real es la línea que seguirán unos maoístas que preocupan a la India y, curiosamente, no hacen muy feliz a China. jean.meyer@cide.edu Profesor investigador del CIDE
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