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Al entrar en la última fase de las campañas políticas, la volatilidad del electorado es cada vez más evidente. De acuerdo con las encuestas más recientes, la ventaja entre López Obrador y Felipe Calderón se ha estrechado durante el último mes, pero el PRI aún posee más de una cuarta parte del apoyo electoral, por lo que todavía no es posible vaticinar un resultado. Es un hecho que las tres principales fuerzas políticas cubren el 95% del espectro electoral, pero la competencia política existente deja espacios para que los partidos emergentes puedan avanzar en el reconocimiento que de ellos tienen los ciudadanos, lo cual es una condición necesaria para que ratifiquen su registro y alcancen un lugar en la representación política para ayudar a enriquecer el debate parlamentario. Pero hasta aquí llegan las buenas noticias. La movilidad en las intenciones de voto, que es otra manera de ver la competitividad en esta elección, obliga a los candidatos a atizar la confrontación como fórmula para reforzar su posición y lograr un relanzamiento de sus respectivas ofertas políticas para atraerse el voto de los indecisos. La confrontación es natural y deseable en una contienda democrática por la Presidencia en la que hay certeza en las reglas del juego, pero incertidumbre en el resultado; sin embargo, el rumbo que han tomado las campañas ha convertido la esperada confrontación en una suerte de polarización, y distintos actores están empeñados en construir ese panorama. Los discursos de los dos candidatos mejor ubicados en las encuestas están generado una división de la opinión pública en dos grandes bloques enfrentados que no dejan espacio para posiciones intermedias, capaces de servir de puente entre los dos extremos. Convencidos de que la batalla se decidirá entre ellos y que a partir de esos dos referentes se acomodará el resto del electorado, su apuesta está en atraerse el voto útil hacia sus posiciones, como si no existieran otras corrientes, o peor aún, como si lo ideal fuera borrarlas del escenario político. La polarización no está sólo en los tonos, sino en los contenidos ideológicos, pues aunque los tres principales candidatos se esfuerzan por identificarse con el centro, los dos punteros apelan a públicos diferenciados que ellos quieren en lucha. Mientras el discurso del empleo y la reactivación económica le habla al amplio sector de las clases medias, que si a algo le teme es a la pérdida de estatus, el discurso de "los pobres primero" está alentando el encono de todos aquellos que comparten el rechazo a las élites gobernantes. Aunque en esta elección, y por primera vez, la lucha no se cifró estratégicamente en contra del partido del gobierno, abriendo la puerta para la exposición de las diferentes ofertas programáticas, la tendencia a la polarización se dibujó desde el inicio de las campañas, en buena medida porque López Obrador llevaba casi tres años a la cabeza en las intenciones de voto. Ello dio lugar, de nueva cuenta, a una contienda de corte plebiscitario, de todos en contra del favorito en las encuestas. Hoy, que la competencia ha reducido su ventaja, la campaña está alimentando la polarización, dejando prácticamente sin espacio a las voces diferentes, salvo si se acomodan a dicho escenario dual. La terca e inconveniente participación del presidente Fox en la campaña, como si fuera un candidato más y focalizada en contra de la persona de López Obrador, tensa el ambiente. El hecho de que durante el debate presidencial Roberto Campa abandonara su actitud conciliadora y propositiva para alinearse con uno de los candidatos delanteros, también trabaja en favor de la polarización. Puede ser que la campaña de "la patria está en peligro" esté siendo eficaz para atraer votos hacia la candidatura de Calderón y las encuestas parecen confirmarlo, pero también alimenta reacciones de crispación entre quienes se identifican con AMLO. Este escenario puede fomentar alejamiento de los votantes y desafección frente a la institución del sufragio, y ello puede derivar en una representación política que deje a importantes corrientes de opinión fuera. La polarización no es aconsejable en una campaña, sobre todo porque puede convertirse en el rasgo distintivo de nuestra próxima legislatura. Profesora de la FCPyS de la UNAM
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