|
México es el país más desigual del mundo, con la excepción de Brasil. Esta inmensa desigualdad no es un asunto nuevo. No se debe, por ejemplo, al neoliberalismo. De hecho, es durante estos últimos 20 años en que la desigualdad se ha reducido, pero muy poco. México ha sido desigual desde siempre: Von Humboldt describía los agudos contrastes entre los mexicanos poco antes de que iniciara la Independencia. América Latina es, como continente, el peor distribuido del mundo. Y no es casualidad que así sea, como tampoco lo es en el caso mexicano. Las sociedades humanas han sido tradicionalmente desiguales, todas las que conocemos. Lo que ha permitido reducir esa desigualdad ha sido el avance tecnológico combinado con la perspectiva individual propia del liberalismo. No han existido sociedades tan igualitarias como las de los últimos 200 años. Pero América Latina, y México como parte de ella, nunca ha podido dar el salto a la modernidad. Nos separamos del imperio español para mantener los privilegios que se veían amenazados por el brote liberal de inicios del siglo XIX. La Independencia latinoamericana no fue otra cosa que un golpe de mano de los grupos privilegiados: la Iglesia, los comerciantes y la burocracia criolla. El segundo intento de liberalizar a México ocurrió a fines de ese siglo. Inició con Juárez, pero siguió con Porfirio Díaz. Pero como el mixteco es villano favorito de nuestra historia, es imposible que se le reconozca algo. Como quiera que sea, la Revolución Mexicana terminó con ese proceso de liberalización. No en el tiempo sonorense, sino en la verdadera Revolución, la cardenista. A partir de ese momento, los privilegiados son los grupos organizados en los que el régimen descansa: ligas campesinas, sindicatos y empresarios. Poco a poco se irán sumando las universidades, que después del 68 se sienten acreedoras universales. Estos grupos recibirán privilegios del régimen a cambio del apoyo político que le permitió mantenerse por medio siglo. Pero en la primera mitad de los 80 el mecanismo no pudo más. Veinte años después, el cambio electoral en México ha avanzado mucho, el cambio político menos. Y es que la transición tiene que ocurrir en todas las esferas de la vida para tener éxito. Si no logramos extender el cambio hacia la esfera social y económica, nuestra transición se seguirá deteriorando. La eliminación de privilegios en la economía significa acabar con el dinero que reciben muchos mexicanos sin deberlo. Me refiero a las ganancias extraordinarias que obtienen empresas con poder de mercado, dominancia, o más simplemente, posición oligopólica. Para lograr esto, la reforma a la Ley de Competencia Económica de la semana pasada es un avance muy significativo, y mientras más logremos fortalecer a la comisión, más rápido lograremos acabar con los privilegios de las empresas. Pero también tenemos que acabar con los privilegios de los sindicatos, que con la excusa de ser "democráticos" y de estar formados por trabajadores, abusan del resto de los mexicanos. Un solo ejemplo: el Sindicato Mexicano de Electricistas nos cuesta ya más de la mitad de lo que cuesta Fobaproa, así que por mucho fraude que hubiese detrás del rescate bancario, es ya más lo que reciben los electricistas que lo que les tocó a los banqueros. Y el costo fiscal de este sindicato no es el único: en 2005 tuvimos que dedicar 2.3% del PIB a pagar pensiones de los trabajadores afiliados al gobierno. Dentro de dos años, esa cifra será ya 3% del PIB, y no tendremos con qué pagarla. Y cuando un trabajador del gobierno obtiene entre cinco y 10 veces más que un trabajador de una empresa, no puede usarse otra palabra: es un privilegio. Y como el dinero no crece en los árboles, los privilegios de unos son las limitaciones de otros. Cuando una economía se dedica más a redistribuir la riqueza que a generarla, no crece, como es nuestro caso. Tenemos que entender que los grupos privilegiados intentarán defenderse por todos los medios. Pero también tenemos que entender que no es razonable que sigamos transfiriendo dinero a grupos que no lo merecen, ni se lo ganan. Tenemos que entender, aunque nos cueste, que la Revolución no nos dio un país mejor a todos, sólo a los privilegiados. Y ya estuvo bueno. macario@macarios.com.mx Profesor de la EGAP del ITESM-CCM
|