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Imposible pensar que la presencia de la Guardia Nacional estadounidense en la frontera sur no tensará ese espacio geográfico a pesar del refrendo por parte del habitante de la Casa Blanca respecto a que México es no sólo un vecino, sino un amigo. Hay que leer, sin embargo, el discurso del presidente George W. Bush, con dedicatoria para el Congreso en Washington, como un asunto interno con el que buscó mostrar liderazgo para levantar su alicaída popularidad, pero también algo mejor: balance. Seis mil efectivos de un cuerpo entrenado, armado y listo para sumarse a los doce mil guardias fronterizos que ya patrullan la frontera no fue lo suficiente para tranquilizar a los más radicales diputados republicanos, como Tom Tancredo, quienes quisieran ver deportaciones e insisten en la criminalización de los inmigrantes. Tampoco tranquiliza por completo a los que se sientan en el otro lado de la banca, como el senador Chuck Hagel, opuestos al despliegue de la Guardia Nacional y abiertos a la regularización de quienes ya viven en EU, o precisamente a esos cientos de miles de inmigrantes que marcharon en las principales ciudades estadounidenses pidiendo la legalización de su residencia, y para quienes en el mensaje presidencial no se ofrecieron detalles de cómo y cuántos podrían alcanzarla. Bush logró lo que quería, expresar que no existe en su opinión una contradicción entre ser una nación de leyes y de inmigrantes. Un discurso que no complació a los extremos, pero si acomoda a quienes estén dispuestos a buscar un mínimo común denominador para la realidad del complejo fenómeno de la inmigración. Sin fronteras seguras, el Congreso no va a considerar una propuesta legislativa que aborde la presencia de los inmigrantes en territorio estadounidense, asegura un análisis que compartió el embajador Tony Garza, desde luego con los funcionarios de la administración Fox, pero lo que es más importante, también con representantes de las tres principales fuerzas partidistas, porque Garza, como su jefe en Washington, sabe que este tema se prolongará cuando menos hasta el año 2008. Veinticuatro meses en que la Guardia Nacional patrullará la frontera mientras se contrata y entrena a mil 500 agentes más de la patrulla fronteriza y se les dota de equipo de alta tecnología para reforzar el control de la línea. En tanto, la postura oficial de México sigue siendo que ´la fuerza no es una solución´. Es correcto y cuando menos esta vez se cubrieron las formas diplomáticas, avisándole antes al presidente Fox de la naturaleza del mensaje a la nación de Bush, pero resulta evidente el monumental fracaso de lo que se intentó en el último lustro desde Los Pinos, que fuera una respuesta negociada al fenómeno. Prevaleció el unilateralismo que ha sido la marca de la presidencia de Bush Jr., quien se equivoca profundamente al decir que ese 85% de los que cruzan su frontera y son originalmente de México van en busca del "sueño de la libertad". Falso. Van en busca de dinero. Ni siquiera de empleo, porque muchos lo tienen ya. La Guardia Nacional no va a resolver eso, sólo aumentará la tensión fronteriza ante la insistencia de aquellos mexicanos que actúen conforme a una decisión económica extremadamente racional: buscar dólares y a una proporción con frecuencia de a cinco o seis a uno por la misma actividad laboral. Es decepcionante que en el debate migratorio estadounidense no se escuchen las voces de quienes, como Robert Pastor o el grupo de estudio de la competitividad en Norteamérica del Council on Foreign Relations, proponen acercarse al tema central de la inmigración: mitigar la asimetría económica. Sería tanto más eficiente y económicamente deseable que recursos públicos de Estados Unidos, un porcentaje mínimo de todo lo que se gastan en Irak por ejemplo, para reconstruir la "democracia", se destinaran a fondos de inversión para el desarrollo de México. El vecindario sería mucho más seguro para todos si el refuerzo de la frontera con tecnología y cuerpos paramilitares con el que vamos a tener que vivir los próximos dos años se enfocara a combatir a los elementos indeseables para ambas naciones, como los narcotraficantes, y los terroristas potenciales, pero al lado de esa política pública hubiera cañonazos de billetes verdes, no sólo de balas de salva o de pimienta. rfuentes@itam.mx Periodista e investigadora, ITAM
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